No podéis servir a dos señores

Políticos corruptos, personalidades influyentes, futbolistas famosos…: la sed del dinero alcanza a todos, tanto a los que abundan en él como a los que viven todo el día pendientes del menguante extracto del Banco. ¿Es posible escapar a esta idolatría que nos hace, como dice el Papa Francisco, enemigos de Dios? Nuestra relación con el dinero descubre nuestra alma, dónde ponemos nuestra seguridad, dónde tenemos nuestro corazón

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El cambista y su mujer, de Marinus van Reymerswaele. Museo Nacional del Prado. Madrid

Una mujer que, al peligrar el puesto de trabajo de una compañera, habla con su jefe y ofrece la mitad de su sueldo para que no la echen; un matrimonio en paro que recibe ayuda de otros matrimonios amigos, y que, al tocarles la Lotería, ayuda a otras familias que pasan por un mal momento; una monja que atiende cada día, en su dispensario, a los mismos pobres que le roban por la noche; unos niños que, acostumbrados desde pequeños a meter dinero en sus huchas para las misiones, de mayores se meten ellos mismos y se van de misioneros…: son anécdotas conocidas de primera mano por Gonzalo, un padre de familia comprometido durante años en la pastoral matrimonial; hoy jubilado, se ha pasado la vida repitiendo a todo el que le ha querido escuchar las mismas palabras que pronunciaba a menudo san Juan de Dios: Haceos un bien: dad dinero. Él lo ha llevado a la práctica, dando a tiempo y a destiempo, donando la paga extra en cuanto le entraba en la cuenta corriente, ayudando a los misioneros y a los más pobres, y preguntándose a cada momento de su vida: ¿Qué puedo hacer yo? Hoy afirma con convicción: «El dinero es necesario, pero más necesario es desprenderse de él». Y recuerda que el verdadero sentido del dinero descansa en el destino universal de los bienes: «El dinero sirve para ayudar a los demás, no para nuestros caprichos; eso es sembrar cristianismo de verdad: cualquier otra cosa es mentira. Si no nos desprendemos, no somos cristianos, vivimos una mentira, somos cristianos sólo de boquilla. No hay otro camino que desprenderse del dinero. Además, no hay más alegría que dar». El dinero que uno da, para Gonzalo, «no es un gasto, sino una inversión, porque el que da recibe ya en esta vida el ciento por uno. Yo lo he experimentado así: a veces, en mi familia hemos estado justos, con momentos más estrechos, pero nunca nos ha faltado de nada. Al final, salen las cosas, sale el trabajo que necesitas. Nosotros hemos visto a Dios clarísimo en esto; siempre nos ha echado una mano». Su testimonio es elocuente: «Cuando vienen las cosas mal, la primera tentación es cortar las limosnas, pero no debe ser así. Dios ayuda, no te falla; además, a otros les hace más falta». Y repite: «Dios hace grande el corazón, y no hay más alegría que dar».

O Dios, o el dinero

Desde que fue elegido para la sede de Pedro, hace poco más de tres meses, el Papa Francisco no ha dejado de repetir la importancia fundamental de una relación sana con el dinero, no sólo en términos macroeconómicos -«Un capitalismo salvaje ha enseñado la lógica del beneficio a cualquier precio, de la explotación sin mirar a la persona»-, sino también en nuestro día a día: «No basta decir: Yo creo en Dios, Dios es el único Dios. Eso está bien, pero ¿cómo vives este camino de vida? Porque podemos decir: El Señor es el único Dios, solamente, no hay otro…, pero a la vez vivir como si Él no fuera el único Dios y tener otras deidades a nuestra disposición». El Papa descubre así un enemigo sibilino y sutil: «Es el peligro de la idolatría: la idolatría que llega a nosotros con el espíritu del mundo. Todos nosotros tenemos nuestros ídolos ocultos, y debemos identificarlos y desprendernos de ellos. Hemos de renunciar a nuestras pequeñas idolatrías y a nuestros ídolos ocultos, que nos llevan a convertirnos en enemigos de Dios».

No hay duda de que el primer ídolo de este mundo es el dinero, el que pesa dentro de nuestros bolsillos, el que asoma desde la cartera. Así lo denunciaba también el Papa Benedicto XVI: «El dinero puede dominar al hombre; el tener y el aparentar dominan el mundo y lo esclavizan. El mundo de las finanzas no representa ya un instrumento para favorecer el bienestar, para favorecer la vida del hombre, sino que se transforma en un poder que lo oprime, que debe ser casi adorado. Es Mammon, la verdadera divinidad falsa que domina el mundo». Y este peligro amenaza tanto a los ricos como a los pobres: a los primeros, por la avidez de tener siempre más y más; y a los segundos, por hacer que su vida gire en torno a un bien del que nunca parecen tener suficiente. Al final, ambos caen en la tentación de sustituir a Dios por un ídolo.

