¿Sabías que hubo un galgo que fue venerado como santo?
Los animales han acompañado al pueblo creyente desde el Israel cautivo en Egipto hasta la actualidad. Jesús montó en uno de ellos al entrar en Jerusalén y los usaba a menudo en su predicación. Después, multitud de santos los han tenido como amigos y compañeros
Desde el arca de Noé a la mula y el buey del portal de Belén, pasando por la burra de Balaam o el pollino sobre el que montó Jesús cuando entró en Jerusalén, son innumerables los animales que han compartido el camino a nuestro lado. Aunque el Génesis solo menciona a dos animales concretos en el arca de Noé —una paloma y un cuervo—, la imaginación de los artistas a lo largo de los siglos hizo incluir a bordo a animales fantásticos como los unicornios o los grifos —mitad leones, mitad águilas—. Más allá de eso, el Antiguo Testamento es bestial, en el sentido de que por sus páginas desfilan todo tipo de bichos, grandes y pequeños.
Por ejemplo, el libro de los Proverbios ensalza a cuatro seres pequeños «que son más sabios que los sabios: las hormigas, que en verano acumulan provisiones; los tejones, que hacen su guarida en las rocas; las langostas, que avanzan todas en formación; y las lagartijas, que habitan en palacios reales». Y luego destaca que «hay tres seres de andar majestuoso: el león, la más fuerte de las fieras, que no retrocede ante nada, el gallo y el chivo».
Los animales estaban tan presentes en la vida de Israel que hasta tomaron a uno como ídolo en el episodio del becerro de oro. Los israelitas olvidaban que poco antes la sangre de otro animal, un cordero, había salvado la vida de sus primogénitos y había hecho avanzar al pueblo de la esclavitud a la libertad. Ese animal sería figura de otro Cordero, el que quita el pecado del mundo, que se valdría también de estos seres a la hora de explicar los entresijos de su Reino. Así, la parábola de la oveja perdida o el caso de las aves del cielo como invitación a confiar en la providencia forman sin duda parte de su mensaje.
Compañeros de viaje
Los 2.000 años que han seguido al Jesús histórico también han contado con la muda presencia de estos compañeros. Paradigmático es el caso de san Francisco de Asís, que predicaba a los pájaros o se hizo amigo de un lobo, pero hay más. A san Antonio se le considera el patrono de los animales por la compañía que le hacían leones y jabalíes en el desierto; lo mismo que ofrecía un cuervo a san Benito; y a san Roque un perro le traía el alimento y le lamía las heridas.
Singular y sorprendente es, en cambio, el caso de otro perro que fue venerado como santo durante siete siglos: Guinefort. Fue un galgo que salvó a un niño de morir a manos de una serpiente. El padre, al ver al niño en el suelo, culpó al animal y lo pasó a cuchillo. Cuando todo se aclaró, el can empezó a ser invocado por madres de niños enfermos: desesperadas, acudían a su tumba para pedir por su curación, una costumbre que llegó hasta bien entrado el siglo XX a pesar de los repetidos intentos de la Iglesia por desterrarla.
Si los animales no pueden ser santos, el caso suscita otra pregunta: ¿tienen alma? Si es así, ¿pueden ir entonces al cielo y compartir allí con nosotros lo que hemos vivido juntos aquí? La tradición recoge en este punto lo dicho por santo Tomás de Aquino: «Las almas de los animales brutos no son inmortales»; pero el catecismo actual explica que «son criaturas de Dios» y que, «por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria», sin decir nada más sobre esta cuestión.
En el particular bestiario relacionado con la Iglesia católica tiene un lugar especial un elefante llamado Hanno. El animal fue un regalo del rey Manuel I de Portugal al Papa León X con motivo de su elección. Nacido en la India, llegó a Italia en barco, acompañado de otros 43 animales salvajes propiedad del monarca. Su camino a Roma causó tanta expectación que el Papa tuvo que enviar a la Guardia Suiza para escoltarlo.
En la Ciudad Eterna, Hanno disfrutó a sus anchas de los Jardines Vaticanos, donde León X bajaba a visitarlo y a jugar con él. Por lo visto, los romanos también se encariñaron con el paquidermo y acudían a verlo los domingos. Incluso llegó a participar en varias procesiones por la ciudad, haciendo las delicias de todos. Finalmente, Hanno murió en junio de 1516, ante el dolor del Papa y de toda Roma.