Tiemblan los mercados mundiales tras el órdago de Putin en la península ucraniana de Crimea; todo el glamour y todo el aburrimiento del mundo se juntan sobre la alfombra roja de los Oscar de Hollywood; Bilbao se convierte en una especie de Davos, en el que Rajoy escenifica lo bien que va todo en la economía española; un miserable etarra se proclama, ante un Tribunal de ¡Justicia!, orgulloso de ser un asesino y todos los medios de comunicación le hacen el caldo gordo contándolo con pelos y señales, como si fuera una noticia…, y todo ello, claro, en pleno carnaval.

Ricardo ha pintado, en El Mundo, a Rajoy disfrazado de Superman que mantiene con su Vicepresidenta el siguiente diálogo: «¡Qué, Mariano!, ¿de carnaval?»; a lo que el Presidente responde extrañado: «¿Carnaval?».

A la vista de todo este mejunje, casi es pecado sorprenderse de que nuestros medios de comunicación apenas sí le han dedicado atención a la audiencia del Papa Francisco a todos los obispos españoles en Visita ad limina. Nada de extrañar, cuando tampoco ha habido sitio en ellos apenas para la Guardia Civil que salva la vida de unos subsaharianos a punto de morir en una patera, o para la osada manifestación de un grupo numeroso de médicos a favor de la vida y, por consiguiente, en contra del aborto, a las puertas del Hospital de La Paz. ¡Cómo va a haber sitio en estos medios para cosas tan extravagantes! Sí les sobra, en cambio, para exhibir, en un país con cinco millones de parados, las diez mayores fortunas del mundo… Tampoco en los medios del resto de Europa lo hay; en cambio todo espacio es poco para la siniestra Ley belga de eutanasia infantil que el indigno sucesor del rey Balduino en el trono de Bélgica acaba de sancionar con su firma. El diario conservador francés Le Figaro ha titulado, durante estos días, una crónica de su corresponsal en el Vaticano así: Le Pape défend farouchement la famille traditionelle (El Papa defiende ferozmente la familia tradicional). ¡Ah! ¿Pero es que hay otra, u otras? ¿Y qué familia quiere Le Figaro que defienda el Papa, a no ser la única que hay y que, según el Santo Padre, hoy es «despreciada y maltratada»?

Mientras la bandera rusa ondea en lo más alto del Parlamento de Crimea, en medio de la cobardía más obscena de la ONU y de todo el estamento político internacional, y mientras asistimos, con impotente asombro, a la última batalla del imperialismo ruso con su diplomacia de los tanques, sólo algún que otro osado y lúcido comentarista, como Fernando García de Cortázar, se atreve a escribir -en una Tercera de ABC– que «la izquierda, en verdad, no defiende la neutralidad del espacio público cuando habla de laicismo, sino la pura y simple expulsión de las aportaciones que el cristianismo ha hecho a la formación de nuestra sociedad», y que «es ya tiempo de que la derecha pierda ese absurdo complejo que la lleva a querer mostrar su superioridad sobre la izquierda sólo en el campo estricto de una eficacia gubernativa, de una eficiencia de gestión, o de una mayor capacidad para organizar las labores contables de nuestra Hacienda».

La Vanguardia no tiene reparo en llevar a su portada, del pasado sábado 1 de marzo, como titular principal éste: El Papa cambia el mensaje de la Iglesia hacia los divorciados; un poquito más abajo explica que Francisco rompe tabúes, al pedir comprensión y «no condenarlos» y que el giro se produce ante el Sínodo de la Familia, de octubre. Sería interesante que La Vanguardia explicara cuándo la Iglesia ha condenado a los divorciados y cuándo no los ha acogido. Otra cosa es que la Iglesia condene el divorcio, eso sí, o por ejemplo también el aborto, cosa que tanto parece molestar a La Vanguardia que, por cierto, ha cambiado hace poco de director, pero ya se ve que de línea de pensamiento no.

El diario El País, en su acreditada línea no tiene reparo en dedicar una página entera a hacer el ridículo intentando que la Historia sea como El País quiere y no como ha sido en Córdoba. Lo que El País y la Junta de Andalucía quieren que sea su mezquita, antes que mezquita, y durante siglos, fue iglesia católica. Y hoy, cuando es catedral, respeta y mantiene el arte y la cultura como ningún país árabe mantiene el arte y la cultura de lo que empezaron siendo maravillosas iglesias cristianas y hoy solamente son mezquitas.

A la vista de todo esto, ¿tiene algo de extraño la reflexión que, en forma de pregunta, hace El Roto en la viñeta que ilustra este comentario?

Gonzalo de Berceo