Nuestra crueldad nace del canto - Alfa y Omega

Observaba agudamente Fabrice Hadjadj en uno de sus ensayos que la moral católica se antojará cada vez más cruel. Lo experimentamos la semana pasada, cuando el Leviatán ejecutó a Noelia Castillo. Ella había pedido la eutanasia y la burocracia, compasiva, se la concedió. A Noelia, rehén de innumerables traumas, víctima de un pasado sobrecogedor, le dolía la vida y el Estado le suministró el antídoto más eficaz. Las autoridades, comprometidas con la felicidad, arrancaron la raíz del sufrimiento como una mala hierba. Si la existencia es insufrible, ¿no conviene erradicarla cuanto antes? ¿No estriba la alternativa en perpetuar sine die el calvario? Cuando la vida es una náusea, su custodia solo puede aparecerse como crimen. Todo cuidado sería un ensañamiento terapéutico; toda curación constituiría un empeño diabólico. El verdugo se transfigura de pronto en redentor.

Nosotros, así pues, hemos adoptado una postura intempestiva. ¿No habría sido más caritativo respetar la voluntad de Noelia? ¿No habría sido más fraternal clausurar, por fin, el drama? Nuestro dogmatismo nos insensibilizaría ante el desgarro. Nuestra intransigencia culminaría en una negación de la libertad más fundamental: la de abrazar la muerte como alivio al peso oneroso de la vida. Frente a la compasión del Leviatán, que procura una muerte digna, la crueldad del católico, que exige una existencia penosa. ¿Acaso no desoímos el grito trágico de Noelia? Los mismos que no hicimos nada para atenuar su sufrimiento, para avivar sus esperanzas, exactamente los mismos, nos oponemos ahora a la solución final. 

Conviene, sin embargo, impugnar el relato. ¿Y si los cristianos conociésemos una alegría ignorada por el hedonista? ¿Y si nuestro ensañamiento derivase de una lucidez? Lo que subyace, en realidad, no son ideas antagónicas de la muerte, sino dos concepciones antagónicas de la vida. Si el mundo afirma la indignidad de una existencia dolorosa, nosotros afirmamos la dignidad de toda existencia, incluso de las miserables. Nuestra crueldad responde a un enamoramiento. Nuestra contumacia nace de una fascinación. Para el cristiano la existencia es un bien, aunque sea un bien herido; es un don, aunque sea un don desgarrador. Es sensible a una verdad que el hedonismo productivo de nuestra época ha orillado: el sufrimiento no eclipsa la vida; el dolor no empaña el milagro. No se trataba de perpetuar el sufrimiento de Noelia Castillo, sino de custodiar su vida, valiosa a pesar de todas las penurias. 

Se ha dicho en ocasiones —lo aseguró la semana pasada una sentenciosa tertuliana, sin ir más lejos— que el católico se opone a la eutanasia porque bendice el sufrimiento. Es un argumento habitual —la seducción de la cruz, el gozo inconfesable de la mortificación—, pero equivocado. Rechazamos la eutanasia porque afirmamos la vida. Lo que escandaliza al mundo no es nuestro sadismo, sino nuestro entusiasmo. No amamos el dolor; amamos la existencia, que no palidece ni siquiera ante el tormento, ni siquiera ante la desesperación. La convicción del cristiano, contraria al sentido de la época, es que toda vida merece la pena en el sentido estricto: el esplendor de la existencia, incluso de las más quebradizas, justifica con creces el sufrimiento.

No estamos llamados, según creo, a oponernos a la eutanasia como al asesinato. Se trata menos de enfatizar la indisponibilidad de la vida que de afirmar su belleza, menos de establecer un límite moral que de contagiar una alegría bien fundada. Nuestra réplica no debe ser una crítica, sino un canto. Si la razón última de la eutanasia es la desolación, ¿por qué no celebrar la bondad incondicional del ser? Si su motivación es el desconsuelo, ¿por qué no mostrar la gloria que se esconde tras el drama, la yerba que se abre paso bajo el asfalto, el milagro ante el que se encoge todo dolor?

Pero la teoría debe concretarse en praxis, el discurso debe encarnarse en vida, el canto debe romper en cultivo. ¿De qué sirven nuestros argumentos si nuestra cotidianidad sigue deshumanizándose? ¿De qué sirve nuestra oposición si siguen prosperando las circunstancias que alimentan el suicidio? Resulta incluso lógico que los ancianos abandonados en geriátricos entiendan la muerte como liberación. Parece incluso razonable que los niños confinados en centros de acogida juzguen la vida como tormento. No basta con impugnar la eutanasia; es preciso considerar sus causas con nuestra inteligencia y mitigarlas con nuestras manos. Las palabras degenerarán en cháchara si renunciamos a transfigurar el mundo. La seducción del suicidio solo menguará cuando empecemos, de nuevo, a sentir la vida como plenitud.