Santa Rosalía y el pintor confinado

Anton van Dyck estaba en Palermo confinado por una epidemia cuando llegó a sus oídos el milagro de santa Rosalía, que dio instrucciones a un cazador para llevar sus reliquias en procesión por la ciudad pidiendo el fin de la enfermedad. La plaga se extinguió

Ana Robledano
La primera santa Rosalía de la serie de Van Dyck fue adquirida por el Metropolitan de Nueva York. Narra el momento exacto en el que la santa está intercediendo por Palermo (detalle del cuadro). Foto: Metropolitan Museum

Anton van Dyck (Amberes, 1599 – Londres, 1641), el discípulo predilecto de Pedro Pablo Rubens, estaba en Palermo (Sicilia) cuando empezó el confinamiento por una epidemia muy agresiva. La ciudad se puso en cuarentena y el flamenco se quedó atrapado en un estudio donde iba a trabajar provisionalmente por unos meses. Era 1624, tenía 23 años y estaba recién instalado en esta ciudad infectada. La peste se llevó por delante al 10 % de la población. Fue un año muy crítico y existía un gran temor generalizado.

Cuenta la leyenda que santa Rosalía se apareció a un cazador y le informó del yacimiento de sus restos en una cueva del monte Pellegrino, donde vivió y murió como eremita en el siglo XII. La santa le dio instrucciones de recoger las reliquias y llevarlas en procesión por la ciudad pidiendo el fin de la enfermedad. Así lo hicieron y la plaga se extinguió. Desde entonces, santa Rosalía es la patrona de Palermo y protectora contra las epidemias y pestes.

La corona floral, símbolo de vírgenes y mártires, tiene rosas, que identifican el nombre de la santa, Rosarum Domini Filia.

Nuestro artista confinado estaba empezando un autorretrato, porque seguramente no tenía otra opción. Pero cuando el milagro llegó a sus oídos, se dispuso a representar a santa Rosalía encima del boceto. Y después le dedicó toda una serie. La obra primera fue adquirida por el Metropolitan de Nueva York en 1871. Ahí sigue a día de hoy, calificada como una de las piezas clave de la institución en el departamento de pintura antigua europea.

Al contemplar esta obra, sin conocer el título y en un primer vistazo, parece una asunción. La santa, rodeada de ángeles, encima de una nube, mira hacia lo alto mientras un querubín se aproxima por la izquierda para tocarla con una corona de flores. Es habitual en el Renacimiento y Barroco la representación de las santas mártires y penitentes subiendo al cielo. Por ejemplo, existe un tema muy repetido que es el de la ascensión o tránsito de María Magdalena para participar de la liturgia de las horas en el cielo y escuchar los coros angélicos (pasaje recogido en La leyenda dorada). Pero no es el caso en nuestra obra.

La calavera tiene doble significado: tempus fugit o vanitas.

La promesa del milagro

La pintura narra el momento exacto en el que santa Rosalía está intercediendo por Palermo, pidiendo el milagro. Mientras eleva la mirada al cielo, señala con ambas manos hacia abajo, a la tierra. Es un gesto de súplica por compasión de los habitantes de su ciudad natal, como si le estuviese mostrando a Dios lo que está ocurriendo en Sicilia. Uno de los ángeles, el que está más a la derecha de la composición, la acompaña con el mismo gesto pero a la inversa: mira hacia abajo con los brazos elevados, consolando al pueblo con la promesa de que Dios obrará el milagro. Si se sigue la mirada de este angelito, se aprecia sutilmente la ciudad de Palermo, árida y ensombrecida, en la esquina inferior derecha del cuadro.

El querubín que se aproxima para coronarla con flores, es un detalle que puede despistar al espectador que busca reconocer la escena. Por un lado la corona floral responde a la iconografía cristiana en la representación de santas vírgenes y mártires, que siempre lucen flores o perlas en la cabeza. Pero por otro lado, Van Dyck aprovechó el atributo pintando intencionadamente un entrelazado de rosas para identificar el nombre de la santa, Rosarum Domini filia (hija de las rosas del Señor), Rosalía.

El ángel más a la derecha mira hacia abajo con los brazos elevados, consolando al pueblo con la promesa de que Dios obrará el milagro.

Otro motivo iconográfico al que Van Dyck dota de doble significado es el de la calavera. Este atributo es típico de las representaciones de santos ermitaños y penitentes, es asimismo la alegoría del tempus fugit o la vanitas. Sin embargo, nuestro artista lo justifica para simbolizar también la peste. Esto se observa en la parte inferior izquierda del lienzo, donde dos ángeles interactúan o dialogan con aspavientos: uno de ellos señala con el índice al cráneo mientras se tapa la nariz con gesto de aversión. El otro, que porta la calavera, parece como si la dejase caer, también con una mueca de repugnancia en el rostro.

Es sorprendente la gran ayuda que son los grupos de ángeles para descifrar o interpretar composiciones como estas. Parece que están de relleno, pero son los auténticos narradores. Mientras, la figura central y protagonista es quizá más estática o de gesto más sencillo. Así Van Dyck quiso detallar esta obra para explicar pictóricamente el milagro que presenció. Sin desatender las normas iconográficas, pero aportando todo el contenido posible en cada una.

La ciudad de Palermo se aprecia sutilmente, árida y ensombrecida.