Mr. Mercedes. La dignidad de no rendirse - Alfa y Omega

Mr. Mercedes. La dignidad de no rendirse

Iñako Rozas Mera
Brendan Gleeson (izquierda) interpreta al policía jubilado Bill Hodges.
Brendan Gleeson (izquierda) interpreta al policía jubilado Bill Hodges. Foto: AXN Now.

Mr. Mercedes, disponible en Netflix, comienza cuando todo debería haber terminado: con una jubilación. Bill Hodges, policía retirado encarnado por Brendan Gleeson, ha sido apartado del mundo útil y sobrevive en una rutina mínima, casi a la defensiva. Con un cuerpo cansado y una mirada que no busca futuro, este personaje nos ofrece algo reconocible: el desconcierto de quien ha cumplido y, aun así, no sabe qué hacer con lo que queda. Bajo la estructura de un relato criminal se esconde una pregunta más seria, casi espiritual: qué hacer cuando la vida sigue, pero el alma se ha quedado estancada. Hodges vive en ese territorio. Ya no lo necesitan, ya no lo llaman. El tiempo se le ha vuelto ancho y silencioso y Gleeson compone un personaje desde una humanidad desarmante: un hombre fatigado, herido, con la tentación del abandono siempre cerca.

Es entonces cuando el mal irrumpe sin estridencias, como tantas veces ocurre en la vida real. No es un demonio grandilocuente, sino una voluntad torcida que busca ser vista. Brady, el asesino del Mercedes, antagonista, reaparece en la vida de nuestro héroe para jugar con él al gato y al ratón, martirizándolo por el fracaso en su vieja investigación. Y es en ese enfrentamiento donde la primera temporada despliega una lección que trasciende el género: la verdadera heroicidad consiste en permanecer atento, en sostener la dignidad incluso cuando todo parece consumido.

Mr. Mercedes no narra solo un crimen; expone la resistencia silenciosa de quienes se levantan cada día sin certezas, de quienes escuchan el vacío y deciden no corresponderle con resignación. Hodges encarna la paciencia, la bondad fatigada, y nos recuerda que la redención no siempre es un acto espectacular, sino que nace de la perseverancia humilde, de la fidelidad a la propia conciencia y de la certeza de que el bien existe, aunque el mundo se empeñe en mostrar lo contrario.