Represalias de la dominación soviética

Título: Diarios de la Revolución de 1917; Autor: Marina Tsvietáieva; Editorial: Acantilado

Jaime Noguera Tejedor

Título: Diarios de la Revolución de 1917
Autor: Marina Tsvietáieva
Editorial: Acantilado

Si usted es de los que leyó Diez días que estremecieron al mundo de John Reed, acompañó al periodista a medio fascinar por lo que estaba viviendo y recuerda el librito con la nostalgia de lo curioso, ¡prepárese! Tsvietáieva es poeta, pero antes de meterte en su mundo de emociones, se limita a ver, oír y contar, cosa que le habría venido bien a Reed.

El libro es un largo testimonio de 223 páginas –hay que acudir frecuentemente a las notas de la traductora y al índice onomástico– de una persona represaliada desde el comienzo de la dominación soviética, a la que querían aterrorizar porque, siendo capaz, no pensaba como ellos. La desproporción de fuerzas, la arbitrariedad en las decisiones, el clasismo de ida y vuelta, las venganzas conceptuales llevadas al delirio personal… son algunos de los temas que aborda este libro, que nos habla sobre la ciencia del terror, sobre el horror de las prisiones –exteriores e interiores–, sobre el destierro y sobre la muerte.

Como es un diario, la autora habla en primera persona del singular. Especialmente lacerante es el relato de la recogida de unas patatas heladas y medio podridas que le han correspondido en un reparto y que son lo único que van a comer durante días sus hijas y ella. O la definición de la pobreza en casa de unos míseros campesinos tras una ojeada a su vivienda: «Nada sobra, todo es eterno».

No hay en el libro rastro de autocompasión ni ánimo de venganza. Tsvietáieva hace que los propios hechos relatados hablen por sí mismos, y no necesiten ser calificados.

Tsvietáieva no fue una mujer corriente. Educada en la Sorbona, era hija de una pianista y del fundador del museo Pushkin. Se casó con un poeta judío que se alistó en el lado equivocado –rusos blancos– y se enfrentó a los soviets. La escritora fue una persona independiente en todos los órdenes, el práctico y el sentimental, que se abrió en sus diarios para compartir sus ideas acerca de la vida cotidiana, la grandeza del pensamiento y la inmensidad del amor.

Las páginas 151 a 158, en las que habla de la gratitud, son para detenerse un buen rato: ahí se olvida del horror, y se centra en la esencia de la vida, en la dulzura de la música, en lo misterioso de la donación, en el verdadero valor de las cosas. Escribe la autora sin ánimo de hacer una obra perfecta: se limita a recoger impresiones, reflexiones, recuerdos del hambre, humillaciones para que queden grabadas en su memoria.

Jaime Noguera Tejedor