Pedro Víllora reivindica el teatro como refugio moral: «No hablar del dolor humano es un desperdicio» - Alfa y Omega

Pedro Víllora reivindica el teatro como refugio moral: «No hablar del dolor humano es un desperdicio»

En el Día Mundial del Teatro, el dramaturgo reivindica que sea un espacio donde la emoción y la conciencia no compiten, sino que se complementan

Cristina Sánchez Aguilar


Para Pedro Víllora, dramaturgo y colaborador de Alfa y Omega, el teatro sigue siendo un lugar privilegiado para pensar el mundo y al ser humano. Lejos de reducirse al entretenimiento, cada obra —incluso la más ligera— encierra una dimensión moral que interpela al espectador.

Con una mirada arraigada en la tradición clásica y en la responsabilidad ética del creador, sostiene que el dramaturgo no puede dar la espalda al sufrimiento de su tiempo: representar la vida implica, también, asumir el deber de mirar de frente sus heridas y tratar de darles sentido sobre el escenario.

Víllora es el responsable de la adaptación y versión de Los chicos del coro, que tras su gira española ha regresado al Teatro La Latina de Madrid para su tercera temporada. También ha adaptado los textos y las canciones de Oliver Twist, el texto eterno de Charles Dickens. Hablamos con él en el Día Mundial del Teatro, del que, asegura, «nos permite acercarnos a la motivación y las circunstancias del otro, y eso nos lleva, si somos compasivos y auténticos, a ser justos con él».

—En un tiempo dominado por lo inmediato, ¿sigue siendo el teatro un espacio privilegiado para la reflexión moral y social?
—El teatro es un lugar donde se exponen conflictos humanos, que necesariamente afectan al comportamiento, las costumbres y la relación del individuo con otros y con el grupo. Incluso la obra más intrascendente permite una lectura sobre el lugar del entretenimiento, que no deja de tener una perspectiva moral.

—¿Qué responsabilidad cree que tiene hoy el dramaturgo frente a las heridas de este tiempo?
—Ya cuando los antiguos (Platón, Aristóteles, Horacio…) reflexionaron sobre el teatro, incidieron en la responsabilidad ética del escritor. Más allá de adónde nos lleve la fortuna, decidimos el tipo de artista que queremos ser, y los dramaturgos tenemos la capacidad de representar la vida, sea por semejanza, recreación o idealización. No usar esa capacidad nuestra para hablar del dolor de la humanidad es un desperdicio de nuestros propios recursos.

Usted ha trabajado historias profundamente humanas. ¿El teatro debe incomodar para ser verdaderamente útil?
—Es conveniente, pero incomodar no es lo mismo que destruir. De la misma manera que podemos resaltar las contradicciones de nuestro tiempo, también podemos ofrecer un bálsamo, aunque sea momentáneo. Procurar felicidad es sanador, si esa felicidad no implica la ilusión de que todo está bien.

—¿Dónde está hoy la frontera entre el teatro como entretenimiento y el teatro como conciencia?
—La dicotomía clásica prodesse/delectare, «instruir deleitando», aunque privilegia la enseñanza, no descuida el disfrute. Podemos entretener con la vulgaridad y la exaltación de las bajas pasiones, pero es mucho más noble procurar el placer que viene con el aprendizaje.

—Tanto en Oliver Twist como en Los chicos del coro, la infancia aparece como espejo de la sociedad. ¿Qué nos dicen hoy los niños sobre el mundo que estamos construyendo?
—Esas dos obras, así como Auto de los inocentes (que fue tratada muy amablemente en Alfa y Omega), forman para mí una suerte de trilogía sobre los caminos que ofrecemos a los niños, y que unos conducen al bien y otros al mal. La inocencia de los niños es manipulable y nuestra misión es procurar ofrecerles el sentido del orden mediante la educación y la cultura. Si construimos el futuro desde el desorden, dinamitamos las bases para su crecimiento.

El montaje de 'Los chicos del coro'
El montaje de Los chicos del coro. Foto: Isabel Permuy.

—¿Por qué le interesa especialmente contar historias de infancia desprotegida?
—Todos los adultos hemos sido niños pero desgraciadamente no todos los niños serán adultos. Proteger la infancia es apostar por la inocencia frente al dolor y la destrucción. Los niños son mundos llenos de posibilidades, y me gusta mostrar cómo aquellos que tienen un entorno infeliz pueden salir de ahí mediante la cultura, la educación y el afecto.

—En estas obras hay dolor, pero también esperanza. ¿Es una decisión estética o una convicción personal?
—Es un deseo que afecta a mi visión de la vida. El mundo va mal, el tiempo de hoy no me gusta, pero quiero creer que podemos aún construir un futuro esperanzado. Tal vez no se pueda en la realidad, pero sí en la ilusión del arte.

—¿Cree que el teatro «salva» algo de la inocencia, como parece sugerir en su visión de Oliver?
—El teatro que prefiero es el que plantea conflictos dramáticos con una base realista y un gran componente emocional. En el teatro me puedo permitir que el mal no triunfe y que la inocencia impida que los personajes sucumban al dolor de un tiempo mezquino. Si no puedo lograrlo en la vida, al menos en el teatro sí.

—Sus adaptaciones han triunfado en Madrid, conectando con públicos muy diversos. ¿Qué cree que busca hoy el espectador cuando se sienta en una butaca?
—El espectador busca cosas muy diferentes dependiendo del momento. En el caso de estos dos musicales, indudablemente busca emocionarse con historias comprensibles y en las que puede reconocerse aunque estén situadas en tiempos pasados. Busca una música que haga soñar y un final de esperanza tras momentos de dolor y drama. Busca, por tanto, salir regocijado y sonriente.

