Mi abuela ya lo vivió - Alfa y Omega

Mi abuela ya lo vivió

Mar Velasco
Foto: ABC

Durante la gripe española de 1918 mi abuela, con 9 años, salía cada día junto a mi bisabuela, ambas envueltas en una sábana sujeta a la cintura con una cuerda y con unos manguitos atados con una goma, con la misión de repartir caldo por las casas de los enfermos, allá en su pueblo gallego.

La pobreza entonces era enorme. Cada día se producían nuevos casos y lo más básico escaseaba: el pan, la leche, los huevos. Mi bisabuela iba preguntando a los vecinos: «¿Dónde hay necesidad…?». Respondían: «En casa de Fulanita, Manuela». Y allá que se iban las dos, con su olla de caldo, cucharón y unas cuncas. El caldo era «de pollo, que era el que más alimentaba, a veces con algún trozo de carne o de tocino». Entraban en las casas, en algunas de ellas con los muertos dentro «de un día o de dos, nadie había podido ir a retirarlos porque se acumulaban…», y repartían el caldo. Al volver a casa se desvestían en la entrada y lavaban la ropa en una olla de agua hirviendo, que era la única manera de desinfectar. Y así varios días a la semana. Al parecer, mi bisabuela solía guardar en casa un colchón enrollado, un plato y un vaso para los presos nuevos que llegaban al calabozo, algunos gallegos, otros portugueses. El guardia venía a buscarla de vez en cuando: «Manuela, chegou un novo…». Durante aquella gripe mi abuela regaló hasta el colchón.

Algunas veces encontraban cadáveres por la calle. Los muertos los recogían con carros de caballos, «envueltos en una sábana, y se los llevaban a quemar al cementerio, para que no pasaran la enfermedad al resto del pueblo». Ni una sola familia del pueblo se libró de enterrar algún miembro. Lo sorprendente –o quizá no tanto– es que ninguna de las dos enfermó. «Si no morimos de aquella…». Mi bisabuela vivió 80 años y mi abuela, 96.

Ahora que la solidaridad consiste en aplaudir por la ventana cada tarde a las ocho, quiero elevar una oración agradecida por todos los que, como aquellas mujeres fuertes, trabajan en estos días inciertos para ayudar al prójimo.

Mar Velasco
Profesora del Instituto de Humanidades Ángel Ayala CEU