Propósito para año nuevo - Alfa y Omega

Habrá gente todavía que se propone cosas en estas fechas. Año Nuevo tiene tanta cantidad de final como de principio. Igual que el cumpleaños, es una de esas fechas rotundas. Como una cuchillada en la tarta del tiempo, algo que divide lo que uno ha sido de lo que será. Lo cierto es que yo no me he propuesto nada. O tal vez sí. Quizá en los últimos meses ha florecido en mí un deseo profundo de no volverme un cínico. A medida que amontonamos años, se va volviendo más difícil no sucumbir a esa amargura que veo en tantos adultos. Cuando se alcanza una edad, la boca empieza a arquearse hacia abajo, se arruga la frente, la piel pierde lustre, se cae no solo el pelo sino también cierta cantidad de ilusión o de entusiasmo, como las hojas de un árbol en octubre. Cuando somos adolescentes soñamos con comernos el mundo y luego, llegados a cierta edad, soñamos con que el mundo no nos coma.

Le decía al otro día a alguien que el mundo se pone feo. Mientras escribo, se fletan ya los primeros buques de almacenamiento que llevarán millones de toneles de crudo a Estados Unidos. Trump se jacta ante la prensa de ser el rey del mundo con ademanes tan ridículos como infantiles, Putin frunce el ceño y Europa se encoge de hombros, acobardada. Le decía a esta amiga que el mundo se pone feo pero que quizá cuando se pone muy feo es cuando más surge el deseo de ponerlo guapo, de manera que estos tiempos son más una oportunidad que un obstáculo. Si no lo vemos así, es para morirse de tristeza. Si no lo vemos así, la expresión empieza a marchitarse y, como digo, el cinismo pudre el ánimo como los hongos hacen con una planta.

Leía hace poco El año del pensamiento mágico, donde Didion relata cómo su vida cambió en un instante. Esa noche su marido tomaba una cerveza en un espacio de la casa y de repente ya no respondía a su nombre, se había convertido en el cadáver de su marido. Sé bien que todo puede cambiar de un día para otro. Conozco esa experiencia demoledora, tan bruta como un taladro. No sé qué cambios me depara este año, ni me importa. Vivo preparándome para lo imprevisible. Es algo que no se debe demorar porque apenas tenemos tiempo. Apenas tenemos tiempo, pero tenemos tiempo de sobra para cultivar la alegría y un corazón compasivo. 

Este año, en fin, lo cruzaré con unos cuantos libros, unos cuantos abrazos de mis hijos, unas cuantas personas y unos cuantos lugares. No se necesita más, para vivir. O por lo menos así me las voy apañando. 

Hoy me he pasado por el taller del pueblo donde vivo. Se me ha fundido un faro del coche y tengo ya demasiadas multas como para dejarlo pasar. El mecánico no me ha cobrado nada. Me ha sonreído y se ha dado la vuelta, y yo he pensado que esto es lo que quiero no solo para este nuevo año, sino para toda la vida. Ese tipo de gestos que salvan el mundo. Que me salvan del pesimismo. Prefiero mirar estas cosas antes que los titulares de la prensa. Prefiero darme cuenta de que la amabilidad sigue anidando en las esquinas de la actualidad, fijar los ojos en estos acontecimientos banales antes que en los grandes hitos de la historia. La amabilidad es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie, mucho más que lo contrario. Por eso mi fe en el ser humano es inquebrantable. Si hay algo que me propongo para este año es cultivar la compasión, y la compasión comienza siendo amable conmigo mismo. Aunque los telediarios y las redes retratan el infierno en que se ha convertido la actualidad, sé que no dicen la mitad de la película. Y la película acaba bien. De eso estoy seguro.

Por esta fe mía en el ser humano, cuando hablo con uno de esos adultos cínicos, en algún momento de la conversación distingo con alegría su infancia en una mirada o un microgesto. Es algo que me enternece. Señalaba Christian Bobin que muy pocas veces, al buscar en un interlocutor el niño que ha sido, solo ha encontrado a su asesino. Pienso que eso es el infierno: haber borrado todo vestigio de la infancia y ser completamente un adulto. Mi propósito para este año, o para este día, o para cada instante de la vida que me queda, es sobrevivir mi infancia, no dejar que este mundo tan oscuro me la arrebate.