Peligro: dualismo

«Toda acción humana lleva detrás una teología. No hacemos nada en la vida que no consista fundamentalmente, y lleve dentro de sí, una visión sobre la plenitud humana. La manera de tratarnos unos a otros supone una filosofía del hombre, y conlleva también una teología. Aquellos para los que su dios es Mammon, el dinero, las riquezas, en realidad muestran una teología: tratan el dinero como si fuera Dios»: así dijo monseñor Francisco Javier Martínez Fernández, arzobispo de Granada y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos, en la conferencia ¿Crisis económica, o crisis teológica?, pronunciada con motivo de la última Asamblea General de E-cristians, en Barcelona. En esta ocasión, el arzobispo de Granada denunció que «los sacrificios que hace el hombre contemporáneo para mantener la economía no los ha hecho nadie: sacrificios de horarios, de madrugar, de hacer noches… Nadie ha exigido nunca tanto al ser humano, y el hombre no lo ha hecho nunca, al parecer, con tanto fervor y fidelidad. Parecemos incapaces de pensar que otro mundo pudiera ser posible. Sólo sabemos comprar».

Y es que vivir con el cuello estirado, corriendo siempre detrás de la zanahoria, del último móvil, del último viaje, consultando cada dos por tres el extracto del Banco…, muestra en realidad a qué dios le entregamos la vida. «La pregunta entonces -afirma monseñor Martínez- es saber si la teología que subyace a nuestras prácticas económicas es verdadera o es falsa; y yo creo que es falsa. Habiendo perdido la noción del fin de la vida humana, es imposible que no sea falsa».

Don Javier denuncia también que «los cristianos nos hemos dejado colonizar de una manera pavorosa» por la idolatría del dinero, un dualismo que separa vida y fe, y que se plasma en una pregunta habitual: ¿Qué tiene que ver mi fe con la economía? Y explica: «Se ha separado lo cristiano y lo humano, lo natural y lo sobrenatural, la fe y la vida. Por un lado, pensamos que los conceptos cristianos están muy bien, pero, por otro, defendemos que uno tiene que vivir en este mundo y para este mundo. Es una ruptura desastrosa, que ha alejado a Dios de la realidad, y ha alejado a la realidad de Dios».

La Eucaristía, verdadera economía

Todo este paisaje tiene las derivaciones más insospechadas: matrimonios católicos que se han tragado el mito de la escasez de recursos y, sin confiar en la Providencia, se han cerrado a la llegada de más hijos; familias enteras consumidas por el consumismo, que salen de Misa el domingo para ir de compras a los centros comerciales; incluso un padre de una chica que ingresó en un monasterio, le ha llegado a espetar: «¿Y cómo me vas a devolver todo lo que he invertido en ti?» (sic)…

En estas mismas páginas, unas religiosas entregadas a los más necesitados reconocían con alegría, no hace mucho: «¡Es que la Providencia es la única manera de vivir!» Sin embargo, para muchos católicos, hoy en día, Dios es sólo un Padre porque lo dibujan con barba blanca, perdiéndose el infinito tesoro de vivir confiados en su Providencia. Para muchos, las palabras del Señor en el Evangelio al joven rico -y muy piadoso-: Vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo; luego ven, y sígueme, resuenan extrañas, sin aterrizar…

¿Cómo devolver al hombre su libertad? ¿Cómo volver a poner de nuevo a Dios en el centro de nuestra vida? Don Javier Martínez revela que «el fin de la vida humana no se recupera con discursos para convencer a otros, sino mediante prácticas comunitarias en las que uno vea a otras personas tan felices, que vaya a trabajar contento porque la vida está llena. Basta con vivir bien; pero nosotros, cristianos, ¿sabemos vivir bien?»

En la tarea de reconstrucción de la persona y su relación con el dinero, no estamos solos; Dios ha venido ya en nuestra ayuda: «El primer recurso que tenemos es la Eucaristía -señala monseñor Martínez Fernández-, pues la Eucaristía es capaz de generar prácticas económicas diferentes, y no me estoy refiriendo a Cáritas, ni a la limosna». Sin embargo, una concepción dualista que opone vida y fe ha hecho «entender la liturgia como una mera práctica de piedad, como consecuencia de la colonización del cristianismo por la cultura moderna. Pero la Eucaristía no nace como práctica de piedad, sino como representación de la realidad última en medio de este mundo: el cielo está en la tierra. Es la representación de la vida verdadera».

