Monseñor Osoro: «No dejemos ganar al terrorismo» cediendo al odio

El arzobispo de Madrid pide no «confundir a los verdugos con las víctimas» en la Misa celebrada este miércoles en la catedral de La Almudena por las víctimas de los atentados de París

Ricardo Benjumea

El arzobispo de Madrid pide no «confundir a los verdugos con las víctimas» en la Misa celebrada este miércoles en la catedral de La Almudena por las víctimas de los atentados de París

«Estamos perplejos y abatidos»; «una tragedia provocada por manos humanas ha puesto de luto a todos los pueblos de la tierra, después de inundar de dolor la ciudad de París», decía el arzobispo de Madrid en la Misa celebrada en la noche del miércoles por las víctimas de los atentado del viernes, «la pronta recuperación de las heridos, el fin de los actos fratricidas, la conversión de los asesinos, el cese de la violencia y el odio, para que la paz y la justicia se hagan presentes en todos los lugares de la tierra».

Concelebraron en la catedral de la Almudena el nuncio en España, monseñor Fratini, y varios obispos, entre ellos un prelado en representación del episcopado francés, además del arzobispo de Urgel y copríncide de Andorra –monseñor Joan-Enric Vives–, el arzobispo de Malabo (Guinea Ecuatorial), monseñor Juan Nsue Edjang Mayé, y el secretario general de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo. Participaron también varios representantes de las Iglesias ortodoxa, evangélica y anglicana. Entre las autoridades, estuvieron el ministro de Interior, Jorge Fernández; el presidente del Consejo de Estado, José Manuel Romay Beccaría; la Defensora del Pueblo, Soledad  Becerril, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, además de varios embajadores, entre ellos el de Francia.

La fraternidad, fuente de paz

En su homilía, monseñor Carlos Osoro denunció el uso blasfemo por parte de los terroristas del «nombre de Dios», al cual «las grandes religiones confesamos como el Señor de la Vida, el que es Compasivo y Padre Misericordioso». En este sentido, recordó también a «tantos cristianos perseguidos y masacrados en diversos países de Oriente Medio».

«Demasiada sangre, demasiados intereses espurios inundan nuestra tierra», dijo. «Anhelamos una paz basada en la justicia y en la igualdad de oportunidades para todos, en el respeto a lo que nos diferencia y en el empeño por acabar con cuanto nos desiguala».

Como camino para conseguir esa paz, el arzobispo de Madrid aludió a la fraternidad, «que es una palabra sagrada también dentro del imaginario de nuestra nación hermana Francia». Esa fraternidad –recordó el vicepresidente de la Conferencia Episcopal– proviene de reconocernos hijos de un padre común, tal como se reza en el Padrenuestro, la oración cristiana por excelencia. «Aprendamos a decir y a vivir diciendo Padrenuestro; así vendrá la paz, paz en el corazón, en las relaciones interpersonales, en las relaciones internacionales», dijo.

«No podemos confundir a los verdugos con las víctimas»

Monseñor Osoro apeló a la esperanza de la fe ante tragedias para las que, humanamente, «no hay explicación». Pero también habló de «nuestra responsabilidad» tras la matanza. «Los actos terroríficos no pueden embotarnos el corazón», dijo. «La mayor victoria del terrorismo sería que colonizase nuestro corazón con el odio y nuestra razón, haciéndonosla perder, con respuestas creadoras de más violencia».

«No podemos confundir a los verdugos con las víctimas», añadió, en clara alusión a la crisis de los refugiados que proceden de países como Siria o Irak.

«Esta tragedia nos debe llevar a ejercer la sabiduría y la prudencia. Pero ni puede ni debe anestesiarnos ante el dolor ajeno. No podemos permanecer insensibles ante las grandes tragedias humanas que llaman a nuestras puertas, como las personas víctimas del fundamentalismo, de la violencia o del hambre. No dejemos ganar al terrorismo. Su mayor victoria sería enajenarnos el alma; el alma de una Europa construida sobre unos valores de honda raigambre cristiana y que son tan universales y actuales».

R.B.

