Los vacíos del ser - Alfa y Omega

Los vacíos del ser

3er Domingo de cuaresma / Juan 4, 5-42

Lidia Troya
Detalle de 'Mujer en el pozo'. Carl Bloch. Castillo de Frederiksborg, Hillerød (Dinamarca).
Detalle de Mujer en el pozo. Carl Bloch. Castillo de Frederiksborg, Hillerød (Dinamarca). Foto: Wikimedia Commons.

Evangelio: Juan 4, 5-42

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos». En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Comentario

La samaritana tiene sed. Y esa sed es la nuestra. Cada día, ella debe cargar con su cántaro, un peso que es tanto físico como existencial, buscando un agua que, paradójicamente, solo la calma por un instante. Cinco maridos quedaron atrás, y el sexto ni siquiera es el suyo. Parece que se iba aferrando a aquello que le aportaba seguridad, sin encontrar lo que pedía su corazón. Y tú, ¿de qué tienes sed? ¿Cuáles son tus búsquedas y deseos profundos que aguardan sin ser nombrados? Quizás, como ella, hemos intentado llenar nuestros propios cántaros y vacíos con relaciones, logros, agendas frenéticas o el reconocimiento ajeno, sin advertir que, como afirmaba Gabriel Marcel, «un ser que declara que tiene todo lo que necesita, se encuentra ya en vías de descomposición». La vida pasa, la vivamos o no, y la sed, la dolencia de amor que no se cura si no es con presencia y figura —que diría el santo de la noche oscura—, es el espacio sagrado para sentarse a solas y en silencio con la propia verdad.

En Sicar, un lugar hostil, ocurre lo impensable. Encuentra a Jesús sentado junto al pozo; un hombre, aparentemente normal, que experimenta el cansancio y que transciende las barreras de su tiempo. Sabemos que, bajo el peso de la tradición, un maestro no debía hablar con una mujer a solas, y menos con una samaritana. Me pregunto cómo la mirarían los hombres de su aldea. ¿Qué calificativos despectivos resonarían silenciosos en sus ojos? ¿En qué prisión sin rejas se percibiría ella hasta ese instante? Pero Jesús no mira hacia las normas que marginan; Él mira a la persona. Su mirada es lo que salva: no le da un sermón, le devuelve su dignidad. Ella deja de ser la «mujer de los cinco maridos» para ser, simplemente, un tú ante el cual Él se revela.

Esta escena nos lleva a pensar en nuestra propia religiosidad: ¿a quiénes seguimos excluyendo de la comunidad mirándolos como «irregulares» o «impuros»? A veces, casi de forma inconsciente, levantamos muros para proteger una identidad que teme al otro. Pero Jesús rompe esos cercos mirando a la mujer de un modo desacostumbrado: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10). Con este gesto, nos enseña que el tiempo de los templos cerrados y la uniformidad ha terminado. La fe no es una estructura rígida, sino un encuentro donde ella aprende a verse de una manera nueva a través de los ojos de Él.

Al sentirse mirada con amor, la gracia irrumpe en su ser y su vida, como la nuestra, cambia. La mujer experimenta una transformación radical: lo que antes era carga —el cántaro—, ahora es prescindible. Lo deja atrás y corre a anunciar lo que ha visto, una verdad de la que no es dueña, sino testigo. El encuentro la convirtió en apóstol desde su propia carencia, proyectando su existencia hacia un futuro insospechado. Jesús nos revela que el vacío no es una carencia que deba ser extirpada, sino la capacidad misma de ser llenados por el Espíritu. La salvación comienza cuando dejamos de intentar tapar nuestras heridas con soluciones provisionales y aceptamos que nuestra indigencia es, en realidad, nuestra mayor riqueza: el lugar exacto donde Dios puede ser Dios en nosotros. Salvarse no es dejar de tener sed, sino encontrar la fuente que nos permite habitar nuestra propia historia con una paz nueva, sabiendo que ya no caminamos en soledad.

Este texto del Evangelio nos recuerda que ninguna diferencia nos deja fuera de la comunidad de Jesús. El agua viva es para todos: para el que cree y para el que duda, para el fuerte y para el quebrantado, para el que se cree puro y para el que ha sido etiquetado como impuro o se vive en la periferia de lo moralmente aceptable. La llamada solo exige el valor de reconocer la sed y la osadía de pedir. Cuando el miedo o la rigidez nos impulse a ver fuera a quienes no encajan en nuestros esquemas, escuchemos a esta mujer. Ella, como tantos otros, fue el canal por el que Jesús rompió los cercos de lo religioso de la época.

Su voz es la nuestra cuando nos atrevemos a soltar el cántaro —esas seguridades que ya no calman la sed— para reconocer que, en mitad de nuestro propio desierto, alguien nos ha mirado de verdad. El agua viva no es una idea, sino ese encuentro que nos devuelve la dignidad y nos pone en camino.  La samaritana abandonó su cántaro para empezar a vivir desde el espíritu. Y tú, ¿qué peso necesitas dejar hoy junto al pozo para calmar tu sed?