«Los restos de Calderón no han desaparecido»

Un equipo de expertos avalados por la Universidad CEU San Pablo comenzarán este mes de julio la búsqueda con georradar de los restos del literato y capellán mayor de la Congregación de San Pedro Apóstol, tras encontrar una revelación escondida en un libro de los años 60

Cristina Sánchez Aguilar

Un equipo de expertos avalados por la Universidad CEU San Pablo comenzarán este mes de julio la búsqueda con georradar de los restos del literato y capellán mayor de la Congregación de San Pedro Apóstol, tras encontrar una revelación escondida en un libro de los años 60

«No se preocupe [padre]. Los restos de Calderón no han desaparecido». Esta revelación, que ha precipitado la búsqueda del cuerpo olvidado de uno de los hombres ilustres de nuestro país, la recogió el sacerdote Vicente Mayor Gimeno, entonces capellán de la Congregación de San Pedro Apóstol de Presbíteros Seculares Naturales de Madrid, en un libro escrito en 1964. Otro cura, en su lecho de muerte, le contó que la arqueta de mármol, desaparecida durante el incendio del templo donde se encontraban los restos, no era la depositaria real del cuerpo del literato y sacerdote. En realidad, estaba inhumado entre los muros de la iglesia para ser preservado de los saqueos de los milicianos durante la guerra civil. Pero el poseedor de la información falleció antes de sacar a la luz el secreto.

50 años llevaba esa información publicada en la Historia de la venerable e ilustre Congregación de San Pedro Apóstol, pero no se había tomado en consideración la hipótesis de la fiabilidad de dicho dato. Hasta ahora. Pablo Sánchez Garrido, profesor de la Universidad CEU San Pablo y vinculado a la parroquia Nuestra Señora de los Dolores (capilla de la Congregación de San Pedro Apóstol), «veía cada vez que salía de la parroquia la lápida que pone que el cuerpo se perdió en el saqueo, y tenía una espinita clavada». Sánchez Garrido, participante en el estudio del martirio de varios religiosos fallecidos en este templo durante la persecución del 36 –uno de ellos Alfonso Santamaría Peña, párroco y capellán mayor de la congregación entonces, que fue fusilado por los milicianos, y otros ocho sacerdotes sacados del hospital de la orden, anexa al templo, para ser asesinados–, quiso ahondar en la relación entre el incendio y la pérdida del cuerpo del insigne autor de La vida es sueño. «Se lo comenté al párroco, Jesús Arribas, y me dio el libro de Mayor Gimeno».

Tanta credibilidad dio el entonces capellán Mayor Gimeno al descubrimiento del sacerdote en el lecho de muerte, que llegó «a hacer catas por su cuenta, pero daba palos de ciego». En los años 40, en plena posguerra, no había ni tiempo ni tecnología para encontrar unos huesos. «Dice en el libro que tendría que haber parado el culto de la iglesia definitivamente» y tirar abajo los muros. Sánchez Garrido, alentado por este descubrimiento, pidió ayuda a la Universidad CEU San Pablo y a día de hoy un equipo interdisciplinar de nueve miembros –entre ellos, el descubridor del enredo, arqueólogos o especialistas en Calderón–, financiado por la propia universidad, ya va a comenzar la segunda fase del proyecto, que consiste en utilizar un georradar para determinar en qué pared está oculta la segunda arqueta. No la expuesta al público, que es la perdida. Sino otra de madera, de bronce y metal, «lo que facilita la búsqueda. Si fueran huesos solo sería más complicado». La primera fase del proyecto, iniciada en marzo de 2019, incluía una investigación histórica sobre las circunstancias de la muerte y las traslaciones de Calderón. La tercera, si se encuentran los restos, tendrá que ver con la divulgación.

Diversas posibilidades

«Vamos a pasar el georradar –con expertos que estuvieron buscando a Cervantes– también por el suelo y los edificios anexos: el antiguo hospital, hoy residencia sacerdotal, y por la sede de la congregación», asegura el profesor universitario. Porque puede ser que la arqueta perdida esté allí, o «que fuera robada, o que se consumiera en el incendio». También existe la posibilidad de que el capellán entonces, Alfonso Santamaría, antes de ser fusilado, «trasladase los restos a un lugar más seguro».

Si aparecen, el plan es contrastarlos con descendientes vivos de Calderón. «Ya hemos contactado con genetistas», asegura. Esto facilita la identificación, algo que no ocurrió con Cervantes. «La búsqueda fue más complicada, porque era una iglesia antigua, con estratos de enterramientos y cambios de ubicación». Además «no había descendientes con los que cotejar los restos».


«Pomposo de alma clara»

El soldado que luchase en los Tercios de Flandes, juerguista y afamado derrochador, cambió su vida a los 50 años y fue ordenado sacerdote en 1651, momento en el que comenzó a escribir sus grandes autos sacramentales. Miembro de la Congregación de San Pedro Apóstol de Presbíteros Seculares Naturales de Madrid junto con Lope de Vega –ambos fueron capellanes mayores durante un año–, su vida fue un canto no solo a la literatura, sino también a la caridad. La capital del reino hacía poco que se había establecido en Madrid y los clérigos llegaban al centro a buscarse la vida como capellanes de los capellanes. «La pobreza del clero era muy sangrante en Madrid», asegura Jesús Ramón Folgado, miembro de la congregación. «Fue una época en la que se fundaron muchas instituciones caritativas, una de ellas la nuestra, dirigida a salvaguardar a los sacerdotes pobres». En ella quiso pasar sus días Calderón, hombre por entonces afamado y vinculado a la corte, que los domingos por la tarde iba a dar de comer a los pobres. Ese fue su mayor prestigio, ser «un alma simple, clara, transparente y modesta», aunque fuese «amigo de la pomposidad y las hojarascas retóricas», como le definió un cronista de la villa durante el último traslado de sus restos, en 1902.  Calderón legó toda su herencia a la obra sacerdotal que hoy perdura, 400 años después.

Cristina Sánchez Aguilar