Ni más ni menos - Alfa y Omega

Ni más ni menos

Los sacerdotes Pedro Anzoátegui y Alfonso Avilés murieron la semana pasada para salvar a un niño del mar. Fueron ni más ni menos que buenos sacerdotes

Teo Peñarroja
Funeral de Pedro Anzoátegui
Foto: Diócesis de Daule.

Recuerdo la impresión que me causó, hace tres años, la lectura de Naufragio y peregrinación, de Pedro Gobeo. Muy poca gente conoce ese libro fantástico, publicado en 1610, porque desapareció durante 300 años en la noche de la historia y no fue hasta 2023 que el profesor Miguel Zugasti lo reeditó, a partir de un descubrimiento del profesor Raúl Manchón dos décadas antes. Las vicisitudes del libro son apasionantes, pero todavía lo es más la historia que cuenta: una crónica de viajes de una viveza y una calidad literaria absolutamente imperdibles. Pedro Gobeo se embarcó en Sevilla en 1593 con destino a América para conocer el ancho mundo. La travesía incluye tormentas, una batalla naval contra un corsario escocés, enfermedades tropicales y, finalmente, el abandono de 40 hombres, entre ellos el autor, en algún punto de la costa de Esmeraldas (Ecuador), a muchos kilómetros de cualquier ciudad.

Esa peregrinación estaba destinada a llevarlos a todos a la muerte y, de hecho, casi todos murieron de hambre o de sed, envenenados o despeñados. En aquel grupo viajaba un sacerdote. Uno de los aspectos que más me conmovió fue el papel que jugaba aquel cura en la expedición, porque de modo instintivo se convirtió en el sustento espiritual de aquella zarrapastrosa panda de condenados a muerte. En el momento más desesperado del viaje, los hombres que sobreviven no tienen ya ropa ni zapatos ni armas. Pero entre todos han tenido el instinto cristiano de conservar una capa y un sombrero para preservar la dignidad del sacerdote.

Hay un momento en el que Pedro Gobeo, de 15 años, se da cuenta de que va a morir en una isla desierta. No tiene nada que echarse a la boca, se nota desfallecer y, con una concha de la playa, cava su propia tumba y se acuesta a esperar allí su muerte. Hasta que escucha una voz —«Pedro, Pedro»— que no es una teofanía, sino el sacerdote que lo llama, lo reconforta y le pide que vuelva con los demás. En medio de aquella muerte segura, encienden un fuego y uno de los marinos le pide al cura que les cuente una historia que los reconforte. Y él se pasa la tarde contando vidas de santos.

Aquel hombre no era un santo. Gobeo ni siquiera toma la precaución de consignar su nombre para la historia. Era… un sacerdote. Ni más ni menos. Quizá podría haberse llamado Pedro Manuel Salado, que murió exhausto en aquellas playas de la costa de Esmeraldas el 5 de febrero de 2012, después de haber salvado a siete niños a los que un remolino arrastró mar adentro. O podría haberse llamado Pedro Anzoátegui. O Alfonso Avilés. Estos dos sacerdotes, ecuatoriano y español, predicaban el viernes en una playa de Guayas (Ecuador) un retiro espiritual a los monaguillos de la parroquia de san Alberto Magno, de Guayaquil. Uno de los monaguillos, que jugaba en la playa, se vio arrastrado por la corriente, y los presbíteros se lanzaron al mar para socorrerlo. Lo consiguieron: sacaron al chico. Pero ellos no tuvieron tanta suerte. Sus diócesis los han despedido con gran dolor y agradecimiento. Fueron, hasta el final, sacerdotes. Ni más ni menos.