¿Por qué seguir rezando por el Papa si ya ha recibido el alta? Comastri responde
El vicario general emérito del Vaticano reivindica a los «santos orantes» porque, al hacerlo, «la vida del Señor que entra en nosotros es la vida del amor»
«La oración por el Papa es un gesto de afecto filial. Cuando el padre sufre, los hijos sufren con él y el encuentro se produce en la oración». Son las palabras de Angelo Comastri, vicario general emérito de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano, entrevistado este lunes por la prensa vaticana sobre el sentido de rezar por Francisco. Ya dado de alta y reponiéndose en Casa Santa Marta tras 38 días de ingreso, el Santo Padre sigue pidiendo oraciones para su recuperación a las que Comastri pide sumarse.
Según el vicario general emérito, «la oración siempre tiene un gran peso, en la salud o en la enfermedad». Y parafrasea a santa Teresa de Lisieux quien, a su vez, citaba a Arquímedes diciendo: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Según Comastri, «lo que Arquímedes no había podido realizar porque su petición no se dirigía a Dios y solo estaba expresada desde un punto de vista material, los santos lo han conseguido plenamente». Lo resume así: «El Todopoderoso se les dio a sí mismo como punto de apoyo y como palanca de la oración».
En su conversación con Vatican News, Comastri explica una expresión ampliamente utilizada por el Papa, quien sostiene que la oración es una «cadena de vida». Según el arzobispo italiano, rezar «nos pone en comunión con Jesús, que dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”». Y añade que, «cuando oramos, en nuestro corazón se crea un espacio para el Señor, y la vida del Señor que entra en nosotros es la vida del amor».
Comastri tiene un recuerdo también para «los santos orantes» que «han levantado el mundo». Entre otros, santa Teresa de Calcuta, quien enseñó a los católicos que «Jesús también sacrificó la caridad por la oración para enseñarnos que sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar a los pobres». De hecho, como recuerda el vicario general emérito, la fundadora de las Misioneras de la Caridad «solía decir que ella no era una trabajadora social, sino una cristiana que rezaba y, rezando a Jesús, ponía su amor, su vida, en su corazón para llevarlo a todos los que encontraba».