Se jubila el cardenal Sako, rostro de los cristianos de Irak en su «hora más oscura»
León XIV ha aceptado la renuncia presentada por el patriarca caldeo. Se lo planteó hace dos años, al cumplir 75, pero el Papa Francisco «me animó a quedarme», ha confesado
«Seguiré rezando por la Iglesia caldea y por los cristianos iraquíes», defendiéndolos y luchando para preservar su presencia en el país y en todo Oriente Medio. Es la despedida del cardenal Luis Rafael Sako, patriarca caldeo, después de que el Papa León XIV aceptara este martes su renuncia a la edad de 77 años.
En un mensaje enviado a AsiaNews, donde era colaborador habitual, el cardenal explica que al cumplir 75 años habló con el Papa Francisco de la posibilidad de presentar su renuncia. A diferencia de los obispos latinos, los patriarcas católicos orientales no están obligados a hacerlo al alcanzar esa edad. Entonces, el Pontífice argentino «me animó a quedarme».
Dos años después, narra, «decidí con total libertad presentarla». Fue este lunes, 9 de marzo. «Las aceptó y pedí que se anunciaran oficialmente hoy al mediodía, 10 de marzo». Sako insiste en que, «para evitar cualquier malentendido, confirmo que nadie me ha obligado a hacerlo». Ahora, desea «poder dedicarme tranquilamente a la oración, a la escritura y al simple servicio».
«Circunstancias extremadamente difíciles»
Se pone así fin a una intensa etapa de 13 años en la historia de la Iglesia caldea, marcada por «circunstancias extremadamente difíciles y entre grandes desafíos», como la invasión del Estado Islámico en la llanura de Nínive y la consiguiente guerra. Durante este tiempo, reivindica el patriarca emérito, «he preservado la unidad de sus instituciones y no he escatimado esfuerzos para defenderla y defender los derechos de los iraquíes y los cristianos».
We express our gratitude to His Beatitude Cardinal Louis Sako for his long and faithful service to the Church and to our people as a priest, bishop, and patriarch. He has dedicated his life to the service of the Gospel amid many challenges. We accompany him with our prayers and…
— bishopwarda (@bishopwarda) March 10, 2026
Para los años venideros, y «en estos tiempos difíciles» en que la guerra entre Israel y Estados Unidos e Irán también salpica a Irak, Sako pide un sucesor con «una cultura teológica sólida, coraje y sabiduría». Ha de ser asimismo «alguien que crea en la renovación, en la apertura y en el diálogo y que también tenga sentido del humor». Y se compromete: «Lo respetaré y nunca interferiré en su trabajo».
Puente entre musulmanes
El empeño del cardenal Sako por la paz comenzó antes de ser patriarca y antes de la llegada del Dáesh. En 2012, cuando todavía era obispo de Kirkuk y a pesar de que la comunidad a la que representaba era solo el 4 % de la población, sunitas, kurdos y turcos le pidieron que mediara en sus disputas. Estaban enfrentados por la posibilidad, congelada desde hacía años, de organizar un referéndum para que la ciudad se sumara a la región autónoma del Kurdistán iraquí.
Sako respondió convocando en la catedral un encuentro al que acudieron representantes de todas las comunidades. Los asistentes suscribieron un documento en el que se comprometían a convivir y resolver los conflictos a través del diálogo, y a evitar el discurso del odio. A él se debió también la llegada a Sulaymaniya, en el territorio de su diócesis, de algunos religiosos de la comunidad de Deir Mar Musa, cuyo carisma es el diálogo con el islam.
El 31 de enero de 2013 fue elegido nuevo patriarca durante el Sínodo de la Iglesia caldea, celebrado en Roma. El Papa Benedicto XVI lo reconoció al día siguiente, y comenzó su ministerio el 6 de marzo de ese mismo año. Menos de un mes después, reunió a los líderes de las distintas comunidades cristianas del país para redactar y presentar al Gobierno un plan de reconciliación nacional. Aunque siempre fue consciente de la necesidad de promover, en primer lugar, la unidad entre sus propios correligionarios.
El Dáesh, «la hora más oscura»
Un año después, llegó lo que el patriarca calificó como «la hora más oscura de Irak», marcada por las divisiones internas en el país y, después, por la irrupción del Estados Islámico o Dáesh. El 10 de junio llegó a Mosul y, en las semanas siguientes, tomaron las localidades cristianas de la llanura de Nínive. Las imágenes de las caravanas de coches huyendo y de los cristianos viviendo a la intemperie o en centros comerciales de Ankawa, el barrio cristiano de Erbil, en Kurdistán, conmovieron al mundo.
