Mártires color naranja
No existe paisaje que nos distraiga de lo importante. Nada a lo que agarrarse. La nada más absoluta. Pero no desespera, no suplica, no grita. Pudo haberlo evitado, se le ofreció renegar de su fe, pero la oscuridad no tuvo la última palabra
Hay fotografías que son como puñetazos al corazón; no solo de dolor, también de admiración. Fidelidad en naranja, un color muy poderoso que nos recordará siempre la gesta de los 21 mártires coptos cuyo asesinato a manos del Estado Islámico acabamos de recordar. Las imágenes de aquel macabro vídeo que sus asesinos grabaron al detalle y difundieron el 15 de febrero se mantienen congeladas en nuestra memoria. Los investigadores del color afirman que al naranja se le atribuye la capacidad de despertar la pasión y el entusiasmo, así como de generar optimismo y confianza. En medio del horror al que asistimos en aquella playa de Libia hace ahora diez años, consuela pensar que su sangre no corrió en balde por la arena y se ha convertido en un legado para quienes seguimos necesitando héroes, hombres como nosotros, santos, referentes morales ante el horror, la sinrazón y la violencia.
El autor de la imagen es Jordan Hainsey, un diseñador gráfico estadounidense que ahora es sacerdote y que la preparó estudiando hasta el último detalle para que todo tuviera significado. Interpreta el momento preciso del martirio de uno de aquellos valientes, en cuyo rostro están representados todos. La mano derecha del asesino cubre sus ojos con la intención precisa de ocultar su identidad, porque ahí están presentes los 21. No existe paisaje que nos distraiga de lo importante: el mártir arrodillado en medio del vacío y la oscuridad. Nada a lo que agarrarse, nadie a quien mirar para encontrar consuelo. La nada más absoluta. Pero no desespera, no suplica, no grita. Pudo haberlo evitado, se le ofreció renegar de su fe, pero la oscuridad no tuvo la última palabra. Puso su confianza en el cielo que le espera y esa certeza se contagia en la imagen. Su sacrificio ilumina la figura. El mono naranja se convierte en un foco de luz, irradia la fuerza de un cristiano iluminada por el fuego de su fe. Por contraste, quien menos importa en esta instantánea es su verdugo. Su identidad no interesa, el único poder que presenta es el cuchillo que sujeta con la mano izquierda y con el que atraviesa la garganta del mártir mientras que nuestro protagonista agarra la palma de la victoria en su mano derecha.
La Iglesia ortodoxa copta dio a conocer sus nombres, pero en el listado solo aparecían 20. Más tarde se supo que el único de piel negra era Matthew Ayariga, de Ghana. Al parecer no era cristiano pero, conmovido por la fe de los demás, cuando los terroristas le ofrecieron la oportunidad de rechazar a Jesús, espetó algo similar a «su Dios es mi Dios», sabiendo que eso le llevaría a la muerte. En 2024, la Iglesia celebró su memoria por primera vez. El Papa Francisco los incluyó un año antes en el Martirologio Romano como signo de la comunión espiritual que une a las Iglesias católica y copta, separadas hace 15 siglos en el Concilio de Calcedonia: «En el día de hoy tengo en mi corazón ese febrero de 2015. Tengo en mi corazón ese bautismo de sangre, estos 21 hombres bautizados como cristianos con el agua y el Espíritu, y aquel día bautizados también con sangre. Son nuestros santos, los santos de todos los cristianos, los santos de todas las confesiones y tradiciones cristianas. Son aquellos del pueblo fiel de Dios». La mayoría eran migrantes de una pequeña aldea de Egipto que habían ido a trabajar a la vecina Libia. En aquel terrible vídeo se les ve incluso rezando antes de ser asesinados. No tenían miedo a morir. Fidelidad en color naranja, coherencia en medio de la oscuridad.