 

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Juntos hemos cantado en el salmo 26: «el Señor es mi luz y mi salvación». Y lo es porque gozamos con su luz y su amor cuando parece que todo está perdido; lo es cuando sentimos la dicha de su cercanía y del regalo de su triunfo sobre la muerte, conquistado también para nosotros. Experimentamos que Él nos defiende, nos invita a hacer y a vivir en este mundo y hacer de este mundo como lo que de verdad es: su casa. A gozar ya de la dulzura de su amor, de su gracia y de su fuerza. A contemplar el rostro de Dios que se nos muestra en Jesucristo y que nos dice que Él ha venido a este mundo para que ninguno se pierda. Entremos por unos momentos en esa luz y en esta experiencia de salvación.

Hermanos, una tragedia provocada por manos humanas ha puesto de luto a todos los pueblos de la tierra, después de inundar de dolor la ciudad de París. Han sido manos humanas las que nos han hundido en dolor a todos, quitando la vida a tantos hombres y mujeres que gozaban de libertad y que, en esos momentos, disfrutaban también de la convivencia entre todos en París. Ha sido la mano humana, empuñando armas fratricidas, la que nos ha despeñado por la senda del terror indiscriminado, utilizando blasfemamente el nombre de Dios, a quien las grandes religiones confesamos como el Señor de la Vida, el que es Compasivo y Padre Misericordioso. Hoy aquí venimos a hacer esa confesión, la que nos dejó Jesucristo de una vez para siempre: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», «amaos los unos a los otros», «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus hermanos». Eliminar la vida de otros, sean quienes sean, instaura siempre el odio y la violencia en esta tierra.

Hoy nosotros, como la comunidad cristiana a la que san Pablo se dirige, tal y como hemos escuchado en la primera lectura, estamos perplejos y abatidos, estamos desconcertados ante la terrible expresión del mal. Pero, por otra parte, acogemos de buen grado las palabras que, en nombre de Jesucristo, el apóstol Pablo acerca a nuestras vidas: «no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que nos os aflijáis como los hombres sin esperanza». La fe, lejos de hacernos sentir menos conmovidos ante el sufrimiento, nos impulsa a la fraternidad y a la solidaridad. Cristo nos empuja a la fraternidad, que es una palabra sagrada también dentro del imaginario de nuestra nación hermana Francia, donde la fraternidad tiene unas resonancias especialmente emotivas.

Ante la situación de dolor que hemos vivido, no queremos quedarnos paralizados por el miedo o la aflicción. El Evangelio nos invita a la vida; el Evangelio es la Buena Noticia, es Jesucristo mismo que nos convoca a descubrir que en verdad el otro es un hermano por muy diferente que sea. El fundamentalismo es la pretensión idolátrica de sustituir el Misterio inefable y siempre amoroso de Dios por las propias ideas que se pretenden imponer de manera absoluta e intolerante a los demás. Supone la relativización de la vida –de la ajena y de la propia– al servicio de un fanatismo errático.

La palabra de Dios que hemos escuchado nos ha hablado fundamentalmente de tres ejes que deben estructurar y sustentar nuestra vida y que yo llamo así: 1) el eje de nuestra suerte; 2) el eje de nuestra dicha, y 3) el eje de nuestra responsabilidad.

