Mil días de Cobo como arzobispo: «Madrid es mi casa y me siento parte de nuestra Iglesia»
Mirando a estos casi tres años y lo que está por venir, el cardenal afirma que «la hoja de ruta para la Iglesia siempre» es «estar con los más vulnerables y desde ahí que crezcan nuestras comunidades»
El 3 de abril de 2026 se cumplieron mil días del cardenal José Cobo Cano como arzobispo de Madrid. Una diócesis que siente como su casa, en la que ahora tiene una mirada nueva, global y de pastor. Consciente de todo lo que le rodea, dice centrarse en Cristo y reflexiona sobre la polarización, que no ve presente en las parroquias.
Madrid ha vivido recientemente CONVIVIUM, una asamblea presbiteral que va dando frutos. También se prepara para la visita del Papa León XIV, que viene a confirmar la fe y a hacernos más Iglesia. Un paso más en un camino que se abre al futuro para buscar la dirección hacia donde Dios quiere que la diócesis avance.

—Mil días como arzobispo de Madrid, ¿se han pasado rápido?
—A mí me parecen diez años. La vida en esta diócesis es una vida intensa, cada día suceden mil cosas. Una diócesis con una vida tan grande está llena de sorpresas. Se hace muy corto, es un cúmulo de situaciones, de acontecimientos y de historias.
—Volviendo a mil y pocos días atrás, ¿cómo vivió usted ese nombramiento? ¿En qué pensó cuando el Papa Francisco le pidió asumir ese servicio?
—La verdad es que no era esperado, nos sorprendió, a mí el primero. Cuando llama el nuncio y te dice: «El Papa ha pensado que seas arzobispo de Madrid», te quedas en shock una temporada. Por otro lado, también surgió la confianza; algo que, en mi proceso vocacional, desde el principio siempre ha estado. Dios capacita a los que llama; entonces el Señor sabrá también conducirme y pondrá los elementos que necesitemos para ir realizando el plan que Él tiene diseñado.

—Aunque no nació en Madrid, su vida de fe y su ministerio sacerdotal ha discurrido aquí. ¿En qué medida le ha ayudado y le ha dificultado en su misión?
—He pasado por todas las esferas eclesiales: monaguillo, catequista, responsable de jóvenes en una vicaría… Madrid es mi casa y me siento parte de nuestra Iglesia de Madrid porque me siento hijo de ella; mis raíces de fe están aquí. Me identifico con la diócesis porque es la que me ha dado la fe; y con mi familia, que es la que me ha dado la vida.
Madrid es una ciudad que tiene muchas ciudades dentro, que ahora voy conociendo. Conocer realidades que antes no conocía es un acicate. También revisar las que ya conozco con ojos nuevos, con ojos de pastor y de más globalidad. Es una ventaja en cuanto a la identidad y en cuanto al afecto.

—¿Cuáles serían las mayores alegrías y dificultades vividas en este tiempo?
—Hay alegrías diarias. Uno aprende a leer la realidad, también la sencilla, que es la forma de rezar, de vivir. El trato con la gente todos los días es la principal alegría. Diocesanamente ha habido grandes: hemos vivido un Jubileo, una jornada sacerdotal muy fuerte, grandes actividades y momentos con jóvenes, vamos viendo cómo los equipos se van configurando. Me sorprende y me da mucha alegría el «sí» de la gente. Dios sigue actuando por el «sí» confiado de muchos.
Disgustos los hay. Ante las tensiones en una ciudad y en una diócesis tan grande, el pastor, como también a veces buen padre, tiene que llamar al diálogo, llevar al entendimiento. Tener que afrontar conflictos, decisiones difíciles, donde hay que aunar voluntades, eso es difícil. Un momento duro también fue la muerte de nuestro obispo auxiliar, de Pepe [Álvarez]. Personalmente me marcó mucho.
—El arzobispo de Madrid es un personaje que influye en la vida social y religiosa de toda España. ¿Cómo se vive eso, especialmente el hecho de estar siempre bajo la atención de los medios, de la sociedad en general?
—Estas cosas hay que limitarlas, porque si uno vive pendiente del público, de la imagen exterior, se pierde el eje. Para ser obispo hay que tener un epicentro muy serio, sentir que uno es pastor y tiene que posibilitar que Cristo vaya creciendo en nuestra diócesis, que seamos una comunidad cristiana. Estar centrado en eso me ayuda a ir discerniendo qué es lo importante.
Es verdad que cualquier cosa que haga, inmediatamente tenemos un montón de medios y de gente que quiere hacer lecturas; pero no quisiera caer en la tentación de estar pendiente de la repercusión que tiene fuera de la Iglesia. Hay que tenerlo en cuenta, pero centrado también en lo que es importante, en Jesucristo; que podamos ser instrumentos de dones, de carismas que hay aquí, para que caminen juntos, para que vivamos la comunión de la Iglesia, lo que significa la Iglesia y estar básicamente centrado en esto.
Hay lecturas y gente que provocan conflictos, gente que se dice de Iglesia o que está muy pendiente de lo que hace la Iglesia, pero no tienen el corazón puesto en la Iglesia. Para tener el corazón puesto en la Iglesia hay que ir buscando la comunión y acomodarse a las fórmulas del Evangelio y de Jesucristo. Cuando utilizamos otros métodos o tenemos otros intereses, quizá estamos utilizando la Iglesia. Eso hace daño, pero no solo a mí. En ese tránsito vamos contando con aquellos que quieren caminar con la Iglesia, teniendo en cuenta lo exterior, pero sin darle más importancia.

