Sin ninguna duda, uno cambia después de mirar frente a frente al sucesor de san Pedro. Es uno de esos encuentros únicos que dejan una resonancia difícil de explicar, una llamada que permanece cuando todo termina y cada uno regresa a su vida cotidiana. De la reciente visita del Papa León XIV a España me quedó precisamente eso: la sensación de que no basta con haber estado, escuchado o compartido la emoción de unos días. Después de un encuentro así, toca preguntarse qué se mueve dentro.
Quizá por eso el horizonte del Xacobeo 2027 llega en un momento tan oportuno. Santiago volverá a convertirse en destino para miles de peregrinos. Pero el Camino nunca ha sido solamente una suma de kilómetros, pues quien peregrina aprende a avanzar con menos, a aceptar el cansancio, a dejarse ayudar, a convivir con la incertidumbre y, sobre todo, a descubrir que muchas veces lo verdaderamente pesado no va en su mochila.
«Alzad la mirada» fue una de las expresiones que más repetimos durante la visita del Santo Padre. Y quizá ahí se encuentre también el sentido profundo de toda peregrinación. Alzar la mirada es dejar de caminar pendientes únicamente de nosotros mismos; es recordar que la meta no siempre está delante, sino más arriba y más hacia nuestro interior, reconociendo así que nuestra alma también necesita desplazarse.
El próximo Año Santo nos invitará a caminar hacia Compostela, pero también puede recordarnos que existen otros trayectos igual de exigentes: del ruido al silencio, del orgullo a la humildad, del resentimiento al perdón, de la comodidad al servicio y de la autosuficiencia a la confianza en Dios.
El Nuevo Testamento está poblado de hombres y mujeres que se ponen en marcha cuando Dios irrumpe en sus vidas. María camina hacia Isabel, los Magos siguen una estrella, los discípulos dejan las redes, Cleofás y su acompañante descubren al Resucitado mientras avanzan hacia Emaús y Pablo convierte los caminos del Mediterráneo en misión evangelizadora. La fe cristiana nunca fue quietud. Incluso Jesús, el destino del Camino, pasa a ser en muchos momentos también el gran caminante del Evangelio. Sin ir más lejos, el Camino fue una de las primeras formas de designar a la comunidad cristiana y su modo de vida.
Tal vez por eso todos los católicos somos, en el fondo, peregrinos. Todos estamos llamados a avanzar, hacia fuera y hacia dentro, dejando atrás aquello que nos aleja de Dios y acercándonos, paso a paso, un poco más a Él.
Y es que Jesús no solo es el Camino. También es la Verdad y la Vida.