Pero Milicevic perdió a siete parientes durante la guerra de Bosnia - Alfa y Omega

Pero Milicevic perdió a siete parientes durante la guerra de Bosnia

Este sacerdote compartió su mensaje de perdón al presentar el primer mensaje de León XIV sobre la paz. «Un día tu padre está aquí y al siguiente ya no», dijo

María Martínez López
El sacerdote (detrás, cuarto) con su madre (centro) y hermanos.
El sacerdote (detrás, cuarto) con su madre (centro) y hermanos. Foto cedida por Pero Milicevic.

—¿Cómo eran Doljani, su pueblo, antes de la guerra de la antigua Yugoslavia?
—Era un lugar tranquilo. Croatas católicos como nosotros, musulmanes bosnios y algunas familias serbias vivían juntos, sin problemas. Trabajaban juntos. Mi padre y los demás trabajaban en Jablanica, la cabeza del municipio, donde vive la mayoría de los musulmanes.

—En diciembre, durante la presentación del mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz, ofreció un relato desgarrador de aquel 28 de julio de 1993, cuando unidades de musulmanes del Ejército de Bosnia y Herzegovina atacaron Doljani. Mataron a 39 habitantes, incluidos su padre y seis parientes más. ¿Cómo fue para un niño de 7 años, como era usted entones, vivir semejante tragedia?
—Debo admitir que no fue fácil soportar todo esto. La guerra siempre es una derrota para todos. No es fácil para los adultos comprender lo que ocurre en la guerra, y menos para los niños. No es fácil entender que un día tu padre está aquí y al siguiente ya no, o por qué. Pero con la ayuda de mi madre y la fe en Dios que ella nos inculcó, todo fue más fácil. Su ayuda, su fe y su perseverancia ayudaron a nuestra familia, a mí y a mis hermanos. Pero al crecer, extrañé mucho a mi padre.

—Además su madre y varios de los hermanos, estuvieron cautivos con otros 300 católicos croatas de la zona. ¿Cómo logró ella proteger a sus hijos durante ese tiempo?
—Pasamos siete meses en el campo de prisioneros de Muzej, en Jablanica. De nueve hermanos, estábamos seis. Gracias a Dios, mis dos hermanos y mi hermana mayores no. No teníamos suficiente comida, no había higiene y dormíamos sobre frías losas de granito. Nuestra madre nos cuidó como cualquier madre que protege a sus hijos. Nos alimentaba con lo que nos daban los soldados. Pero lo que más nos fortaleció fue que nos enseñó la oración. Rezábamos el rosario todos los días. Eso nos animó y nos dio esperanza. No sabíamos que nuestro padre había sido asesinado; lo supimos meses después.

La madre de Pero en la tumba del padre.
La madre de Pero en la tumba del padre. Foto cedida por Pero Milicevic.

—¿Hubo una experiencia de comunión entre todos los retenidos o se impuso la lucha por la supervivencia?
—La unidad entre los católicos croatas que estábamos allí nos hizo más fuertes. Otros también resistieron gracias a la oración y el apoyo mutuo. El niño más pequeño tenía apenas unas semanas.

—Impresiona que su madre, viuda a los 44 años con nueve hijos, les siguió hablando del amor de Dios.
—Después de que nos liberaran del campamento, nos mantuvimos fieles a la fe. Nuestra madre nos llevaba a Misa y a recibir educación religiosa. Mi hermano gemelo y yo nos convertimos en monaguillos en la parroquia a la que llegamos, en Mostar. Muchos sacerdotes y monjas nos asistieron durante ese tiempo; también mucha gente de Italia y Croacia. Todo esto nos ayudó a comprender y superar la tragedia que vivimos.

—¿Cómo fue dándose cuenta de su vocación al sacerdocio?
—Rezar el rosario todos los días en familia y asistir regularmente a Misa como monaguillo me ayudó mucho. Esto fue lo que me inspiró a ser sacerdote.

Ese día

«Yo estaba jugando cerca de casa con mi gemelo y mi hermano mayor Anto. Las balas pasaron sobre nuestras cabezas. Cuando mi madre y mi hermana se dieron cuenta, nos llevaron a casa. Mi padre había ido a ayudar a mi tía en el campo y allí lo mataron. Una hermana de mi madre fue quemada en casa tras ser asesinada en la puerta. […] ¿Experimenté ira? Sí. Pero cuando comencé a confesar, comprendí lo esencial que es tener paz interior y que esta no se puede alcanzar sin perdón, sin afrontar lo vivido».

—¿Qué impacto tuvo ese ataque de soldados musulmanes en el pueblo?
—En la guerra, todos sufren: croatas [mayoritariamente católicos], musulmanes [bosnios] y serbios [ortodoxos]. Después, algunos regresaron a sus hogares, otros no. Pero la vida volvió a la normalidad. La gente trabaja junta, vive junta. Con todo, como sacerdote conozco a personas con heridas interiores por la guerra. Muchos sufren aún las consecuencias.

—¿Cómo logra ayudarlos, a pesar de sus propias cicatrices?
—Una forma es hablar de paz, de perdón, de la misericordia y la justicia de Dios. A menudo queremos tomarnos la justicia por nuestra mano o esperar un castigo justo para quienes nos han hecho daño. Sí, todo estaría bien si quienes nos han hecho daño fueran castigados. Pero lo más importante sigue siendo la reconciliación y el perdón. Todos deben hacer su parte. Así, todos estaremos mejor.

—¿Se han dado a nivel comunitario esta reconciliación de la que habla?
—La gente intenta vivir con normalidad porque nadie puede vivir solo, ni las personas ni las naciones. Así que intentemos vivir juntos.