Se llamará Francisco

San Francisco de Asís, san Francisco Javier, Benedicto XVI, Juan Pablo II, los últimos Papas del siglo XX…: todos ellos conforman la estela sobre la que ha comenzado a edificarse el pontificado del Papa Francisco. Escribe don Alberto de la Hera, ex-Director General de Asuntos Religiosos

Alberto de la Hera
‘Una tarea común: rescatar al hombre de la desesperanza que nace de la muerte del espíritu’
San Francisco de Asís, san Francisco Javier, Benedicto XVI, Juan Pablo II, los últimos Papas del siglo XX…: todos ellos conforman la estela sobre la que ha comenzado a edificarse el pontificado del Papa Francisco. Escribe don Alberto de la Hera, ex-Director General de Asuntos Religiosos

En 1986, Juan Pablo II reunió en Asís a los principales líderes de las grandes confesiones religiosas de todo el mundo para un encuentro de oración. Veinticinco años después, Benedicto XVI volvió a realizar igual convocatoria. Y, en ambos casos, la respuesta fue unánime: las más diversas religiones se unieron entre sí y con el Papa en una jornada de unidad.

El doble acontecimiento significa varias cosas: una, que se han superado muchas de las desconfianzas que separaban, incluso en el odio, a unas confesiones de otras, y hoy la cercanía entre todas ellas es mayor que en ningún momento de la Historia; otra, que éste es el resultado de haber comprendido todas que lo que les une –la fe en Dios y en el destino sobrenatural del hombre– es la base capital de toda religión; una tercera, que el verdadero problema con el que las religiones se enfrentan hoy es el materialismo, la pérdida del sentido espiritual de la existencia, algo que, si en el pasado pudo ser una realidad esporádica, hoy invade a pueblos, centros científicos, pensadores, grupos de opinión, reunidos en torno a la animalidad de la especie humana considerada sin futuro, sin vida ultraterrena, sin camino hacia Dios; y, en fin, en cuarto lugar, que al ser los Papas quienes convocan supone que se les reconoce una representatividad, a nivel universal, del hecho religioso, en cuanto que el catolicismo es la más numerosa y extendida de todas las religiones. Y ha bastado asistir a la conmoción universal en torno a la renuncia y la elección de dos Papas para verificar la exactitud de este hecho.

La sencillez del Evangelio

Las reuniones tuvieron lugar en Asís. Y del poverello de Asís ha tomado su nombre el nuevo Papa. A mí me suena como un símbolo cargado de significado. Los encuentros de Asís no fueron ocasionales, sino que despertaron en todos los credos la sed de un empeño que les acerca y reúne. No es la hora de las diferencias, sino la de la unión -sin confusiones, sin sincretismos- en torno a la tarea común: rescatar al hombre de las manos del relativismo, para el que no hay una ética y todo es cambiable, ocasional, vacío de compromisos; rescatarle del materialismo, para el que el origen y el destino son puramente animales; rescatarle de la desesperanza que brota de una vida sin horizonte, en la que el placer es lo único deseable en una existencia pasajera y carente de otro sentido que la ocasionalidad del tiempo; rescatarle de la desesperanza que nace de la muerte del espíritu. El arzobispo de Buenos Aires, llamado al Papado por el Espíritu Santo, ¿nos ha querido significar todo esto con la elección de su nombre?

Y no se agota ahí la virtualidad de esta elección. ¿Ha pensado también en la humildad de san Francisco, en su sencillez, tal vez el más sencillo y humilde de los santos? Juan XXIII, el hoy ya Beato Juan XXIII, ¿no fue un hombre sencillo, un párroco de parroquia grande, un pastor cercano a los suyos? Todos los Papas son padres y pastores, pero cada uno posee sus notas características: el gran diplomático que fue Pío XII, algo tan necesario en la Segunda Guerra Mundial; el hombre eficaz que fue Pablo VI, capaz de dar vida al Concilio Vaticano II y de sentar su doctrina ante los retos de la hora presente; el extraordinario catequista que fue Juan Pablo II; el magnífico teólogo que es Benedicto XVI. Cada uno ha llevado a cabo la tarea común desde su propia personalidad. Desde que lo vi en el balcón de San Pedro, el Papa Francisco me recordó a aquel párroco universal que fue Juan XXIII. Su capacidad de acercarse a todos desde la sencillez del Evangelio puede ayudarle mucho a dirigir hoy la nave de la Iglesia.

¿Y no ha pensado también en san Francisco Javier, otro de su mismo nombre, jesuita como él, el gran evangelizador, el más grande de los misioneros? ¿No es también la hora de la evangelización, no es buena parte del mundo de hoy un territorio de misión? ¿No busca también el nuevo Papa este otro patronazgo, para conducir al mundo a la verdad de la fe? Creo que sus santos protectores sí que le protegerán de verdad. Así sea.

Alberto de la Hera