En no poca ocasiones, en no pocos foros, en no menos conversaciones, después de intentar explicar, ante la crisis que vivimos en el universo del periodismo, qué papel están jugando las facultades católicas de Comunicación, se me ha respondido que no había más que mirar al pasado para comprobar una imagen de supuesto desierto. Siempre he pensado que las generalizaciones son injustas con la realidad, y que transformar los oasis en acequias dependía de no pocos factores.
En la pasada reunión de los decanos de las Facultades de Comunicación de España, en la Universidad CEU Cardenal Herrera, de Valencia, encuentro auspiciado por la Comisión episcopal de Medios de Comunicación, de la Conferencia Episcopal Española, concluimos con una voluntad expresa de seguir trabajando por renovar el periodismo y la comunicación desde los fundamentos, desde el ethos característico que la propuesta cristiana ofrece a la forma de ser y de estar en el mundo profesional. Ésta es, sin duda, nuestra diferencia en el amplio mercado de las ofertas formativas en Comunicación, una especie de bazar mediterráneo.
Pongamos un ejemplo: el nuevo título oficial de Grado de la Universidad CEU San Pablo en Comunicación digital, único en el mapa de títulos en España. Cuando estábamos diseñando el programa académico y la arquitectura formativa que se va a ofrecer a esos alumnos, sabíamos que las universidades de Princeton, Stanford, Michigan y Pensilvania habían anunciado una alianza para ofrecer cursos gratuitos por Internet mediante Coursera, una web creada por la empresa del mismo nombre; y que, a principios de mayo, Harvard y el Massachusetts Institute of Technology (MIT) dieron a conocer un nuevo proyecto común, edX, para hacer lo mismo.
Pero nuestra insistencia para el nativo digital profesionalizado debía ser la de Manuel García Morente, en sus Símbolos del pensador: la de la necesidad de un pensamiento sobre la tecnología, no sólo de una pedagogía sobre la tecnología. No podemos valorar los conocimientos sólo por cuanto sirven a la práctica, tentación de la tecnología, sino por sí mismos. No apostamos por el triunfo de la enseñanza desde la sola inteligencia, sino por el triunfo de la enseñanza desde la sabiduría.
Es costumbre identificar la pedagogía como la ejecutora de los dictámenes filosóficos. La filosofía —o la ciencia— establece verdades, que la pedagogía enseña. La filosofía formula ideales, que la pedagogía formula y fomenta. La pedagogía es la forma de la filosofía. Filosofía y pedagogía son dos aspectos de una misma ocupación: la ocupación del pensamiento. El que piensa, enseña y aprende. El que enseña y aprende, piensa. Lo peores goles fueron siempre los que se meten en propia puerta. También en el periodismo y en la comunicación.