A san Pablo debemos el nombre de cristianos

La historia de Turquía está íntimamente ligada al nacimiento del cristianismo, y muy en particular a la vida y misión de san Pablo. Antioquía, Tarso, Listra y Derbe, Perge, Mileto, Iconio, Misia, Tróade o Éfeso son hoy mucho más que ruinas antiguas. Son, como muestra la guía bíblico-arqueológica En Turquía, tras las huellas de Pablo, que acaba de editar la Librería Editrice Vaticana, una muestra fehaciente de la historicidad del Evangelio

José Antonio Méndez
Vía Cureto y Biblioteca de Celso, en Éfeso. La biblioteca fue construida después del viaje de san Pablo

La historia de Turquía está íntimamente ligada al nacimiento del cristianismo, y muy en particular a la vida y misión de san Pablo. Antioquía, Tarso, Listra y Derbe, Perge, Mileto, Iconio, Misia, Tróade o Éfeso son hoy mucho más que ruinas antiguas. Son, como muestra la guía bíblico-arqueológica En Turquía, tras las huellas de Pablo, que acaba de editar la Librería Editrice Vaticana, una muestra fehaciente de la historicidad del Evangelio

«Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos». Así narra el capítulo 11 del libro de los Hechos de los Apóstoles la llegada de san Pablo a Antioquía, en la actual Turquía. Corría el año 46 y, a partir de aquel momento, el apóstol de los gentiles emprendió un itinerario misionero que le llevó a recorrer buena parte de la actual tierra turca, además de Chipre, Malta, Sicilia, Siria o Roma.

Saulo había nacido en Tarso de Cilicia, una provincia romana de la actual Turquía, en el seno de una familia judía de la diáspora. En su adolescencia viajó a Jerusalén y, allí, se educó en el fariseísmo, «instruido a los pies de Gamaliel». Allí se topó con los seguidores de un tal Jesús, un rabí que hacía milagros y perdonaba los pecados porque, decían, era Hijo de Dios. Había muerto crucificado como un blasfemo en el año 30, pero sus discípulos anunciaban su resurrección, llamaban al arrepentimiento de los pecados y a la conversión del corazón, e incluso -según decían algunos- curaban enfermos y hacían milagros a las puertas del templo de Jerusalén. A uno de ellos, un tal Esteban, la multitud lo asesinó apedreado ante la mirada y la aprobación de Saulo, que escuchó de labios del mártir: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie, a la derecha de Dios. Señor Jesús, recibe mi espíritu. Señor, no les tomes en cuenta este pecado». Después de aquel episodio, Saulo pidió al sumo sacerdote cartas para las sinagogas de Damasco que le autorizasen a traer cautivos a Jerusalén a los discípulos de ese Jesús, a fin de que corrieran la misma suerte que Esteban.

Pero de camino a Damasco, en la actual Siria, todo cambió: fue el mismísimo Jesús resucitado quien se le apareció, dejándole ciego por un tiempo y enviándolo después a predicar, en su Nombre, la buena noticia: el Crucificado había resucitado porque era el Mesías, el Hijo de Dios. Saulo empezó su predicación entre los judíos de Damasco, pero éstos le persiguieron a él como él había perseguido a los discípulos del Señor, así que, una noche, tuvo que huir para salvar la vida. Los miembros de la incipiente Iglesia de Damasco le ayudaron a escapar, descolgándolo dentro de un cesto, por las murallas de la ciudad. Fue a Jerusalén para presentarse a los apóstoles e instruirse en su doctrina y, de allí, fue enviado a su Tarso natal, donde convirtió a muchos y donde Bernabé lo encontró para ir juntos a Antioquía.

Historia ligada al cristianismo

A partir de ese momento, la historia de Turquía quedó ligada para siempre con los orígenes del cristianismo, y muy en particular con el apostolado de san Pablo. Según cuenta san Lucas en el capítulo 13 de los Hechos de los Apóstoles, Saulo partió de Antioquía y utilizó la versión latina de su nombre judío al llegar a Salamina, en Chipre. Así, igual que los siervos cambiaban de nombre al ser liberados, él quiso utilizar el sobrenombre de Pablo (del latín paulus, que significa pequeño) para subrayar que pasaba a ser un hombre libre que se hacía siervo, el siervo más pequeño, del Señor Jesús.

Los pasos de san Pablo en Turquía pueden rastrearse no sólo en Tarso o Antioquía, sino también en Listra y Derbe (en la actual provincia de Karaman); Perge (cerca de la actual Mugla); Mileto (próxima a la hoy ciudad de Aydin); Misia (actual provincia de Balikesir); Iconio (hoy, Konya); Tróade (en la costa actual de Anatolia), donde encontró al evangelista Lucas, autor del libro de los Hechos, que permanecería ya siempre con Pablo; y Éfeso (a 3 kilómetros de la actual Selçuk), donde la Tradición sitúa la casa de la Virgen María, que vivió allí con san Juan. De hecho, es más que probable que, o en Éfeso o en Jerusalén, Pablo conociese a la Madre del Señor y al discípulo «que la recibió en su casa».

Ahora, para conocer más en profundidad del legado paulino en Turquía, la Librería Editrice Vaticana ha editado -de momento, en italiano- En Turquía, tras las huellas de Pablo, una guía bíblico-arqueológica elaborada por Giovanni Uggeri, profesor de Topografía Antigua en la Universidad La Sapienza, de Roma. Una ayuda para remarcar la historicidad de los evangelios y conocer las raíces del cristianismo, en el lugar donde, por primera vez, fuimos llamados cristianos.

José Antonio Méndez