  1. Nuestra suerte: San Pablo nos ha dicho hace un instante: «No ignoréis la suerte de los difuntos». Es cierto que la muerte hay que llorarla. Sentimos la marcha de los nuestros de este mundo y mucho más cuando es provocada por otros como nosotros, que tenemos la misión de cuidarnos y de responder siempre a aquella pregunta que Dios nos hace: «¿dónde está tu hermano?». Pero al mismo tiempo que lloramos, debemos pensar la muerte. Desde nosotros no tenemos salidas, no hay explicación. Sí que la hay desde Jesucristo. Él nos ha dicho: «Yo soy la resurrección y la vida». Esta afirmación fue la que dio a Marta, hermana de Lázaro, cuando le dijo: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto tu hermano». Y el Señor le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto vivirá. ¿Crees esto?». Aquí está la dicha y la luz; tal y como nos dice san Pablo: «si vivimos, vivimos para Dios, si morimos, morimos para Dios, en la vida y en la muerte somos de Dios».
  1. Nuestra dicha: Hemos escuchado en el Evangelio: «dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, encuentre en vela». Dichosos los que deciden construir ámbitos de vida, tal y como Jesucristo nos ha enseñado. La oración del Padrenuestro, que salió de sus labios, es el gran ámbito que el Señor nos ofrece a nosotros. No son unas palabras, es un modo de ser y de situarse en la vida: sabernos una familia, sabernos hijos de Dios y, por ello, hermanos de todos los hombres. Esta ha de ser la gran pasión de nuestra vida. Hoy recordamos a los fallecidos y los presentamos con todo nuestro cariño a Dios, pedimos por el restablecimiento de los heridos, y no dejamos de rezar por la paz en el mundo, en las guerras conocidas y en aquellas que a veces olvidamos. En este instante viene a nuestro corazón, por ejemplo, lo que desde hace tiempo rezamos por tantos cristianos perseguidos y masacrados en diversos países de Oriente Medio. Demasiada sangre, demasiados intereses espurios inundan nuestra tierra. Anhelamos una paz basada en la justicia y en la igualdad de oportunidades para todos, en el respeto a lo que nos diferencia y en el empeño por acabar con cuanto nos desiguala. Aprendamos a decir y a vivir diciendo Padrenuestro; así vendrá la paz, paz en el corazón, en las relaciones interpersonales, en las relaciones internacionales. Es verdad que esa paz es una tarea permanente, pero también, y sobre todo, es un don de Dios que hay que pedir sin cesar y que hay que saber acoger. Nuestra dicha está en saber vivir diciendo que tenemos un Padre único y que todos somos hermanos. Eso nos impide eliminar a quien tengo a mi lado.
  1. Nuestra responsabilidad: ¡Qué palabras tan profundas nos acaba de decir el Señor en el Evangelio! «Dios nos puso al frente de todos sus bienes». Y el bien más preciado, el que tiene que estar en el centro de todo y todo y todos a su servicio, es la persona humana. No defraudemos a Dios y a los hombres. Los actos terroríficos no pueden embotarnos el corazón. La mayor victoria del terrorismo sería que colonizase nuestro corazón con el odio y nuestra razón, haciéndonosla perder, con respuestas creadoras de más violencia. Libertad es enseñar a vivir como hermanos. Eso es acoger el Padrenuestro. Y esta es nuestra responsabilidad. No podemos confundir a los verdugos con las víctimas. Esta tragedia nos debe llevar a ejercer la sabiduría y la prudencia. Pero ni puede ni debe anestesiarnos ante el dolor ajeno. No podemos permanecer insensibles ante las grandes tragedias humanas que llaman a nuestras puertas, como las personas víctimas del fundamentalismo, de la violencia o del hambre. No dejemos ganar al terrorismo. Su mayor victoria sería enajenarnos el alma; el alma de una Europa construida sobre unos valores de honda raigambre cristiana y que son tan universales y actuales. Esos valores tienen un nombre: «todos los hombres somos hermanos», «la vida es de Dios y nos la da Él». Nunca olvidemos que sabernos hermanos viene de la realidad suprema de «ser hijos de Dios». Nuestra responsabilidad es hacer posible que los corazones de los hombres sean invadidos por la fuerza de quien nos enseña esto, como hace un instante antes cantábamos: «el Señor es nuestra luz y nuestra salvación».

Quien nos enseñó el Padrenuestro, quien nos reveló y nos dijo con su vida que somos hijos de Dios y hermanos de todos los hombres, se hace presente en este altar dentro de unos momentos en el Misterio de la Eucaristía. Es Él quien nos impide vivir en la ignorancia de quienes han muerto víctimas del atentado terrorista y quien nos dice a todos nosotros una vez más: «Yo soy la resurrección y la vida». Al mismo tiempo que nosotros le pedimos al Señor por estos hombres y mujeres fallecidos en París: «Señor, que descansen en tu paz». Amén».

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