—Podríamos decir que la polarización social, muchas veces motivada por cuestiones políticas, es un fenómeno muy presente, que condiciona la vida de la gente. ¿Eso influye en la vida de la Iglesia?
—Influye, pero menos de lo que pensamos. No somos marcianos y vivimos en nuestro tiempo. El virus de la polarización viene de la violencia y de experiencias individualistas de fe que van haciendo grupos cerrados. Eso no es cristiano. El cristiano intenta proponer todo lo contrario, el diálogo continuo entre las distintas realidades, la comunión.
Cuando voy a las parroquias la gente es muy buena. Las parroquias intentan ser lugares de fraternidad en medio de los barrios. Tenemos pecado, pero a veces vendemos más el pecado que la realidad. Madrid tiene casi 500 parroquias que se reúnen todos los domingos a rezar. Eso es lo importante. Quizá lo que sí necesitamos, y también es el trabajo de la Iglesia ahora mismo, es trabajar por desmontar la violencia, por poner la fe por encima de las dificultades y las divergencias.

Trabajemos algo que ya decía el Papa Francisco, la amabilidad. Eso los cristianos lo vamos haciendo en pequeños lugares. No se nota, porque los medios no lo ponen en primer plano, porque no vende; pero vivimos la amabilidad como un desafío profético a nuestro tiempo. Eso lo veo en las parroquias y en nuestras relaciones, y con eso me quedo. Estemos atentos a la polarización, pero teniendo en cuenta que no nos vendan relatos que no son de la Iglesia, que son extraños a la Iglesia. Quieren polarizarnos, pero en el fondo, en las parroquias se vive de otra manera.
—¿Podríamos decir que lo que la Iglesia debe hacer es fomentar la amabilidad, combatir la violencia y ofrecer lo que se vive en el día a día en las comunidades cristianas?
—La Iglesia nació al pie de la cruz, ante una víctima, alguien que no respondió con violencia, que murió perdonando; alguien que convoca a muy pocos porque el resto están todos de espectadores alrededor. Ese es el instrumento y la hoja de ruta para la Iglesia siempre: estar con las víctimas, estar juntos en los momentos de sufrimiento, estar con los más vulnerables y desde ahí que crezcan nuestras comunidades. Ese es el norte, el resto pueden ser quiebros que nos llevarán a ser instituciones, empresas.

