Fe de ratas (sic) ha querido titular JM Nieto su viñeta diaria en ABC, y sus ratas directivos de Caja Madrid, de la viñeta que ilustra este comentario, se tronchan de risa ante un atraco de nada, de tres al cuarto… La lógica indignación que las tarjetas negras han suscitado en un país con cinco millones de parados y con una deuda pública verdaderamente impresionante y preocupante, no hace más que crecer y los comentaristas y observadores políticos no tienen más remedio que constatar el inmenso favor que la corrupción está haciendo a los listos que saben aprovecharla políticamente -y pocas veces la noble palabra política ha sido más manipulada y prostituida-. Así que, un día tras otro, saltan a las portadas, y la cosa, por desgracia, ya no tiene remedio, los nombres de esos listos y demagogos populistas y la del partido que se han sacado de la manga, con sus majaderías utópicas, que dice Luis Ventoso, cuando lo sensato, lo inteligente hubiera sido que comentaristas y tertulianos comprendieran que la única manera eficaz de no hacerle el caldo gordo a un populista demagogo es ni nombrarlo siquiera. Pero, ya digo, la cosa, como tantas otras cosas, ya no tiene remedio. Antonio Burgos recordaba, hace unos días, en su columna de ABC, la vieja y sabia predicción del Canciller Bismarck, que parece que nos estaba viendo cuando dijo: «Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido». Bueno, a este paso, si Dios no lo remedia, todo se andará…

Con motivo del logro diplomático de un asiento en el acreditadísimo Consejo de Seguridad de la ONU, el Presidente del Gobierno ha escrito una frase preciosa: «Estar en el Consejo de Seguridad sirve para proyectar al mundo los principios y valores que nos definen como españoles»; está muy bien, pero la cuestión es cuáles son esos valores, porque hay mucha gente que se pregunta si son, por ejemplo, los de ese concejal del PP que echa de su trabajo a una mujer por estar embarazada, o los de no querer saber nada del aborto, o los del: Usted no sabe quién soy yo; o los de ese otro listillo Lazarillo que, gracias a la rampante falta de autoridad y creciente falta de seguridad que sufrimos mucho más resignadamente de lo que la dignidad exige, ha hecho de su capa un sayo viviendo y vegetando al lado de las llamadas autoridades como Pedro por su casa. ¿O tal vez los valores del Junquera que solloza por la independencia catalana perdida? Aun así, en un país mal gobernado se está mejor que en uno ingobernable, y hay quien asegura que añoraremos estos tiempos. Pues ¡qué bien… González!

Me gustaría decir dos palabras sobre la información que los españoles han tenido acerca del recién clausurado Sínodo extraordinario de los Obispos sobre la familia, esa escuela permanente de humanidad. A juzgar por lo que hemos podido leer, ha habido dos Sínodos, el de los obispos y el de los medios; como cuando el Concilio, según denunció el propio Benedicto XVI. Muchos medios de todo el mundo -de aquí también, claro, no faltaba más…-, incapaces de ir al fondo y a la raíz de la realidad, han reducido el Sínodo a lo de los homosexuales y lo de los divorciados vueltos a casar. Lo peor es que, donde no se debía, algunos han dado pie a ello. Así que han titulado: La Iglesia se abre a nuevas formas de familia, como si hubiera más que una. Al final, ha quedado claramente aprobado lo que está maduro y ha quedado en suspenso y a la espera lo que no lo está. Y, evidentemente, entre lo que ha quedado no claro, sino clarísimo, está que el matrimonio es indisoluble, que las uniones homosexuales nada tienen que ver con el matrimonio y que la doctrina, los principios básicos inamovibles, no se discute, sino que lo que se discute es su aplicación pastoral. Es elemental -y ¿cuándo no lo ha hecho la Iglesia, experta en humanidad?- escuchar los latidos de nuestro tiempo y escrutar los signos de los tiempos, pero ha llovido lo suyo desde que san Agustín dijo aquello de: «Nos sumus tempora»: nosotros somos los tiempos y hemos de hacer que los tiempos sean como nosotros creemos que deben ser, y no al revés.

Diego de Torres Villarroel