En realidad, la Eucaristía «es la mejor escuela de negocios que hay. ¿Qué sucedería con una economía pensada en clave eucarística? Lo que damos es poco, pero lo recibimos trasformado en Dios mismo». En este espejo de gratuidad han de mirarse nuestras familias: «Ya casi no sabemos lo que es la gratuidad y la caridad, y hasta la familia se ha convertido en una empresa donde Yo doy, si tú me das», se lamenta el arzobispo de Granada.

Por eso, hay que recuperar «la caridad como el motor de la Historia. Todo se hace por interés hoy, pero la caridad es el motor que impulsa la economía. Por poner un ejemplo: hoy, los grandes teólogos neoconservadores se han distanciado de la encíclica de Benedicto XVI Caritas in veritate, y piensan algo así como: La economía tiene que ser dura, y luego si quieres hacemos caridad en los ratos libres», lo que no deja de ser otra forma de disociar fe y vida. «Debemos recuperar un modo de concebir las relaciones económicas traspasado por la caridad de Cristo. Todos podemos hacer algo, no esperar a que las cosas nos vengan de Bruselas», concluye don Javier Martínez.

El sudario no tiene bolsillos

Los que saben más de economía son aquellos que conocen las limitaciones que tiene el dinero para colmar el corazón humano. Un misionero solía repetir: «El dinero sólo sirve para dos cosas: para gastarlo con los amigos y con la familia, y para dárselo a los pobres».

El Papa Francisco lo tiene claro: «Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la Humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo… Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Debemos pensar: No tengo riquezas, mi riqueza es solamente el don que he recibido, Dios. Nuestra alegría no nace de tener muchas cosas, sino de haber encontrado a una persona: Jesús».

Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios: si el hombre ha sido creado a imagen de Dios, nuestro corazón no puede vivir apegado al dinero, sino agarrado a Aquel que nos ha dado la vida.

Y todo, para ser más libres, porque, como escribió Ramiro de Maeztu, en El sentido reverencial del dinero, «aquellos que no entiendan la esencia del dinero, están condenados a vivir bajo su yugo».

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

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¿Qué nos quiere decir Cristo cuando afirma que no podemos servir a Dios y al dinero? Parece evidente que no condena el dinero en sí mismo, entendido como signo que representa el valor de las cosas (sus discípulos llevaban una bolsa con monedas para los gastos corrientes); ni siquiera a los ricos, pues algunos de sus amigos debían de ser personas adineradas (empezando por el propio José de Arimatea, propietario del sepulcro en el que fue enterrado). En la parábola del administrador infiel, leemos la expresión mamonna iniquitatis (por Mamón, dios de las riquezas); es la conversión del dinero en un ídolo de iniquidad lo que Cristo condena. ¿Y cómo nos convertimos en adoradores de este ídolo de iniquidad? Atesorándolo más allá de nuestras necesidades, desde luego. Es lo que los moralistas de antaño llamaban solicitud terrena. La posesión de dinero, o de las cosas que con él se pueden adquirir, acaba infectando nuestra propia vida, acaba adueñándose de nuestra alma, como la célula cancerosa se adueña del organismo sano, matando las células vivas. En Europa y la fe, Belloc vinculaba, muy perspicazmente, la extensión del ateísmo con la idolatría del dinero, cuya institucionalización considera un producto de la Reforma. En nuestra época, este virus idolátrico ha alcanzado proporciones nunca antes imaginadas: lo que llamamos capitalismo financiero no es sino el grado último de espiritualización (daimonización) del dinero; un dinero que ya no representa el valor de los bienes, sino que se ha convertido en un fantasma que se multiplica como por arte de birlibirloque, en una parodia eucarística, repartiéndose entre todos sus adoradores, a cambio de la entrega completa de su ser, en cuerpo y alma.

Esta demoníaca parodia eucarística es la que se halla en el fundamento de la creación de activos financieros (empezando por las llamadas acciones preferentes), cuyo valor ficticio multiplica por decenas o centenares el valor del producto interior bruto mundial; también se halla en el sistema bancario de reserva fraccionaria, en el funcionamiento de los mercados bursátiles, en la hipertrofia de las Deudas soberanas de los Estados: todo un orden económico sostenido sobre la conversión del dinero en mamonna iniquitatis, del cual nos han hecho partícipes a casi todos; y que, como siempre ocurre con las parodias, acabará revelando su condición de falso prodigio, su naturaleza fantasmática. Sólo que, cuando esto finalmente ocurra, además de haber perdido nuestros bienes, tal vez hayamos perdido el tesoro en el cielo que nos fue prometido.

Juan Manuel de Prada

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