RAZONES DE LA FE: El hombre puede demostrar, racionalmente, la existencia de Dios (II). - Alfa y Omega

RAZONES DE LA FE: El hombre puede demostrar, racionalmente, la existencia de Dios (II).

Juan Carlos García Jarama

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*Decíamos que la razón humana, cuando discurre de manera honesta y ordenada, puede descubrir huellas del Creador en las cosas que le rodean, y afirmar su existencia a partir del mundo que contempla. Aunque la distancia entre nuestro mundo y Dios es infinita, sin embargo podemos descubrir cierto parentesco, rasgos parecidos, que nos hablan de una perfección divina siempre mayor, claro está. Pero también podemos comenzar otra aventura: un viaje hacia lo más profundo de nuestro interior para descubrir, en lo más hondo de nuestro ser humano, la imagen de Dios: la perfección de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, nuestra libertad y la responsabilidad a la hora de hacer el bien, nos hablan de una realidad superior, la fuente de donde brota nuestra conciencia íntegra.

*El primero, ese camino que contempla las perfecciones del mundo que nos rodea, fue el método de Santo Tomás; partiendo de la experiencia de hechos cotidianos, se supo preguntar por su explicación última, por su sentido más profundo y definitivo. El continuo movimiento que perfecciona todas las cosas, o la aparición de unas realidades tras otras, todas ellas limitadas y provisionales, así como la diversidad en los grados de las perfecciones que observamos, o el orden tan armonioso del universo que nos alberga, hizo que la inteligencia de Santo Tomás buscara y buscara… hasta poder afirmar que, en efecto, tras todos estos fenómenos pequeños y frágiles, se esconde el poder y la fuerza viva de un Dios Creador, principio y fin de todo lo que existe. Él es el Principio de todo movimiento; y la Causa primera que da razón de todo; es el Ser sumamente necesario, sin el que nada de cuanto vemos existiría; y la Verdad plena que sacia la mente del hombre cuando investiga; así como el Bien absoluto, en el que reposa nuestro corazón cuando lo encuentra, como su mayor tesoro; y la meta hacia la que se ordena todo el cosmos, pues hacia Dios se dirige todo el universo como a su fin.

*Pongamos un ejemplo para ilustrar lo que venimos diciendo. Si alguien sale de su habitación, sin haberla ordenado porque no tiene tiempo de entretenerse, y cuando vuelve a su casa dispuesto a hacer la tarea que dejó por la mañana, porque no podía, se encuentra que su cuarto está perfectamente colocado y limpio, todo ordenado, no creo que piense que ha sido obra de la casualidad. Aunque no termine de ver claro, empezará a pensar que alguien ha llegado antes y ha hecho lo que él mismo no pudo hacer. Pero hemos de tener cuidado, nos advierte Santo Tomás, pues las cualidades de las cosas no son puras ni completamente perfectas: aunque ellas sean como un reflejo de Dios, en la vida divina no cabe limitación alguna: por eso, todo cuanto de bueno tiene el mundo, podemos afirmarlo de Dios, pero de un modo infinitamente mayor y más perfecto, sin mezcla ni error.

*Además, cabe otro camino, transitado por algunos pensadores antiguos, como San Agustín, y preferido también por otros filósofos más recientes. Se trata de los argumentos de tipo moral. Cuando el hombre se adentra en su interior y hurga en lo profundo de su conciencia, descubre la presencia de una ley moral que le empuja a realizar siempre y en toda ocasión el bien; de ahí que la conciencia nos advierta cuando nos equivocamos y hacemos lo que está mal. Pero nosotros, que tenemos tantos fallos, no somos la fuente de esta ley universal que se encuentra, por otra parte, en el interior de todo ser humano: no hemos creado ni decidido la obligación de hacer el bien y evitar el mal, aunque la podemos descubrir en nuestro corazón y seguirla después, o no; proviene del Creador de nuestra naturaleza. Además, cuando el hombre hace el bien, espera ser recompensado de alguna manera, y no por algo pasajero o superficial, sino por una recompensa eterna, que de verdad valga la pena, y en la que reside su plena felicidad. En ello reside la seriedad de nuestro comportamiento y la libertad con la que obramos. Dios aparece, entonces, como el garante de nuestra meta final.

*Pues bien, Dios es la explicación de la presencia en nosotros de la aquella ley moral, así como el premio que justifica toda una vida de entrega y cumplimiento moral. Él es quien nos ilumina y orienta nuestra conducta por la senda del bien; él es también el premio que obtenemos cuando, responsablemente, lo cumplimos. De esta manera, en el corazón del ser humano late, de alguna manera, la vida misma de Dios. Imagen y semejanza suya, al decir del Génesis, el hombre se convierte en camino para Dios. En Jesús de Nazaret, Dios mismo ha querido recorrerlo y se ha convertido en camino para el hombre.

PARA RECORDAR:

*Dos son los caminos que, tradicionalmente, ha recorrido el hombre en su búsqueda de Dios: desde las cosas que le rodean en el cosmos que observa, o desde su propia vida interior.

*Santo Tomás emplea sobre todo el primero: desde diversos fenómenos que observa en el mundo, es capaz de remontarse a la existencia de Dios: las cualidades que descubre en el universo reclaman una razón suficiente y una explicación que, ellas mismas, no pueden dar.

*La presencia de la ley moral en el interior del hombre, así como su deseo de satisfacción definitiva, ha conducido a San Agustín, y a otros pensadores más, a buscar el bien definitivo y a encontrar en Dios el sentido último de la vida humana.

PARA LEER:

Las confesiones, de San Agustín, Madrid 1991 (Ed. BAC).

PARA LEER:

Aproximaciones a Dios, de J. Maritain, Madrid 1985 (Ed. Encuentro)