Durante los años posteriores, el cardenal Sako se convirtió para la Iglesia universal, e incluso para la comunidad internacional, en el rostro visible de los cristianos de Irak, siempre empeñado en que su precaria situación no cayera en el olvido. No fue su único papel clave en este período: cuando ante la inacción del Ejército iraquí comenzó a surgir toda una constelación de milicias de todo tipo y los cristianos empezaron a crear también las suyas, el patriarca siempre fue claramente contrario a ello.
En 2017, antes de la liberación de Mosul, explicaba a Alfa y Omega que las milicias cristianas son «tan pequeñas» que «no son capaces de defender a los suyos». Optaban por aliarse con otras más grandes (sunitas, chiitas o kurdas). Así, quedaban sujetas a sus intereses hasta el punto de llegar a enfrentarse a otros grupos armados cristianos. Pero no se trataba solo de un argumento estratégico: «No es nuestra cultura» defender solo los intereses de los cristianos, aseguraba.
Después de todo lo sufrido llegó la recompensa y, el 25 de diciembre de 2017, el patriarca vivió la alegría de poder presidir una Misa de Navidad en la iglesia de San Pablo, de Mosul. Era la primera celebración en tres años y el templo todavía tenía las marcas de las profanaciones de los yihadistas.

Candidato al Nobel y anfitrión del Papa
En 2018, la ONG francesa L’Oeuvre d’Orient presentó al Comité Noruego de los Nobel la nominación de Sako para el Premio Nobel de la Paz. Pero lo más significativo es que lo hizo con el apoyo de organizaciones musulmanas, tanto sunitas como chiitas. En entrevista con Alfa y Omega por este motivo, reconoció que por su mediación «fueron liberadas, sin tener que pagar ningún rescate, cinco personas secuestradas cuando volvían en coche de Bagdad a Kirkuk; y otro joven, también secuestrado».
Otro momento de gran alegría para el patriara caldeo fue la histórica visita del Papa Francisco a Irak, del 5 al 8 de marzo, cuando el mundo empezaba a recuperarse de la pandemia de la COVID-19. Sin embargo, en Oriente Medio las rosas pocas veces crecen sin espinas, y a pesar de la inyección de esperanza que supuso, la presencia de Francisco en Nínive no ha sido suficiente para acabar con todas las sombras que se ciernen sobre los cristianos.
El exilio
Las localidades cristianas siguen sin recuperarse totalmente a pesar de todos los esfuerzos, y además de la inestabilidad nacional y regional los cristianos hacen frente a sus propios desafíos. El cardenal Sako protagonizó uno de ellos en verano de 2023, cuando el presidente iraquí, Abdul Latif Rashid, revocó el decreto oficial que reconoce al patriarca como máximo líder de la Iglesia caldea y, en consecuencia, máximo administrador de sus bienes eclesiásticos.
El patriarca interpretó este gesto como un intento de entregar el control de los bienes de la Iglesia caldea a Rayan al-Kaldani, líder del Movimiento Babilonia. Con su propia milicia, esta organización ostentaba la representación política mayoritaria de los cristianos y pretendía también erigirse en su portavoz a nivel social.
Ya desde su época en Kirkuk y durante todo su ministerio como patriarca, ha sido un serio detractor de las iniciativas para dividir el país de forma sectaria, como por ejemplo con una región sunita, otra chiita y otra kurda. Incluso se negó a la creación, propuesta por algunos, de una región cristiana que facilitara su protección como minoría.
Lejos de esta mentalidad, su propuesta siempre ha sido la de la ciudadanía: cristianos y musulmanes de todas las confesiones han de ser reconocidos, por encima de todo, como ciudadanos con todos los derechos y deberes. Y, en vez de tener sus propias milicias, los cristianos debían integrarse en el Ejército iraquí.
Como señal de protesta, Sako trasladó su residencia al Kurdistán. Allí permaneció hasta julio de 2024, cuando recuperó su título. «Ahora la Iglesia es más fuerte que antes porque ha vencido», aseguraba a esta publicación.
Ya desde su época en Kirkuk y durante todo su ministerio como patriarca, ha sido un serio detractor de las iniciativas para dividir el país de forma sectaria, como por ejemplo con una región sunita, otra chiita y otra kurda. Incluso se negó a la creación, propuesta por algunos, de una región cristiana que facilitara su protección como minoría.
Lejos de esta mentalidad, su propuesta siempre ha sido la de la ciudadanía: cristianos y musulmanes de todas las confesiones han de ser reconocidos, por encima de todo, como ciudadanos con todos los derechos y deberes. Y, en vez de tener sus propias milicias, los cristianos debían integrarse en el Ejército iraquí.