Después de haber vivido la semana grandiosa de la canonización de dos gigantes del espíritu como Juan XXIII y Juan Pablo II, dos personalidades de dimensión universal histórica y de admiración reconocida dentro y fuera de la Iglesia, siente uno, al tener que volver a la triste rutina de cada día, como una especie de desolada y desoladora depresión: una fiesta del trabajo, sin trabajar y sin apenas trabajadores; unos miles de privilegiados y aprovechados, la mayoría de los cuales llevan años sin dar un palo al agua, vagos de solemnidad, folloneros, chupópteros, corruptos disfrazados de algo tan noble como es el sindicalismo de verdad; burócratas que rentabilizan en provecho propio el trabajo de los demás y que, en general -las excepciones confirman la regla-, ni están ni se les espera cuando el trabajador les necesita realmente; unos sujetos y unos colectivos -nunca mejor dicho y utilizado el palabro marxista- que al socaire de banderas con la hoz y el martillo, o la inconstitucional tricolor de la Segunda República -ni una sola bandera nacional, roja y gualda-, vocean consignas rancias, insultantes y demagógicas hasta la náusea, sin la más mínima autocrítica ni el menor arrepentimiento ante lo que, un día y otro, denuncian los periódicos, como señalan Gallego y Rey en la viñeta que ilustra este comentario. Este año, además, en el marco ya de una campaña electoral en la que es verdaderamente difícil entender a quién pretenden seguir engañando el Gobierno, que ahora sí ya habla de bajar los impuestos que hasta ahora no ha dejado de subir, y el principal partido de la oposición con una estrategia delirante de recuperación y reivindicación nada menos que del nefasto zapaterismo, cuya indignidad de un socialismo de encefalograma plano nadie medianamente sensato puede haber olvidado.

Los eurócratas recomiendan abaratar todavía más el despido, mientras blindan con desfachatez intolerable su sueldo o su pensión dorada. La noción de bien común ha dejado de existir y ha sido sustituida sin paliativos por la de interés general, entendiendo por general los intereses de los capitostes de partidos y partiditos, autonomías y mamandurrias varias e impunes. Si aplicaran la inteligencia que aplican al servicio del bien común en vez de al bien propio, esto sería de verdad el Estado del bienestar que pregonan y que sólo es para unos cuantos, casi siempre los mismos. ¿Que algo se tuerce o se descubre? La culpa es de Europa, y que cada cual entienda lo que quiera. No hay coartada más amplia ni más descarada. Mientras tanto, tiene uno que leer en los periódicos, o escuchar en telediarios y tertulias de todo a cien, que España tiene 880.000 parados menores de 24 años, pero que en una discoteca, a las dos de la madrugada, setenta de los setenta y siete clientes controlados por la policía eran menores de edad. Y sus padres ¿qué hacían? O lee uno algo tan delirante como la propuesta de que los pacientes, antes de ir a Urgencias de un hospital, pasen por el centro de salud de su barrio; pero entonces, ¿dónde está la urgencia? O que la Policía va a actuar contra los cafres «con la máxima firmeza, pero con proporcionalidad»; o sea, una firmeza proporcional, ¿comprenden ustedes? Proporcional ¿a qué? O lees que «el que no está en las redes sociales no existe». ¡Ah! ¿No?

Y para terminar por donde hemos comenzado, volvamos un momento la vista al mundo eclesial. Ha sido noticia de portada, primero en La Vanguardia, de Barcelona, y después en otros derivados y compuestos, que el Vaticano sopesa el nombramiento de un nuevo arzobispo para Barcelona, y en torno a semejante globo sonda rumores y más rumores, chismorreo y más chismorreo, sin ofrecer la más mínima fuente a la que atribuir la noticia o la información que, por tanto, desde ese mismo momento, al carecer de fiabilidad y de contraste, deja de ser noticia, obvia y evidentemente. Pero lo más alucinante, lo más sorprendente y lo verdaderamente revelador ha sido en qué sección del periódico fue publicada la cosa. Lee uno, en portada y en la cabecera de la página: Política. Con todas las letras y sin el menor rubor. O sea, que el nombramiento de un arzobispo, para estos lanzadores de globos, disfrazados de informadores y de periodistas, es una cuestión no eclesial, no de Religión, ni siquiera de Sociedad; no, no, directamente política. Sin que se les caiga la cara de vergüenza. Son incapaces -las orejeras políticas no les dejan- de ver algo en la Iglesia que no sea en clave de poder. Y, claro, así nos luce el pelo. Porque, desde luego, no es verdad.

Diego de Torres Villarroel