—Entre las alegrías usted hablaba de CONVIVIUM, la asamblea presbiteral de febrero. ¿Cómo la vivió? ¿Qué es lo que ha mostrado con relación al clero de Madrid? ¿Cómo puede ayudar en el futuro de la vida del presbiterio y de esta Iglesia local de Madrid?
—Una experiencia vital es sentirme parte del presbiterio de Madrid. Cuando me ordenaron obispo, recordaba que fue en el mismo lugar donde me postré cuando me ordenaron cura. Y eso lo llevo muy dentro: cada cura pertenece a un presbiterio. Eso va unido al cariño de verdad que tengo por los curas, porque son mis hermanos, con ellos he crecido también sacerdotalmente. Con CONVIVIUM tenía una gran confianza en que responderían, porque necesitamos vínculos, contarnos y contar que caminamos juntos.
Ha sido un momento de alegría, espectacular, un momento de esperanza y de reforzar vínculos. Eso es muy importante ante un presbiterio tan variado, tan disperso, porque estamos en mil puntos y en mil lugares. Los frutos los vamos recogiendo y ahora tendremos que ir poniendo en verdad y en planificación todo lo planteado, especialmente en cuanto al cuidado y la atención a los sacerdotes, a las líneas formativas que se han pedido y a los nuevos retos abordados. Estamos en la fase de irlos planificando y articulando para ofrecérselos también a todo el presbiterio.

—Madrid se prepara para la visita del Papa León XIV. ¿Qué puede suponer esa visita para Madrid y para España? ¿Qué es lo que la Iglesia de Madrid le quiere ofrecer al Santo Padre?
—Una primera tentación es hacer un gran espectáculo, que lo será, pero entre nosotros no va a ser así. El lema es Alzad la mirada, y ese puede ser el resultado de lo que esperamos, que podamos alzar la mirada, que no solo nos quedemos en lo espectacular, sino que sea una oportunidad para responder a Jesucristo, para que cada uno responda, con Pedro delante, como Pedro tuvo que responder al pie del lago a la pregunta: «¿Me amas?». Una oportunidad para ponernos delante de Jesús, con todos sus amigos y con toda su Iglesia, y que podamos responder al «¿me amas?» a Jesucristo, y que lo podamos hacer juntos.
Antes hablábamos de la polarización, del individualismo, que a veces nos cierra en pequeños círculos. De repente vamos a tener la posibilidad de responder que la Iglesia es una gran armonía. Un motivo para alzar la mirada y para responder cada uno a Jesucristo con los discípulos. El Papa viene a confirmar la fe y a hacernos más Iglesia, a profundizar más en el sentido de la Iglesia. También viene a sacar de nosotros el compromiso cristiano para decir que tenemos ante el mundo la responsabilidad de cómo hacemos crecer el Reino de Dios en medio de esta realidad. Puede ser un momento para ponernos en el horizonte la misión de la Iglesia y ver cómo cada uno desde su realidad puede responder.
Pero vamos a dar un mensaje fundamental, que es que la fe está por encima de otras individualidades, que la fe nos une y nos pone al pie de la cruz, nos pone en la Resurrección. Tener la fiesta del Corpus en medio de esta visita le va a dar un poquito sentido a todo. Es el Cuerpo de Cristo, Cristo nos hace cuerpo, y el Papa viene a ayudarnos a reforzarlo y a confirmarnos en eso.

—De cara al futuro, ¿cómo cree usted que debe avanzar la vida de la Iglesia de Madrid? ¿Qué retos afronta esta Iglesia local? ¿En qué le gustaría incidir en los próximos años?
—Siempre que me preguntan por dónde vamos, digo que yo solo no lo sé. Tengo ideas, pero necesitamos hacerlo juntos. El reto es verbalizar entre todos qué es lo que Dios está pidiendo a la Iglesia de Madrid. Como gran reto tenemos en el horizonte, a medio plazo, una asamblea diocesana, posiblemente en noviembre del 2027, que será donde demos nombre a esos retos.
Hay otras cosas muy concretas. Madrid está creciendo y hay que conformar las nuevas parroquias, estar presente en los lugares de misión, en los nuevos barrios. Al mismo tiempo todo lo que significa el trabajo con la juventud, la formación de los laicos, el desarrollo de la iniciación cristiana que estamos trabajando. Pero todo de una forma que trabajemos todos, podamos escucharnos y tengamos claro que quien dirige esto es el Espíritu, que es el que va adelante.
Lo que nos queda es posibilitar que escuchemos entre todos a este Espíritu, y que nos pongamos en dirección hacia donde Dios quiere que caminemos. Son retos apasionantes, donde hay mucha gente implicada y muchísima ilusión. La gente se ilusiona y Dios sigue ilusionando a nuestra gente, Dios va haciendo que los caminos se crucen, que la gente se encuentre, y que podamos decir que esto merece la pena.