—¿El éxito de estas obras confirma que el público necesita historias con fondo social, más allá del espectáculo?
—Olvidamos que los primeros grandes títulos del teatro musical hablaban de temas sociales como el racismo, la violencia o los abusos. Pienso en Show Boat, Oklahoma!, Carousel, West Side Story, El rey y yo, Sonrisas y lágrimas o, avanzando en el tiempo, Cabaret, Jesucristo Superstar o Sweeney Todd. Estas obras no necesitan grandes efectos pirotécnicos para emocionar. Lo espectacular puede ayudar, pero la emoción verdadera radica ante todo en las historias.

—Adaptar obras tan conocidas implica una gran responsabilidad. ¿Dónde pone usted su sello personal?
—En estas obras no soy traductor sino dramaturgo, con capacidad para crear estructuras, personajes, diálogos y letras de canciones. Todo eso es personal y es lo que los autores de teatro hemos hecho siempre. Gran parte del teatro griego, romano o incluso de Shakespeare proviene de materiales preexistentes. El sello, si existe, va desde la decisión de trabajar en un proyecto u otro a la manera de enfocarlo y de hacerlo propio.

Un momento del 'Auto de los inocentes'.
Un momento del Auto de los inocentes. Foto: CNTC.

—En Oliver Twist decidió volver a la novela original. ¿Qué quería rescatar que otras versiones habían perdido?
—La gran pasión artística de Dickens era el teatro y quería permitir que los personajes de esta versión dialogasen como él lo hacía. A veces las versiones privilegian la parte musical, olvidando que también es teatro y que los personajes pueden expresarse e intentar convencer los unos a los otros. Es decir, quería que los personajes pudiesen ser más complejos, como lo son en la novela.

—¿Qué papel juega la experiencia vital —más allá de la formación— en la creación teatral?
—Un artista no es simplemente un técnico formado en una disciplina por aprendizaje o imitación. Debe tener un fondo, y ese se nutre de experiencias, frustraciones y conflictos personales. Creo que es bueno vivir para tener algo que contar.

—¿Cree que el teatro en España está sabiendo leer los grandes desafíos sociales actuales?
—El teatro español es muy variado y hay de todo. Lo que no sé es si hoy el público es capaz de aceptar la variedad o si acude a aquel teatro que sabe que, ideológica y estéticamente, puede considerar afín. Creo que la polarización de la sociedad afecta al público como nos afecta a todos en nuestra experiencia diaria, pero yo prefiero la diversidad y la capacidad de hacer y ver todo tipo de obras. Y sí, las hay que nos obligan a pensar nuestro entorno.

—En una sociedad cada vez más fragmentada, ¿puede el teatro seguir siendo un lugar de encuentro?
—Esa fragmentación y polarización me duelen, pero el teatro no discrimina a sus espectadores ni impide que cualquier pueda acudir a verlo. Ojalá este virus del odio al otro pase y podamos seguir encontrándonos todo tipo de personas en todo tipo de espectáculos.

El dramaturgo en el escenario de Los chicos del coro. Foto cedida por Pedro Víllora.

—¿Qué le diría a un joven que quiere dedicarse al teatro hoy, pero duda de su impacto real en el mundo?
—El teatro es eminentemente vocacional. Para conseguir dinero, prestigio o fama, es mejor dedicarse a otra cosa. Pero si se tiene este deseo, satisfacerlo da una sensación de plenitud que compensa cualquier esfuerzo. Si dudas, haz otra cosa. Si no te importa el qué dirán, las decepciones ocasionales y el sentirse incomprendido, si realmente quieres dedicarte al teatro por el teatro mismo, fórmate, acude a cursos donde encontrarás gente como tú, asóciate a ellos y genera tus propios espectáculos. Entonces estarás siendo dueño de tu vida.

—Sus obras apelan a la dignidad humana incluso en contextos adversos. ¿Hay en su teatro una búsqueda de trascendencia?
—Tengo sentimientos religiosos, espirituales y sociales que necesariamente están presentes en lo que escribo sin que por ello se impongan, porque no soporto el teatro ideológico ni panfletario. Desde pequeño me han movido los estudios humanísticos; y los conceptos de honor y dignidad, así como la idea de alma, de dualidad y de conciencia, guían lo que leo y lo que escribo. Mis personajes buscan trascender las miserias del mundo en pos de una tranquilidad espiritual que unas veces es el más allá, otras el paraíso, pero siempre la paz interior.

—¿Qué papel tiene la compasión en la escritura dramática?
—Miedo y piedad, temor y compasión, esos son los dos aspectos de la catarsis para los griegos. El teatro nos permite entender al otro, ponernos en su lugar, comprenderlo sin necesidad de juzgarlo, sentir su dolor y acompañarlo. La compasión, en el teatro, es un elemento que nos permite ser mejores como personas.

—¿Puede el teatro ayudarnos a mirar al otro —especialmente al más vulnerable— de una manera más justa?
—El bien, la verdad y la belleza se mueven bajo la égida de la justicia. El teatro nos permite acercarnos a la motivación y las circunstancias del otro, y eso nos lleva, si somos compasivos y auténticos, a ser justos con él.

—En este Día Mundial del Teatro, ¿qué no deberíamos olvidar nunca sobre el sentido último de este arte?
—El teatro construye al otro como reflejo de nosotros mismos. Viendo al diferente aprendo algo sobre mí. En épocas de simulacros e inteligencias artificiales, el artificio escénico se nutre de humanidad y nos devuelve el sentido de la vida que veces nos falta.