¿Qué mundo queremos? - Alfa y Omega

El cuerpo de la mujer, ya sea entero o por piezas, es un valor de mercado que cotiza al alza en la economía reproductiva. Y la gestación subrogada es, sin lugar a dudas, la muestra más evidente de que este negocio canalla reduce a la mujer, por la vía de un contrato mercantil supuestamente libre, a la categoría de una mercancía más.

Los riesgos derivados de este mercado de la procreación que opera a nivel global y cuyo motor es la demanda solvente de bebés que puedan satisfacer los deseos de maternidad-paternidad son evidentes. La gestación subrogada pone en cuestión la naturaleza de la maternidad y la filiación, la finalidad de la medicina, o la propia razón de ser de unas técnicas de reproducción cuya generalización altera los vínculos entre relación sexual, concepción, gestación, parto y filiación.

¿Puede considerarse legítimo prestar o alquilar un útero al servicio de un proceso parental? Y si no es un útero o un vientre, ¿la gestación es un trabajo o una función? ¿No se trata, más bien, de un proceso de enajenación? ¿Cabe el libre consentimiento cuando se actúa forzado por la necesidad? ¿Puede disponerse libremente de los derechos y de la dignidad como si de una propiedad se tratara? Realmente, ¿la infertilidad, es una enfermedad? Y en caso de que lo fuera, ¿las técnicas de reproducción asistida curan esa enfermedad o se limitan a colmar un deseo? Y un bebé ¿es una medicina para esa supuesta enfermedad? ¿De quién es el cuerpo con el que la medicina reproductiva recomienda y hace posible satisfacer el deseo al hijo? ¿Con qué cuerpo se satisface el deseo de maternidad, con el propio o con el de una tercera mujer?

Resolver este complejo entramado apelando a los deseos o al libre consentimiento es falaz. No existe el derecho al hijo, del mismo modo que no existe libre consentimiento en unos contratos que no soportan los más elementales filtros del derecho común.

La ley debe fijar los límites entre lo humano y lo inhumano, entre lo cívico y lo incívico. Y la gestación subrogada es inhumana e incívica porque es una forma de explotación reproductiva de las mujeres que convierte a los niños en objeto de transacción comercial.

¿Queremos vivir en un mundo en el que algo así sea legal?

M.ª Teresa Compte