Nuevo motu proprio de Benedicto XVI. La Iglesia es caridad
Benedicto XVI está convencido de que el Evangelio no sólo se anuncia con la razón, sino también, y de manera particularmente decisiva, con el amor. Y quiere que toda la Iglesia abrace esta convicción, dando mayor importancia y vigor a sus obras de caridad. Con su nuevo motu proprio, Intima Ecclesiae natura, el Papa se propone especialmente salvaguardar la identidad católica de instituciones como Cáritas, una responsabilidad que recae directamente en cada obispo
Quizá el lector poco familiarizado con la evolución del pontificado de Joseph Ratzinger no lo ha percibido todavía. La primera encíclica de este Papa, en cierto sentido programática, Deus caritas est, planteaba el objetivo de hacer de la Iglesia una comunidad en la que el amor de Dios pueda verse de manera evidente. Mirad cómo se aman, decían los paganos romanos de los primeros cristianos. El sucesor del apóstol Pedro sigue en el surco de este objetivo central de su ministerio, y ahora ha traducido en disposiciones organizativas y jurídicas el objetivo de integrar la actividad caritativa, a todos los niveles, de la Iglesia católica, comenzando por el obispo. El sábado pasado, emitía un documento con disposiciones para toda la Iglesia, tomadas por propia iniciativa (por eso se llama motu proprio). El título del documento es significativo: La naturaleza íntima de la Iglesia (Intima Ecclesiae natura), que ya de por sí subraya cómo la Iglesia no puede ser Iglesia sin el servicio de la caridad.
Disposiciones necesarias
Y la verdad es que estas disposiciones eran necesarias. En los últimos cuarenta años, ha surgido una enorme cantidad de asociaciones de caridad, que se llaman católicas y que, en ocasiones, no tienen relación alguna con la Iglesia católica, o que incluso van en contra de la moral católica. Un ejemplo extremo es el de Católicas por el derecho a decidir, asociación reconocida en Estados Unidos como de caridad y que tiene por objetivo promover el aborto. En otros casos, estas asociaciones han asumido el nombre de católicas, simplemente como argumento de marketing, para recibir donaciones basándose en la credibilidad de la Iglesia católica y el compromiso de sus fieles. Pero, incluso entre las asociaciones surgidas en el corazón mismo de la Iglesia católica, han surgido dificultades: con frecuencia, algunas de estas asociaciones se han profesionalizado y, poco a poco, se han convertido en instituciones burocráticas, en las que sus trabajadores a veces pierden el objetivo de su actividad, que en última instancia es ofrecer una caricia de Dios a quienes sufren.
En éstos y otros casos, además, ante la falta de comprensión de los objetivos de las obras de caridad de la Iglesia, las asociaciones han excluido de su actividad y decisiones a los representantes de la Iglesia –en particular, los obispos–, reivindicando una autonomía profesional, o de objetivos. De este modo, muchas veces han dejado de ser realmente católicas, parapetándose en valores más o menos genéricos o cercanos al Evangelio.
Responsabilidad del obispo
Para invertir estas tendencias típicas de las últimas décadas, Benedicto XVI ha publicado este último documento, que, como él mismo explica, llena un vacío en el mismo Código de Derecho Canónico de la Iglesia. En efecto, hasta hoy no quedaba expresada ni organizada la misión del obispo en la estructuración de la obra de caridad institucional de la Iglesia.
Tras reafirmar que «el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia», el motu proprio de Benedicto XVI recalca que los obispos, como sucesores de los apóstoles, tienen «la primera responsabilidad de cumplir el servicio de la caridad».

Y, en cuanto tales, deben manifestar un compromiso concreto y una atención particular a la promoción de tal servicio a nivel diocesano y parroquial, garantizando la comunión y el diálogo entre los distintos organismos caritativos, pero también vigilando para impedir que «se haga publicidad de iniciativas que, aunque se presenten con finalidades de caridad, propongan opciones o métodos contrarios a las enseñanzas de la Iglesia». Corresponde a los prelados también la tarea de formar a cuantos trabajan en el ámbito de la caridad de la Iglesia, con el objetivo de educar a todos los miembros de la comunidad en el valor del «testimonio de sobriedad cristiana».
La identidad de Cáritas
El Papa dedica un amor y atención particular a Cáritas, pues se trata de una institución única para la Iglesia católica, que es la única institución caritativa promovida por la jerarquía eclesiástica a nivel mundial, que, como él dice, «se ha ganado justamente el aprecio y la confianza de los fieles y de muchas otras personas en todo el mundo por el generoso y coherente testimonio de fe, así como por la concreción a la hora de responder a las peticiones de las personas necesitadas». Ahora bien, en ocasiones, las tendencias vigentes también han dejado divisiones en el seno de esta institución. No han faltado agentes de Cáritas que han separado su acción de la misión y vida pastoral de la Iglesia. En mayo del año pasado, la Santa Sede llegó a pedir que no fuera reelegida la Secretaria General de Cáritas Internacional, para preservar la identidad católica de esta institución. El riesgo expresado por colaboradores del Papa era que Cáritas, bajo su coordinación, asumiera objetivos alejados de la pastoral de la Iglesia, convirtiéndose en una ONG más.
