Laurence Rees: «Pese a Hitler, ningún país acogió a los judíos» - Alfa y Omega

Laurence Rees: «Pese a Hitler, ningún país acogió a los judíos»

ENTREVISTA / Laurence Rees, historiador británico y director creativo de la BBC, lleva 25 años produciendo documentales sobre los nazis. Su último libro, El Holocausto (ed. Crítica) es el resumen de 25 años de investigaciones sobre el origen y ejecución del genocidio más documentado de la historia

Redacción
Hitler celebra en Weimar el 10º aniversario del congreso del partido nazi de 1926. Foto: Foto Ortiz

Usted se pregunta en el prólogo de El Holocausto cómo pudo llegar algo así a ocurrir. Tras 25 años investigando el tema, ¿ha sido capaz de darse una respuesta?
La mejor forma que tuve de entenderlo fue pensar que existió Adolf Hitler, que ya en 1921 estaba diciendo que la cuestión judía era el problema central para el nacionalsocialismo y solo podía ser resuelta por la fuerza bruta. Lo que hizo fue encontrar esa solución. Y el final fue Auschwitz.

¿Podría haber sido otro el final?
Sí, aunque siempre habría implicado algo terrible para los judíos, pero había vías diferentes. Por ejemplo, si Gran Bretaña hubiera firmado la paz no hubiera existido Auschwitz. Eso sí, los judíos habrían sido deportados en barcos hasta Madagascar, donde habrían vivido bajo el mando de un gobernador de las SS y se hubieran extinguido, probablemente, después de una generación.

Entonces la pregunta sería: ¿Qué hizo que un grupo de personas llegara a la determinación de exterminar a otro grupo de forma sistemática?
Creían que los judíos eran los responsables de la derrota en la I Guerra Mundial, así que, cuando se estaba acercando otra guerra, el mayor peligro era que volvieran a hacerlo. Durante mucho tiempo pensaron que la expulsión era la solución. Recuerdo a un exmiembro de las SS que me dijo: «Los británicos tenéis la culpa del Holocausto, porque lo sensato hubiera sido firmar la paz en 1940. Fuisteis irracionales y así destruisteis vuestro país, porque ahora estáis en deuda con EE. UU. y ya no tenéis un imperio. Si hubiéramos hecho las paces, habríamos deportado a los judíos y nada de esto habría pasado. Pero nadie los quería, porque el mundo sabía que eran peligrosos». Con estas palabras se remontaba a la Conferencia de Evian, en 1938. La convocó Roosevelt después de que los alemanes invadieran Austria. Tuvo lugar para ver quién estaba dispuesto a aceptar judíos, y cuántos. Los representantes de casi todas las naciones se levantaron y dijeron: «Es terrible lo que está ocurriendo, pero desgraciadamente no tenemos espacio para aceptar a más».

Casi parecen dar la razón a su interlocutor nazi.
¡Pero no sabían que todos los judíos iban a ser exterminados!

Foto: Ernesto Agudo

Mucha gente se sorprende por el ascenso de los nazis, y por que casi nadie hiciera nada. ¿Fue así?
Conocí a un judío alemán que se marchó a Gran Bretaña poco después de que Hitler llegara al poder, y me dijo que él había experimentado más antisemitismo en Gran Bretaña del que había vivido en Alemania. Una vez más, no deberíamos ver a los alemanes como los únicos antisemitas. Si a comienzos de siglo alguien hubiera tenido que predecir dónde ocurriría un holocausto, habría señalado a Rusia casi con total seguridad.

¿Entonces, la única diferencia fue que en Alemania hubo un Hitler que desencadenó la violencia?
Hay bastantes cuestiones que ocurrieron de forma simultánea en Alemania. Hay un grupo nacionalista reducido que va creciendo y que dice que «los judíos son los responsables de todos los males de nuestro país». Ninguna otra potencia cambió en el siglo XIX tanto como Alemania, y es fácil culpar del crecimiento rápido de las ciudades y empresas o del poder de los medios de comunicación a los judíos si estás buscando un chivo expiatorio. También influye que era un Estado nuevo y había que definir qué era ser alemán. A muchos políticos les resultó más fácil definirlo a partir de quién odiamos.

