Nacieron el mismo día y, tras una vida de fe, murieron con 23 horas de diferencia

Margarita y Carmen. Una, carmelita descalza, la otra, viuda y madre de 5 hijos. Nacieron y murieron el mismo día. Ambas aprendieron de la fe inquebrantable de su padre, que incluso salvó a toda la familia de la muerte. Durante la guerra civil, la familia tuvo que huir. Lo único que se llevó de casa el cabeza de familia fue una placa del Sagrado Corazón. «Cada vez que la placa trepidaba de polvo, mi padre decía: “Nos vamos a otro sitio”. Era salir de ese sitio y caer una bomba. Hubiéramos muerto los 12 en el acto»

José Calderero de Aldecoa

Margarita y Carmen. Una, carmelita descalza, la otra, viuda y madre de 5 hijos. Nacieron y murieron el mismo día. Ambas aprendieron de la fe inquebrantable de su padre

«Aquí hay algo especial. No sé qué es pero esto no es lo normal. Yo, si fuera mujer, creo me quedaría aquí, porque esto es único». Francesco, de 17 años, intuía algo durante el funeral de su tía pero no acertaba a explicar qué era. «Comprendió que ahí estaba Dios auténticamente», explica su tía Ana Méndez Carrillo. Ambos se refieren al funeral de Margarita, tía de Francesco y hermana de Ana, que murió el 2 de septiembre de 2015 después de pasar sus últimos 62 años como carmelita descalza en Ciudad Real. Margarita ingresó en el convento escapándose de casa, «porque era tan grande la humildad de nuestro padre que se sentía indigno de tener una hija carmelita descalza y no le dejaba ir al convento», cuenta Ana.

La fe de Margarita era heredera de la «inquebrantable fe de nuestro padre», asegura Ana. Durante la guerra civil la familia tuvo que emprender una huida desesperada. Lo único que se llevó de casa el cabeza de familia fue una placa del Sagrado Corazón, en esmalte, de unos 10×20 cm. «Íbamos pasando de sótano en sótano y cada vez que la placa trepidaba de polvo, mi padre decía: “Nos vamos, nos vamos a otro sitio”. Y efectivamente, era salir de ese sitio y caer una bomba. Hubiéramos muerto los 12 en el acto. La placa la tiene conservada uno de mis hermanos, el que hace el número 9», recuerda Ana.

Al terminar la guerra, la familia al completo peregrinó andando desde Oviedo hasta Covadonga «para dar gracias de que estábamos vivos los 12. Pasar la guerra con 10 hijos es bastante gordo. Mis padres le prometieron a la Virgen ir andando hasta su santuario si les salvaba y ambas partes cumplieron con su parte del trato», cuenta Menéndez Carrillo.

Pero la fe de los Menéndez Carrillo, vivida en las grandes ocasiones, había sido forjada con pequeños actos cotidianos. «Recuerdo que todas las noches rezábamos el rosario en familia cuando mi padre terminaba el trabajar. Las letanías las rezábamos de rodillas. También íbamos a Misa todos juntos y nuestro padre nos enseñaba a ponernos nuestros mejores trajes. Nos decía: “Lo mejor siempre para el Señor”».

De padres a hijos

Ahora es Ana, que ha estado 18 años casada y ya lleva 34 años de viuda, la que procura transmitir esa fe a sus hijos. Siempre ha contado con una gran ayuda porque «cuando murió mi marido se vino con nosotros a vivir mi hermana Gloria, que murió cristianamente en febrero, y que dejó su trabajo y su vida para ayudarnos». La ayuda también le vine del cielo. «Lo importante es tener a Dios por padre y preguntarle: “Dime por favor qué quieres que haga yo con este hijo ahora mismo”. Yo estoy constantemente pidiéndole: “Dime ahora qué le digo a este hijo, qué le digo al otro”».

Juntas al nacer…y al morir

Pero desde el 2 de septiembre de 2015 la familia Menéndez Carrillo no solo tiene una nueva intercesora en el cielo, sino que tiene dos. La «casualidad» quiso que sor Margarita muriera el mismo día que lo hizo su hermana gemela Carmen, ambas de causas naturales. Carmen, viuda y con 5 hijos, murió en Barcelona el 2 de septiembre a las 00:30. La otra gemela, la carmelita descalza, sor Teresa Margarita, sin conocer la muerte de Carmen, lo hacía 23 horas después en su convento. Ahora, el Sagrado Corazón que les salvó de las bombas durante la guerra les ha recibido con los brazos abiertos. Descansen en paz.

José Calderero @jcalderero