«Madrid es bendecida especialmente con historias de santidad» - Alfa y Omega

«Madrid es bendecida especialmente con historias de santidad»

El Papa León XIV ha aprobado la beatificación de Ignacio Aláez Vaquero y diez compañeros seminaristas y familiares que dieron su vida en Madrid a causa de la fe durante la persecución religiosa del siglo XX

Begoña Aragoneses
Alberto Fernández Sánchez
Foto: Archimadrid.

Que quizá el Señor les pedía la vida era algo que los seminaristas de Madrid de los años 30 tenían muy presente. Y sus corazones fueron forjados para ello. Jóvenes recios, de una profunda espiritualidad eucarística, anclados a la fe y la piedad que les habían transmitido en casa. En ocasiones macerados en las durezas de la vida (una separación de los padres, las labores del campo, la migración forzosa en busca del sustento familiar); en otras, más acomodados, entregados a los demás, conscientes de que «a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá».

No vacilaron a la hora de dar testimonio de Jesucristo hasta el derramamiento de su sangre. Llevaban tiempo sabiendo que podía llegar. Así queda reflejado en una conversación que Ignacio Aláez mantuvo un día con otro seminarista, Julio Navarro, en el patio durante un descanso: 

—No me has felicitado hoy.

—Pensaba que tu santo era Ignacio de Loyola.

—No, es el de Antioquía, que murió mártir. Le he pedido al Señor la gracia de ser mártir, como mi patrón.

Oficialmente, ya lo es. El Vaticano anunciaba el pasado jueves, cuando la Iglesia celebraba a Nuestra Señora de la Esperanza, la promulgación de decretos del Dicasterio de las Causas de los Santos firmados por el Papa León XIV; entre ellos, el que reconoce el martirio del siervo de Dios Ignacio Aláez Vaquero y diez compañeros seminaristas y familiares, «muertos en odio a la fe entre 1936 y 1937 en el territorio de la diócesis de Madrid (España)»: Ángel Trapero Sánchez-Real, Antonio Moralejo Fernández-Shaw, Cástor Zarco García, Jesús Sánchez Fernández-Yáñez, Miguel Talavera Sevilla, Pablo Chomón Pardo, Mariano Arrizabalaga Español, Ramón Ruiz Pérez, Julio Pardo Pernía (sacerdote, tío de Pablo) y Liberato Moralejo Juan (laico, padre de Antonio). La causa se había abierto en 2010 en Madrid en su fase diocesana y en 2014 se envió a Roma.

«El ambiente espiritual del Madrid de los años 30 era muy martirial», afirma Alberto Fernández, sacerdote y delegado episcopal de las Causas de los Santos. Aquel 18 de julio de 1936, sábado, se celebraba en el Seminario Conciliar de Madrid un retiro para los seminaristas. La actividad formativa normal ha sido suspendida por las circunstancias y la mayoría se han ido a sus casas, de vacaciones. Predica el párroco de San Sebastián de Carabanchel Bajo, Hermógenes Vicente, que también va a ser mártir. Le acompañan el rector, Rafael García Tuñón; el director espiritual del seminario, José María García Lahiguera; y el director espiritual del seminario menor, Hermenegildo López. Aunque no haya datos concluyentes, se presume que en el retiro están el propio Aláez y al menos tres más de los nuevos mártires.

Mientras comen, un grupo de milicianos armados asalta el edificio. El portero avisa a los presentes, quienes acuden a la capilla para consumir las sagradas formas y, vestidos de paisanos, huyen por la puerta de la huerta. A partir de entonces, los 215 jóvenes seminaristas sufrirán a su manera la persecución y el martirio. Quedan unidos al seminario tan solo por los archivos en los que constan sus expedientes con sus direcciones, que son utilizados para localizarlos y darles muerte. La mayoría de los mártires de la causa de Aláez mueren entre septiembre y noviembre de 1936, buscados expresamente o por delación debido a su condición cristiana.

Por ser el martirio la causa de la muerte, la Iglesia no precisa de un milagro para proceder a su beatificación; de modo que, con esta aprobación, el Santo Padre autoriza de facto su próxima subida a los altares. «El martirio es la máxima prueba de amor a Dios y el regalo más grande que el Señor puede dar al fiel cristiano», afirma Fernández. La palabra «mártir» en griego significa «testigo». Ellos «dan testimonio de la fe, de la Resurrección, del amor, del perdón». Los procesos de martirio, continúa el delegado, «son muy minuciosos porque la Iglesia, cuando declara un martirio como este, tiene que tener certeza de que han muerto por odio a la fe» y de que «no hay razones de tipo personal o político» en su asesinato. Además, de los testimonios recabados en la causa, Fernández subraya la «conciencia grande de perdón» en las familias de los mártires: «El perdón a los verdugos, el rezar por su conversión», o la ausencia de «deseo de venganza», ejemplifica. Como los propios mártires, que murieron perdonando.