Al mismo tiempo, el impulso que da el Papa a la Cáritas en el mundo es muy fuerte: «El obispo debe favorecer la creación en cada parroquia de su circunscripción de un servicio de Cáritas parroquial o análogo, que promueva asimismo una acción pedagógica en el ámbito de toda la comunidad para educar en el espíritu de una generosa y auténtica caridad. Si fuera oportuno, dicho servicio se constituirá en común para varias parroquias del mismo territorio». Y escribe también el Papa: «Corresponde al obispo y al párroco respectivo asegurar que, en el ámbito de la parroquia, junto a Cáritas puedan coexistir y desarrollarse otras iniciativas de caridad, bajo la coordinación general del párroco».
«Es un deber del obispo diocesano y de los respectivos párrocos evitar que, en esta materia, se induzca a error o malentendidos a los fieles –añade el documento–, por lo que deben impedir que, a través de las estructuras parroquiales o diocesanas, se haga publicidad de iniciativas que, aunque se presenten con finalidades de caridad, propongan opciones o métodos contrarios a las enseñanzas de la Iglesia».

El cardenal guineano Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio «Cor Unum», el organismo del Vaticano para promover y coordinar la obra de caridad de la Iglesia en el mundo, explica que este nuevo documento del Papa busca «establecer algunas normas jurídicas, esto es, exigibles al interior de las relaciones eclesiales». Por tanto, en primer lugar, las nuevas normas afectan al obispo y a «su deber de animación catequética de los fieles, basado en el testimonio de la caridad; así como a su deber de orientación, coordinación y supervisión de las actividades institucionales». En segundo lugar, las normas se aplican también «a las personas que trabajan en estas organizaciones, a su selección y formación, a las finanzas, incluida la contribución financiera de terceros, y a la relación con las Iglesias locales».
Como dice el cardenal Sarah, «este documento debería alentar a los obispos a examinar seriamente la posible revisión de los estatutos de las distintas Cáritas nacionales o diocesanas, para fortalecer el espíritu de la Iglesia en las Cáritas y redefinir y clarificar la responsabilidad primera del obispo, y en general ayudarle en las relaciones con las organizaciones caritativas».
La caridad es un testimonio eclesial
El cardenal Sarah considera que este documento es decisivo para el futuro de la Iglesia. «Yo soy hijo de una Iglesia nacida de la sangre de muchos misioneros, y sé lo que han hecho por mí y por mi gente, además de habernos dado el Evangelio», reconoce.
A raíz de este documento, el purpurado espera «una mayor conciencia de que la actividad caritativa (no sólo los proyectos de desarrollo) encuentren cada vez más su lugar dentro de la Iglesia como testimonio de Dios, como una expresión del amor trinitario revelado en Jesucristo, como una continuación y extensión de su obra de salvación, como una oportunidad para construir la comunidad cristiana, como una forma de evangelización».
«El marco regulatorio no es un fin en sí mismo, y ni siquiera sirve para expresar relaciones de poder –aclara también el cardenal Sarah–, sino que debe ayudar a volver más transparente la actividad caritativa como un gran testimonio eclesial de que nuestro Dios ama al hombre, y quiere hacerlo feliz y plenamente logrado, tanto en su cuerpo como en su alma. No olvidemos que, a través de nuestros organismos, llegamos a millones de personas. Con esta herramienta encontrarán un mayor lugar en la pastoral de la Iglesia».
En medio de la crisis económica, Cáritas no está llamada a ser sólo la obra de caridad más capilar. Puede ser, además, una caricia del amor de Dios a cada una de las personas que recurre a su ayuda.
El Papa ha solicitado la construcción de «una comunidad mundial, con la correspondiente autoridad, precisamente a partir del amor por el bien común de la familia humana»; lo ha hecho en su discurso a la plenaria del Consejo Pontificio Justicia y Paz, ante cuyos miembros ha aclarado que «la Iglesia ciertamente no tiene la misión de sugerir, desde el punto de vista político y jurídico, la configuración concreta de tal ordenamiento internacional, sino que ofrece a los que tienen esta responsabilidad aquellos principios de reflexión, criterios de juicio y orientaciones prácticas en torno al bien común». Por tanto, no se trataría de «un superpoder concentrado en manos de unos pocos, que domina sobre todos los pueblos explotando a los más débiles, sino que toda autoridad debe entenderse, en primer lugar, como fuerza moral, como una autoridad participada, limitada por competencias y por el Derecho».
Las palabras del Papa surgen ante las amenazas que identifica hoy en torno al mundo del trabajo: considerar al ser humano como mero «capital humano», o sólo «en clave predominantemente biológica», o como «parte de un engranaje productivo y financiero». El Papa ha denunciado que «las nuevas ideologías –como la hedonista y egoísta de los derechos sexuales y reproductivos, o la de un capitalismo financiero sin límites– consideran el empleado y su trabajo como bienes menores, y socavan los fundamentos naturales de la sociedad, especialmente la familia». Ante esta situación, «sólo una nueva evangelización de lo social ayudará a destronar a los ídolos modernos: el individualismo, el consumismo materialista y la tecnocracia».