Pues, señores, la verdad es que difícilmente se puede encontrar un lema o una consigna que defina mejor el nefasto sistema del Gobierno Zapatero, de Rubalcaba y de todos sus compinches, que el que Montoro, oportunísimamente, señala en la viñeta que ilustra este comentario: Truco, o trato. Es el lema de esa cosa llamada Halloween que paletamente ha sido adoptado en la Europa occidental y por los papanatas de media España, olvidando tradiciones consolidadas durante siglos, como la celebración de la festividad de Todos los Santos. Truco, o trato: mentira, o negociación; chantaje, o cambalache; bien sea en los pasillos del Congreso, o en los Juzgados, en las aulas en las que se imparte Educación para la ciudadanía, o en esos centros de exterminio que se llaman abortorios; bien sea en el compadreo indecente de los medios afines, o en las gasolineras… Truco, o trato: esto es lo que hay en la triste España de hoy. Son lentejas: si las quieres, las tomas; y si no, las dejas. Y siguen las encuestas, a prácticamente dos semanas del voto en las urnas, ofreciendo a la reflexión de los que quieran reflexionar los datos casi constantes: a pesar de todos los pesares, más o menos un 30% de los votantes van a seguir votando a los socialistas. Digo yo que será por si queda algo que arrasar o que pudrir. Mientras tanto, los griñán de turno se apresuran a colocar a los amiguetes en los puestos clave, por lo que pueda pasar. Entre las tareas -que no promesas- que la oposición ofrece, no he visto nada respecto a decidir, en los primeros cien días del nuevo Gobierno -porque después ni los sindicatos ni los eurócratas les van a dejar-, por ejemplo, que todos los cargos nombrados en los tres últimos meses antes de las elecciones sean destituidos. Y, naturalmente, lo que vale para los cargos municipales, autonómicos y nacionales, vale para esas embajadas-fantasma que ciertas Autonomías han creado, con cargo a lo que pagamos los contribuyentes, o a esos cargos de relumbrón en la ONU y en Bruselas y en Estrasburgo suculentamente retribuidos, con cargo al mismo presupuesto.

Por brujas, fantasmas, fantasmones y dráculas que chupan la sangre de la gente normal y corriente, que no quede. ¿No estamos en Halloween? ¡Pues toma Halloween! Se ajustan y se recortan las plantillas de las empresas, mientras los altos directivos de instituciones oficiales se suben los sueldos, o se blindan las jubilaciones hasta un 40%. ¿Para qué vamos a andarnos con chiquitas? Y, mientras tanto, el candidato socialista plantea que a la Iglesia católica se le cobre por su patrimonio inmobiliario. A lo mejor lo que quiere el indeseable Rubalcaba es que los Ayuntamientos o las Administraciones de las Comunidades Autónomas cobren a la Iglesia por los comedores de Cáritas, pongamos por caso, donde gracias a la generosidad inteligente de la Iglesia católica están comiendo parte del millón y medio de familias españolas en las que todos sus miembros están en el paro. Y las encuestas siguen dando un 30% a los socialistas. ¿Ustedes me lo pueden explicar? ¿Es posible que haya un 30% de estómagos agradecidos en España? Ya lo creo que es posible. En cambio, a los sindicatos del régimen se les subvenciona conspicuamente y se les ofrecen edificios, exentos naturalmente, para que puedan desarrollar cómodamente su imprescindible labor de flanquear, alentar, promover y jalear las decisiones de sus señoritos.

A esta labor solidaria y benéfica colaboran, decidida y rentablemente, ¡cómo no!, los componentes de esa asombrosa nómina de sabihondos de tertulia que, cada vez que responden a la pregunta de un llamado moderador del debate, lo primero que saben decir es: Bueno, vamos a ver. No me importa repetirlo: son como los trenes del Metro que no entran en la estación, sino que efectúan su entrada. Oigan, y la gente de a pie no cesa de preguntarse, entre asombro y asombro, cómo, ya que saben todos tanto de todo, no lo han dicho antes, o no lo han arreglado ya. Sabihondos de éstos siempre los ha habido en la vida pública española, pero, oigan, nunca tantos como ahora, con las carreteras atascadas y puentes sin crisis.

Gonzalo de Berceo