La futura beatificación de estos siervos de Dios es un «motivo para agradecer nuestra historia; Madrid es una diócesis especialmente bendecida con muchas historias de santidad; somos hijos de historias preciosas de fe». Y es, asimismo, «una bendición para el seminario». «A los seminaristas no solo nos preparan para ser sacerdotes, sino para dar testimonio de Jesús» y «entregar la vida en el día a día». Además,  fueron chicos que vivieron también entre esas paredes que han seguido siendo ocupadas, hasta nuestros días, por candidatos al presbiterado. Chicos que pasearon por las mismas calles que ahora, que acudieron a las mismas parroquias de hoy. Igualmente, este reconocimiento es un «testimonio bonito para la pastoral juvenil». De los once mártires, nueve tenían entre 18 y 24 años de edad. Sus vidas muestran «qué ideal tenían, nos enseñan a apuntar alto» y son reflejo de aquello que el Papa León XIV dijo a los peregrinos del Jubileo de los Jóvenes: «Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos».

De aquí a la beatificación, el delegado propone a los fieles de la diócesis conocer sus vidas y acogerse a su intercesión. «Son hermanos mayores que nos ayudan en nuestras necesidades». «La Iglesia —concluye Fernández— siempre ha venerado a sus mártires». Ya desde los primeros siglos, los que eran santos eran los mártires. «Y nosotros somos herederos de esta tradición eclesial que siempre ha visto en los mártires los hijos que más brillan».

Biografías entrelazadas

En 2017, siendo aún seminarista, Martín Rodajo, párroco del Purísimo Corazón de María, preparó, por encargo del entonces rector del Seminario Conciliar de Madrid, Jesús Vidal —actual obispo de Segovia—, una publicación divulgativa que recogiera los datos más relevantes de las vidas de los nuevos mártires. «Me interpeló muchísimo; me sirvió para centrar bien lo que significa el discernimiento». Lo importante, afirma, es «hacer la voluntad de Dios»; y los mártires seminaristas «cumplieron con creces lo que Dios tenía pensado para ellos», que en definitiva es «la santidad». Esto coincide, asegura, con aquello en lo que el cardenal José Cobo está poniendo el acento: la «importancia de la vocación bautismal». 

En las biografías entrelazadas de estos mártires se refleja la comunión de los santos. «Caminamos junto a otros», en diocesaneidad, yendo juntos como pueblo de Dios. El «haberse dejado hacer hasta ese punto —los capacitó Cristo para el martirio y ellos se pusieron a tiro— es para el resto de la Iglesia semilla de santidad». Asimismo, «su entrega de vida nos sirve, porque el Señor derrama sus gracias en nosotros a través de ellos».

A Martín Rodajo, estudiar «la reciedumbre cristiana de estos muchachos» le hizo «caer en la cuenta de la obligación moral de aprovechar todos los recursos formativos del seminario». De hecho, la inmensa mayoría de los mártires tenían muy buen expediente académico. «El estudio de la teología también forma un corazón sacerdotal, que se entrega». Y así, con su martirio, estos jóvenes «celebraron lo que un sacerdote en la Misa: hacer presente la entrega de Cristo». Vivieron en su propia realidad el «esto es mi Cuerpo y esta es mi Sangre»; es como si «su primera Misa fuera el día de su fusilamiento».

La beatificación se celebrará en Madrid de acuerdo con el calendario propuesto por la Santa Sede.

«Mirad los atletas próximos»
Tumba de Trapero en el seminario.

El único cuerpo que pudo ser localizado e individualizado de todos los mártires es el de Ángel Trapero. Su cadáver fue identificado y se trasladó al panteón familiar del cementerio de Navalcarnero. De los otros, o se desconoce su paradero o bien fueron enterrados en fosas comunes.

Hace ocho años, los restos de Trapero, que cuando sea beato serán reliquias, se trasladaron a la capilla del seminario, bajo el altar de San Dámaso —segundo patrono del Seminario después de la Inmaculada y Papa de los mártires romanos—. En la lápida se grabaron las palabras del Papa Clemente a los corintios: «Mirad a los atletas próximos», los que han corrido la carrera y han llegado a la meta, que diría san Pablo. «Es un impulso para vivir las situaciones de dificultad con la altura del Evangelio, que es la altura de la cruz», indica el sacerdote Martín Rodajo.