Raúl salió del infierno de la trata: «Me soportaron en mis peores días»
El testimonio de Raúl confirma que hay vida después de la trata, una cuestión que acaba de abordar la Comisión Diocesana Contra la Trata de Personas en la Escuela Itinerante de Formación Social
Basta cruzar unas pocas palabras con Raúl para desmontar todos los tópicos en torno a la trata: que solo afecta a mujeres y a los incautos. Este universitario de prestigio en su país, del que no se pueden dar más datos por cuestiones de seguridad, se convirtió en víctima de esta lacra social a pesar de su cuidada preparación.
Si empezamos la historia por el final, hay que decir que Raúl logró escapar de esta experiencia diabólica, como él la define, gracias a la Policía y a la Fundación Cruz Blanca. «No fue solo un sitio donde quedarse a pasar la noche; en Cruz Blanca fue donde me soportaron en mis peores días, quienes restablecieron mi dignidad cuando no valía ni un céntimo y quienes me ayudaron a reencontrarme conmigo mismo», asegura. A la luz de sus palabras hay que responder que sí a la pregunta ¿Hay vida después de sufrir la trata de personas?, que es el título de la clase que impartió la Comisión Diocesana Contra la Trata de Personas el pasado martes en la parroquia Nuestra Señora de Moratalaz, dentro de la Escuela Diocesana Itinerante de Formación Social.
La Comisión Diocesana Contra la Trata de Personas dispone en su página web de una Guía para detectar “posibles víctimas de trata” en parroquias y Cáritas parroquiales. El objetivo es ayudar a identificar señales de alerta y cómo actuar si sospechas que alguien puede ser víctima de trata.
Si empezamos la historia por el principio, hay que remontarse cuatro años atrás. Entonces, «trabajaba en el ámbito de la justicia en un país que es injusto», por lo que «tuve que exiliarme». Llegó a España con la esperanza de encontrar un trabajo. Pero todo se desmoronó ante los problemas para regularizar su situación. «Fue imposible», por lo que decidió probar suerte en otro país, más cercano al suyo propio. «Ya tenía el billete», cuando un conocido le habló de la empresa en la que estaba trabajando y cómo le estaban ayudando con el tema de los papeles. «Me fie al ser un conocido».
Así fue como Raúl entró en contacto con estas personas, que resultaron formar parte de una red de trata. «Tenían un abogado que condicionó su ayuda a la firma del contrato de trabajo». Es verdad que «me generaban suspicacias las prisas con las que querían que entrara a trabajar en la compañía». Pero «terminé firmando al convencerme de que, si algo iba mal, pues me iba y punto».
Tras la firma comenzó un infierno de miles de horas de trabajo del que no podía escapar. «La nave estaba en una zona aislada a la que no llegaban ni los taxis». También comenzaron las amenazas: «Me dijeron que me entregarían a la Policía para que me deportaran». Raúl, angustiado y con estrés postraumático, entró en depresión y «empecé a tomar medicación». Le perturbaba la idea de que lo mandaran a su país de origen, del que había tenido que escapar.
¿Hay vida después de sufrir la trata de personas? San Hilario de Poitiers (Luis Chamizo, 7) el 3 de febrero a las 18:30 horas.
¿Hay vida después de sufrir la trata de personas? Santísimo Redentor (Félix Boix, 13) el 10 de marzo a las 18:30 horas.
Vigilia contra la trata de personas. San Juan de la Cruz (plaza San Juan de la Cruz, 2) el 11 de marzo a las 20:30 horas.
Los miedos de este joven se esfumaron con la intervención de la Policía a través de una redada y gracias al trabajo de la Fundación Cruz Blanca, entidad que es parte de la Comisión Diocesana Contra la Trata de Personas. Al frente de la comisión está Begoña Iñarra, que tilda de «fundamental» el trabajo coordinado de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y entidades religiosas. Ella es voluntaria de la Fundación Amaranta (adoratrices). En la comisión también están involucradas las oblatas o Cáritas Madrid. «A pesar del buenísimo trabajo realizado», según Iñarra, «se daría un paso de gigante si las organizaciones no gubernamentales pudieran reconocer la condición de víctimas a los afectados». En contra de lo que ocurre en otros países, aquí solo lo puede hacer la Policía. «Las organizaciones tienen una presencia fuerte en las zonas de prostitución susceptibles de encontrar víctimas de trata, por lo que se podría llegar a más gente y acelerar el proceso de acogida».
La coordinadora también señala la importancia de charlas como la que tuvo lugar el martes dentro de la Escuela Diocesana Itinerante de Formación Social. «Ayuda en la sensibilización, lo que provoca una mayor detección de casos, más denuncias y, por lo tanto, más liberación de personas afectadas». Un proceso que no es baladí, porque «en Madrid hay mucha trata. España es el primer país de Europa en consumo de prostitución y el tercero del mundo, y muchas de las víctimas llegan a través del aeropuerto de Barajas y también del Prat», en Barcelona.