Sendino se muere
En uno de sus ensayos, George Steiner ruega al lector que no se le ocurra meterse en lecturas secundarias, como son las páginas de crítica literaria, sin antes haber acometido la incursión en una gran obra. No quiero hacer crítica literaria de Sendino se muere, de Pablo d’Ors, sino apelar a la urgencia de su lectura. El autor es sacerdote y escritor, y tuvo la suerte de acompañar los últimos días de una doctora que enfermó de cáncer y en poco tiempo dejó este mundo. Digo suerte, porque los sacerdotes nos ponemos siempre en posición de acompañar esas pobrezas que nada tienen que ver con el dinero, como son el dolor y el pecado. Y quizá el trance de la muerte sea la pobreza más rigurosa, porque trae a la conciencia la posición de finitud, la desnudez ante Dios. Ahí es donde los sacerdotes somos ese instrumental de carne que pone a Dios en medio.
África Sendino sabía que se moría, y quiso escribir una serie de apuntes biográficos sobre su tránsito, de la mano de su capellán de cabecera. Pablo d’Ors la fue visitando con regularidad a su habitación y, entre los apuntes de la enferma, las nuevas redacciones y las reflexiones del autor, se ha construido este libro que Fragmenta editorial acaba de publicar. África era una mujer creyente, «de altísimo nivel espiritual» y enamorada de la Iglesia. El día que supo que el enfermo no era el otro, sino ella, ocurrió una novedad en su vida: «Acababa de estudiar la extensión de la citología y, en esa milésima de segundo, supe que acababa de abrir algo así como una puerta lateral en la trayectoria normal de mi vida»; una puerta lateral, así de hermoso lo dice, una inmensa e inmerecida ocasión para el aprendizaje. Se puso cerca de su Señor y comenzó ese doctorado postrero. Sobrecoge el respeto de D’Ors por su paciente espiritual convertida en maestra. He subrayado a dos colores la frase con la que Sendino aprendió a bien morir: «Dios ha querido que dedicara mi vida a ayudar a los demás, pero no ha querido que me marchara de este mundo sin dejarme ayudar por ellos. Dejarse ayudar es un nivel espiritual muy superior al del simple ayudar. Quien se deja ayudar se parece a Cristo, más que quien ayuda. Pero nadie que no haya ayudado a sus semejantes sabrá dejarse ayudar cuando le llegue el momento. Sí, lo más difícil de este mundo es aprender a ser necesitado».