Es verdad que el Papa Francisco es el nuevo Papa, pero también es un Papa nuevo para la nueva evangelización; de algún modo todos y cada uno de los Papas son nuevos, pero llamarse Francisco en los tiempos que corren y señalar como programa de su pontificado el programa de José, el carpintero de Nazaret, es una llamativa novedad. Como lo es pedir urbi et orbi, en el comienzo de su pontificado: «No tengáis miedo a la ternura, sino a lo que ensucia la vida». Por eso, ante tanta grandeza, llama la atención la pequeñez y la ruindad de quienes, cuando hablan y escriben del Papa Francisco, hacen una caricatura miserable de san Francisco de Asís y reducen al Poverello a un buenista simplón, a una mezcla de hippie desaliñado y con margaritas en el pelo, pacifista de pitiminí y de indignado populista a lo Chaves, con gotas del ministro que dice que todo vale si hay amor. El Presidente del Foro de la Familia, Benigno Blanco, le ha salido al paso oportunamente con una Tribuna en ABC titulada ¿Ministro del amor o de Justicia? Si es por amor, todos los polígamos del mundo están dispuestos a jurar por el Profeta que lo tienen. O de esos otros, con áticos diversos, que cuando escriben sobre el Papa Francisco aprovechan para pretender colar su averiada mercancía del socialismo del qué más da y a la remanguillé, es decir, de poner el cazo a ver lo que cae; y hablan «de un Benedicto XVI dimisionario y sin fuerza espiritual» –¡hace falta cara!– o de «intereses creados» -que es lo único que les interesa y en lo que son verdaderos maestros-. Me interesa sobremanera recalcar que san Francisco de Asís nada tiene que ver con esa caricatura que todos ésos le están haciendo, estos días, en la prensa, radio y televisión de medio mundo. En el fondo, la cosa es un tanto diabólica, porque de paso que se reduce al Poverello de Asís, se reduce al nuevo Papa presentándolo como una caricatura de lo que verdaderamente es. A ninguno de todos estos hermeneutas de conveniencia y de ocasión se les ocurre pensar, ni por lo más remoto, que, cuando el Papa Francisco habla de los pobres, tiene clarísimo, por ejemplo, que los más pobres de todos son los que sólo tienen dinero. En un mundo descabellado en el que de una potencia emergente como China salta a las portadas de los periódicos, estos días, que en los últimos 40 años se perpetraron allí 330 millones de abortos. Eso sí que son los pobres, pero no lo son menos los que sufren o fingen sufrir una amnesia brutal sobre este holocausto inhumano y cruel como ningún otro en la historia de la Humanidad.

Claro que, con la que está cayendo, con eso de que todos somos iguales y de que se puede pasar de curso sin aprobar las asignaturas, resulta que en España, por ejemplo, nos encontramos con algo desolador: de los 14.110 aspirantes a maestros, sólo 1.913 han aprobado la prueba de cultura general que se exige en la Primera enseñanza. Y así, escriben veverlo y anbito, no distinguen entre vasta y basta, no saben por dónde pasan los ríos y creen que la gallina es un mamífero, por lo que El Roto se ve obligado a tomarse la cosa con humor –reír, por no llorar– y pinta la viñeta que ilustra este comentario. Claro, aquí lo que cuentan son los números. Usted y yo somos otro número más, todos iguales, ¡no faltaba más!, y por eso, les gustaría reducir también al Papa a un número más, igual a cualquier otro. Pues no, no es verdad. Ni tampoco es verdad, por mucho que el Tribunal de Estrasburgo pueda anular la doctrina Parot y a los terroristas, violadores y asesinos no sólo se les ponga en libertad, sino que haya que darles una indemnización; tampoco es verdad que dejen de ser asesinos, violadores, terroristas y merecedores de una verdadera justicia. Como no es verdad que la matanza del 11-M, a pesar de los años que han pasado, haya sido ni siquiera medianamente esclarecida. No me acuerdo ahora a quién le he oído que, «en política, sólo se agradecen los favores que todavía te pueden hacer»…; pero de esto hablaremos otro día.

Gonzalo de Berceo