Memoria del infierno - Alfa y Omega

Memoria del infierno

La geometría de esta fotografía es desgarradora. Tres, cuatro, 100. Y así hasta 8.372. El número de personas asesinadas en menos de una semana en uno de los enclaves que marcará para siempre el horror de las guerras: Srebrenica.

Eva Fernández
Foto: Reuters / Damir Sagolj

La geometría de esta fotografía es desgarradora. Tres, cuatro, 100. Y así hasta 8.372. El número de personas asesinadas en menos de una semana en uno de los enclaves que marcará para siempre el horror de las guerras: Srebrenica. Estos días se cumplen 25 años de la mayor matanza en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Hay mucho frío entre estas hileras de muertos, tan solo rotas por el dolor del único vivo de la fotografía, que prefiere taparse los ojos. Igual porque ha visto demasiadas cosas. Esas que nadie quiere recordar.

Durante la guerra de los Balcanes muchos musulmanes bosnios acudieron a refugiarse a Srebrenica. Naciones Unidas lo consideraba zona segura y envió a las fuerzas de UNPROFOR para protegerlos. En esa pequeña población vivían hacinadas unas 30.000 personas, hasta que el 11 de julio de 1995 arrancó una brutal operación de limpieza étnica planificada por Radovan Karadzic y ejecutada milimétricamente por el comandante de los serbios de Bosnia, el general Ratko Mladic, que ha pasado a la historia como el carnicero de Srebrenica. La población civil quedó desamparada en manos de las tropas serbias y comenzó la matanza ante la letal y vergonzosa pasividad de las fuerzas de la ONU holandesas.

El vivo de la foto llora por los asesinados en aquellas jornadas de masacre a sangre fría de hombres y adolescentes mientras que las mujeres eran violadas por radicales serbios manchados de sangre hasta los codos. Tenían mucha prisa por no dejar huella, por eso enterraron a sus víctimas en fosas comunes clandestinas, intentando que la historia no les siguiera el rastro. Cada 11 de julio se realiza una ceremonia en el Memorial de Potocari con la inhumación de los restos que continúan identificándose. Aquel día en Srebrenica todo el mundo llegó tarde. Tan solo cinco días después de la masacre, Juan Pablo II aprovechó el ángelus para denunciar lo que calificó como derrota de la civilización: «Europa y la humanidad se han hundido aún más en el abismo de la abyección. Estos delitos permanecerán como uno de los capítulos más tristes de la historia de Europa».

Aunque tanto Mladic como Karadzic fueron sentenciados a cadena perpetua por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia por genocidio y crímenes contra la humanidad, y en 1999 el ex secretario general de las Naciones Unidas Kofi Annan reconoció errores y deficiencias en el Consejo de Seguridad y en UNPROFOR, nadie asumió la responsabilidad. Quedan muchas heridas sin cicatrizar y odio sin diluirse. El dolor nunca acabará para esos familiares, que año tras año necesitan decir adiós a sus muertos. Por eso, hoy, la persona más importante de la foto es el único vivo. Es la consecuencia visible de la guerra y la memoria de las víctimas. Dan ganas de entrar en la foto y ponerle una mano en el hombro. Un acto reflejo para asegurar que todavía no hemos perdido la capacidad de conmovernos.