Reconstruirse tras la tragedia - Alfa y Omega

La muerte de un ser querido siempre produce dolor; pero cuando llega de forma dramática e inesperada, ese dolor sacude, desgarra y paraliza. Tras la tragedia ocurrida en los trenes de Adamuz, 45 familias se han visto desgarradas. Tendrán que aprender a vivir una nueva vida sin sus seres queridos. Familiares que les han sido arrancados por una muerte que, a veces, llega de forma súbita e inexplicable. Tendrán que elaborar un proceso de duelo que, seguramente, no será sencillo, y que presenta, de partida, varios factores de complicación. Otras personas que viajaban en esos trenes tuvieron mejor suerte que los fallecidos, pero muchas de ellas sufrirán las secuelas de un estrés postraumático que les robará horas de sueño, les impedirá volver a viajar en tren y les infundirá una culpa totalmente inesperada.

Los procesos de duelo, tras una muerte violenta e inesperada, presentan, por su naturaleza, más de un factor de complicación. Estamos más acostumbrados a fallecimientos por enfermedad o por vejez, a defunciones que avisan y que entendemos, incluso, como lógicas y naturales; muertes para las que, en cierto modo, nos podemos preparar.

La incertidumbre de los primeros días, no saber si el familiar es uno de los fallecidos o no, junto con la imposibilidad, una vez identificado, de ver el cuerpo, complican aún más el arranque de ese proceso. La magnitud de la tragedia, el ruido mediático y la exposición pública de la muerte pueden aumentar en los familiares de las víctimas la sensación de irrealidad y aturdimiento y dificultar, más aún, ese comienzo del duelo que debe ser íntimo y privado. Algunos autores nos hablan de la importancia de reconocer y aceptar la realidad de la pérdida, como punto de inicio para un proceso de duelo normalizado. En estas circunstancias, los familiares de las víctimas deberían recibir información clara y transparente tan pronto como sea posible. Será bueno también facilitar la elaboración de rituales de despedida y de homenajes. Y es fundamental que, si estos rituales se realizan de forma pública, sea pensando en las víctimas y contando con ellas, y no como instrumento de comunicación política o institucional.

Pasados unos meses, el dolor se hará más profundo y la sensación de vacío, más real. Será importante, entonces, conectar con ese dolor y dejarle su espacio. La rabia, la ira y la culpa deberán dar paso a la tristeza y esta tendrá que reconocerse y expresarse de forma abierta. Si, pasado mucho tiempo, las emociones siguen ancladas en los primeros momentos; si la culpa, o la búsqueda de culpables, siguen bloqueando el proceso en forma de rumiación, y si todo ello impide retomar una parte importante de la vida cotidiana, será el momento de encender la señal de alarma y contar con un profesional.

Es importante que los que han perdido a un ser querido vigilen la intensidad de sus síntomas a lo largo de los meses, así como que los que están cerca no los abandonen. La peor parte del duelo no viene en los primeros momentos de la muerte; llega cuando uno se da cuenta del vacío que le ha dejado el ser querido.

Para los que vivieron la tragedia, pero salieron ilesos o resultaron heridos y pueden recuperarse de sus heridas físicas, será también importante que presten atención a sus emociones y a su salud mental. Las personas que han sufrido, o han estado cerca de la tragedia, necesitarán hablar y ser escuchadas. La narración de los hechos tiene un cierto poder sanador. Callar o hacer como si el accidente no hubiera existido no ayuda. Han de darse tiempo, conectar con sus sentimientos y emociones y buscar ayuda de profesionales de la psicología en cuanto vean que no lo pueden hacer solos o con sus apoyos sociales habituales. El resto deberemos escuchar sin juzgar.

Habrá personas también que, sin haber viajado en esos trenes, sufran, en el futuro, miedo a viajar y les suponga un esfuerzo subirse a un tren. Es posible que muchos individuos teman muertes repentinas en cualquier tipo de accidentes, tras haber visto las imágenes de lo sucedido en Córdoba. Es recomendable no sobreexponerse a noticias de este tipo y no alimentar los pensamientos catastrofistas. El miedo, tras estos accidentes, es una emoción habitual. Hay que aceptarla y no dejar que paralice o impida realizar una vida normal. Es importante reconocerlo, hablar de él e intentar racionalizarlo, distinguiendo entre peligros reales e imaginarios.

Nos guste o no, la muerte forma parte de la vida y puede aparecer, incluso de forma brutal, en cualquier momento. Ninguno estamos libre de ella. Normalizarla, naturalizarla y aceptar que algún día llegará a nuestras familias, sin obsesionarnos con ello, nos puede ayudar a llevar una vida más intensa y agradecida.