«Maaloula ya no existe»

En Siria, los niños «envidian al Niño divino», que al menos «ha encontrado un establo para nacer y refugiarse, mientras que, entre estos niños desafortunados, está quien ha nacido bajo las bombas», escribe el obispo maronita de Damasco

Ricardo Benjumea
Una familia de refugiados sirios, en un campamento en Mafraq (Jordania)

En Siria, los niños «envidian al Niño divino», que al menos «ha encontrado un establo para nacer y refugiarse, mientras que, entre estos niños desafortunados, está quien ha nacido bajo las bombas», escribe el obispo maronita de Damasco

«El infernal ruido de la guerra apaga el Gloria de los ángeles». «¡Señor, escúchanos!», es el dramático grito de auxilio que lanza en su mensaje navideño el obispo maronita de Damasco, monseñor Samir Nassar

Todo el mundo sufre en Siria, pero los cristianos tienen que añadir la persecución por parte de grupos salafistas. La agencia vaticana Fides documenta varios casos en Sednaya, Sadad, Qara, Deir Atieh, Nebek… «Los yihadistas aplican el mismo modelo: se dirigen a un pueblo, lo invaden, matan, queman, arrasan…» «Los milicianos extranjeros actúan fuera del control de nuestros compatriotas sirios del Ejército Sirio Libre», cuenta a Fides el párroco de Qara, George Louis.

Según varios testimonios recogidos por la agencia austríaca kath.net, Maaloula, la famosa aldea cristiana donde los habitantes aún conservaban el arameo, la lengua de Jesús, ha sido destruida. «Maaloula ya no existe», dice un refugiado. Sus antiguos habitantes han huido.

Maaloula fue noticia en la prensa internacional en septiembre, cuando la ocuparon los rebeldes islamistas. Dieron la vuelta al mundo las imágenes de su liberación por parte del ejército sirio, acompañado de un equipo de televisión rusa. Los yihadistas habían destruido casas y templos, y pretendieron obligar a los vecinos a convertirse al Islam. Uno de ellos, de nombre Sarkis, fue asesinado tras responder: «Si quieres matarme por ser cristiano, hazlo».

Ya sin cámaras de televisión, los rebeldes regresaron en diciembre. La destrucción fue entonces total.

Silencio en Mar Musa

Preocupa mucho estos días la situación de los refugiados sirios en Jordania. Las temperaturas fueron excepcionalmente cálidas en noviembre, pero el año se despide con nevadas y lluvias. «La tormenta ha arrasado muchas tiendas», cuenta a Fides Wael Suleiman, director de Cáritas Jordania, sobre la situación en un campo de refugiados. Siguen llegando muchas personas, «incluso con la nieve y el frío, y no podemos satisfacer las necesidades de esta marea de mujeres, niños y hombres que huyen de la guerra hacia una vida de penurias y sufrimiento».

En el monasterio de Mar Musa, a unos 80 kilómetros de Damasco, la situación es tranquila, demasiado tranquila. «No hay peregrinos -escribe la comunidad en su carta de Navidad-, y por eso hay mucho silencio». Los diez monjes permanecen fieles a su carisma de oración, trabajo y diálogo, aunque algunos les animan a abandonar, porque, después de la guerra, ya no habrá cristianos que dialoguen en Siria con los musulmanes. Su respuesta es: «Creemos en la divina Providencia, que nos ha protegido a lo largo de los siglos en nuestra tierra. Construimos para servir a los pobres», y «queremos ser un signo de esperanza».

El padre Jacques se ha desplazado a otro de los tres monasterios que tiene en Siria la comunidad, el de Qaryatayn, entre Homs y Palmyr, para ayudar en la acogida de refugiados. En los últimos meses, han llegado más de 5 mil, y no hay lugar para tantos. Los más afortunados duermen en tiendas de campaña; el resto se las arregla como puede en el suelo de la la iglesia, en los pasillos, e incluso sobre los tejados.

La comunidad de Mar Musa le ayuda en lo que puede y, sobre todo, dedica este tiempo a rezar. A rezar por Siria y por todos los sirios, pero muy especialmente, por su fundador, el sacerdote jesuita Paolo Dall’Oglio, y por el resto de personas secuestradas en Siria que pasarán la Navidad en algún lugar hostil y desconocido.

Ricardo Benjumea