¿Sabías que hubo (y hay) un mercado negro de compraventa de reliquias?
Lo que empezó como algo que animaba la fe de los primeros cristianos dio lugar a veces a un lucrativo negocio. En el fondo late «una especial veneración» por quienes ya disfrutan del cielo
No hace ni siquiera diez años, el Dicasterio de las Causas de los Santos alertó del comercio ilegal por internet de reliquias vinculadas a la fe católica. Denunciaba que, en muchas ocasiones, se trataba de objetos falsificados y lamentaba que este tipo de devociones a veces se asociaba a fenómenos como el esoterismo y el milenarismo. No se trata de un exceso moderno: prácticamente desde la misma resurrección de Cristo han abundado todo tipo de reliquias, desde las verdaderas hasta las falsas, desde las más devocionales hasta las más sorprendentes.
Todo comenzó con los mártires, que al principio del cristianismo eran los santos de referencia de las primeras comunidades cristianas. De hecho, los altares de las iglesias se levantaban sobre sus restos para que los fieles los tuvieran presentes en la celebración de la Eucaristía. Pero cuando acabaron las persecuciones la religión pasó de ser una cuestión de vida o muerte a un elemento aceptado socialmente, permeándose en ocasiones de prácticas religiosas anteriores al cristianismo que coqueteaban con lo mágico.
Las comunidades comenzaron a valorar multitud de objetos vinculados a Jesucristo, a los apóstoles y a los santos, y de todo tipo: desde el cráneo de santa María Magdalena hasta un dedo del pie de santo Tomás. Especialmente curiosos son algunos objetos relacionados con el Señor y que han recibido culto durante siglos: los pañales con los que fue envuelto de niño, pajas del pesebre en el que fue depositado en Belén, astillas de la cuna que hizo para Él san José… Y hay otros que a los ojos del hombre de hoy resultan llamativos, como el cordón umbilical de Jesús, sus primeros dientes y algunas gotas de la leche materna que le dio la Virgen María. Es imposible rastrear hasta el final el origen de una innumerable cantidad de objetos y restos, aunque la historia, el sentido común y la misma Iglesia han ido decantando con el tiempo la validez de muchos de ellos.
La instrucción de Causas de los Santos advertía de que no está ya permitido el desmembramiento del cuerpo de los santos, pero durante muchos siglos esta fue una práctica habitual. Hubo quien se dejó llevar por este furor, como aquella dama de la corte del rey Enrique II que, fingiendo besar el cuerpo de san Isidro, no dudó en morder un dedo de su pie para llevárselo a casa.
A todo esto hay que sumar las reliquias por contacto —algo así como reliquias de reliquias—, objetos que se han pasado por el cuerpo del santo y que, a ojos de muchos fieles, adquirían de modo casi mágico un misterioso poder. Tener una reliquia de valor daba a los monasterios un prestigio considerable y constituía un reclamo que favorecía las peregrinaciones a la vez que aseguraba ingresos necesarios para la subsistencia. Se fabricaron relicarios en oro y plata para albergar los restos devotos y las iglesias eran consideradas más valiosas cuantas más reliquias tenían.
De la devoción al negocio
Con todos estos elementos, no es de extrañar que alguien quisiera hacer negocio y aprovechar estas expresiones de la piedad popular para sacar rédito económico. Así nació un lucrativo mercado que se ha mantenido durante siglos. También favoreció la picaresca, y de ahí surgió el fenómeno de las falsificaciones y las preguntas sobre cómo es posible que la misma reliquia se conservara a la vez en lugares distintos.
El hecho de que se hubiese convertido, de alguna manera, en un negocio, atrajo también el interés de los amigos de lo ajeno. Por eso ha habido robos relacionados con estos objetos, algunos muy sonados y relativamente recientes. En el año 2017, fue robada en Italia una ampolla con la sangre de Juan Pablo II, y cinco años más tarde fue sustraído de una abadía francesa el relicario de la Santa Sangre de Cristo, afortunadamente recuperado poco después.
En esta línea, internet no ha contribuido a mejorar las cosas. Muchas reliquias han llegado a ser subastadas o vendidas en portales online, un anónimo canal de circulación utilizado por casas de antigüedades. Hace tan solo unos meses, el obispo de Asís denunció que se estaba subastando en la web parte del cuero cabelludo de Carlo Acutis.
La buena noticia es que algunas reliquias que son robadas a veces se recuperan, como el cerebro de san Juan Bosco, sustraído y recuperado hace unos pocos años; o, más recientemente, un lignum crucis comprado casualmente por internet por un señor que luego lo donó a una parroquia de Almería.
Todo ello es muestra de la particular importancia que tienen para los católicos las reliquias, como un modo de tocar de alguna manera el cielo del que ya disfrutan los santos. Como dice el mismo documento vaticano, «las reliquias en la Iglesia han recibido siempre una especial veneración y atención porque el cuerpo de los santos ha sido ya en la tierra templo del Espíritu Santo e instrumento de su santidad».