Ni te imaginas la alegría que da saber que, pase lo que pase, ya nunca estaremos solos. Hay victorias que saben a gloria. Los aficionados al deporte estarán de acuerdo conmigo en que no hay nada más grande que vencer al equipo rival en un derbi, en el que parece que nos jugamos la vida. Poco a poco vamos perdiendo la perspectiva de lo que realmente merece la pena, y nos despeñamos emocionalmente por un desfiladero de ilusiones más bien pobretonas, que han conseguido imponerse en nuestra cabeza y que han asaltado nuestro corazón hasta derrotarlo.
En estos días tan repletos de emotivismo, tan sentimentaloides, tan inmaduros, es fácil caer en la tentación de pensar que mi mundo es todo lo que importa, es muy frecuente creer que mi mundo es todo lo que hay en el mundo. Pero no es así. Algo que nos enseña la Pascua es que se pueden superar los límites del espacio y del tiempo, que podemos traspasar cualquier barrera, que podemos llegar hasta es infinito desde el más acá, siempre que el combustible que empleemos para que se nos encienda nuestra existencia sea el amor, el amor verdadero, el verdadero amor. Y ese solamente se encuentra en un surtidor: se llama Jesús de Nazaret.
No deja de ser entrañable que, a miles y miles de kilómetros de la Tierra cuatro astronautas, cuatro navegantes del espacio que apenas se han asomado a las fronteras del universo se pongan en contacto con nosotros para desearnos una «feliz Pascua». Y es que, seamos cristianos o no, la Pascua es en sus mismas entrañas pura felicidad. Por eso es casi redundante felicitarnos por estas fechas, porque la Resurrección es el corazón mismo de la felicidad del ser humano; aún más, cada uno de nosotros, gracias a que la Vida ha triunfado sobre la muerte, está llamado a una vida buena, a una vida eterna.
Ni guerras ni hambres ni egoísmos ni tiranías ni sufrimientos ni dolores ni nada de todo eso que nos empobrece desaparece tras la Pascua. Sin embargo, lo que sí se hace presente es esa luz amorosa de quien nos invita a hacer de nuestra vida de cada día un hermoso camino bien comprometido con la búsqueda de la verdad. En ese caminar, de la mano de quien ha dado su vida por ti y por mí, resulta que la felicidad es posible, porque está engarzada con la esperanza que da creer que hemos sido rescatados de la muerte por el amor.
No tengas miedo a esas contrariedades que no te puedes quitar de encima. Son la forma que ha elegido Dios para recordarte que te quiere como a un hijo, y por eso está contigo en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la guerra y en la paz, porque ha vencido al mundo.