Nacionalidad: ninguna - Alfa y Omega

Nacionalidad: ninguna

Badia (Maria Zreik) es una joven palestina cristiana que vive en el orfanato de las Hermanas de la Salvación. Cuando llega a la mayoría de edad debe abandonar la residencia y es acogida por tres tías…

Juan Orellana
Tres de las protagonistas de Villa Touma. Foto: Suha Arraf

Badia (Maria Zreik) es una joven palestina cristiana que vive en el orfanato de las Hermanas de la Salvación. Cuando llega a la mayoría de edad debe abandonar la residencia y es acogida por tres tías suyas, hermanas de su difunto padre, al que nunca perdonaron que se casara con una musulmana. Dos, Juliette (Nisreen Faour) y Antoinette (Cherien Dabis), son solteras y una, Violet (Ula Tabari), es viuda. En Villa Touma, que es el nombre de la casa familiar, la vida es triste, muy atada a los formalismos y, sobre todo, muy nostálgica de un pasado de esplendor arruinado tras la Guerra de los Seis Días de 1967. En su día fueron una familia aristocrática con tierras y buenas relaciones. Ahora tratan de mantener una mínima dignidad dentro de la pequeña minoría cristiana burguesa que aún no ha decidido abandonar Ramallah.

La película es una especie de La casa de Bernarda Alba a la palestina. Juliette es una mujer muy herida por la vida y por el peso de sus prematuras responsabilidades y sacrificios. Eso le ha forjado un carácter que trata de impedir que en Antoinette y Badia emerjan las ganas de vivir. Pero, obviamente, eso es imposible.

En la película el factor cristiano es prácticamente un dato social. La fe no es lo que mueve a estas mujeres en sus decisiones, es más, muchas de ellas son contrarias al Evangelio. Viven dominadas por el miedo y por el culto a la apariencia y al clasismo. Aun así, el final deja una puerta abierta a la esperanza, a la posibilidad de romper el nihilismo práctico en el que estas mujeres dolientes están sumergidas.

Esta cinta, dirigida brillantemente por la debutante palestina Suha Arraf, ha generado un problema político en los territorios de la Cisjordania. La película se ha rodado con las subvenciones del Gobierno de Israel. Pero dado que el argumento es sobre una familia palestina, que está rodada íntegramente en árabe y que la directora es palestina, Suha Arraf la inscribió como película palestina. La respuesta del Gobierno israelí ha sido la de pedir la devolución de los 290.000 dólares invertidos en la producción. Al final la ficha técnica reza: «Nacionalidad: ninguna».

Juan Orellana