¿Por qué llegaron los nazis a traspasar líneas morales básicas?
El motivo más importante es la amenaza existencial. Durante mucho tiempo, me obsesionó intentar entender cómo era posible que mataran a niños. Leí documentos y luego conocí a Oskar Gröning. Había trabajado con las SS en Auschwitz, y nos decía que «el peligro no eran los niños. El peligro era su sangre, y su capacidad de convertirse en un judío [adulto] que sería peligroso». Esta inversión de la moralidad se puede ver en esta lógica retorcida: si amas a tus hijos, tienes que matar a estos niños, porque los que no mates crecerán y se convertirán en una raza de vengadores que intentará matar a los tuyos.

Ha tratado a muchos verdugos. ¿Qué impacto han tenido en usted?
Casi nunca conocí a nadie que pidiera perdón, porque pensaban que estaban haciendo lo correcto. ¿Qué nos dice esto sobre la condición humana? Me fascina nuestra maleabilidad. La gente puede crecer creyendo en el sacrificio humano, como los aztecas, o en el asesinato de los judíos.

Razones históricas aparte, ¿cuál cree que es la causa más profunda de todo esto?
No estoy convencido sobre cómo de profunda es esa capa de civilización que tenemos encima. En 1928 el 97 % de los alemanes rechazaron a Hitler y le veían como un chiste. Cuatro años más tarde los nazis eran el partido más grande. Esto no nos hace ser muy optimistas.

¿Cree entonces que la civilización es solo una tenue capa de bien que cubre una base de mal?
Tengo un problema con la palabra «mal», porque es esencialmente un concepto religioso. Creo que los nazis eran atroces, terribles, inenarrables, terroríficos. Pero no estoy seguro de querer utilizar esa palabra. Lo que sí que afirmaría es que nadie se conoce a sí mismo. Es lo que me dijo Toivi Blatt.

¿Quién era?
Un miembro del Sonderkommando de Sobibór, un equipo de prisioneros judíos que tenían que ayudar a los nazis de formas horribles. Me dijo que lo único que aprendió de su experiencia fue «que nadie se conoce a sí mismo. Todos somos capaces de actos terribles o maravillosos, dependiendo de las circunstancias. Cuando veo a alguien agradable por la calle, siempre me pregunto cómo habría sido en Sobibór. La gente que yo pensaba que era más fuerte, moría antes; la gente que pensaba que era más débil, a menudo sobrevivía más». A veces cuando doy conferencias cuento su caso y hago un experimento.

¿En qué consiste?
Digo a la gente: «Imaginad que ahora mismo estas puertas se cierran y no nos dejan salir. Estamos 24 horas encerrados, sin poder ir al baño. Esto pasó en sitios como Hungría. Al día siguiente vienen los secuestradores, con una botella de agua, y nos dicen: “Repartidla”». Algunos exprisioneros me han dicho: «No tienes ni idea de lo que es sufrir hasta que has sufrido la sed verdadera. Lo que estarías dispuesto a hacer por un trago de agua».

¿Y cómo sigue el experimento?
Pregunto a la gente: «¿Qué hacemos con esa agua? ¿Se la damos a los más débiles? ¿Nos peleamos? ¿Organizamos bandas? Imaginad que llegan al día siguiente y nos dicen: “Si estás dispuesto a cometer tal atrocidad contra este otro, te doy una botella de agua solo para ti”. ¿Alguien lo haría?». Me parece que si sentados aquí, ahora, no sabemos con absoluta claridad cómo nos comportaríamos en un caso así, ¿cómo podemos decir que nos conocemos a nosotros mismos?

M. M. L. / C. S. A.