Los niños pueden hacer mucho por los ancianos - Alfa y Omega

Los niños pueden hacer mucho por los ancianos

María Martínez López

Una de las cosas que más caracterizan la vejez es que las personas mayores cada vez necesitan más ayuda para todos y no se pueden valer por sí mismas. Unas veces es sólo por la edad, pero en otras influyen también enfermedades típicas de esta etapa, como el Alzheimer. Quienes lo sufren, se van olvidando de todo, desde su familia hasta de cómo hacer las cosas más sencillas. Ellos y sus familias necesitan mucho cariño y ayuda. En Italia, aprovechando que el mes de septiembre está dedicado a esta enfermedad, en algunos cines se está proyectando la película de animación Arrugas. Su protagonista, Emilio, ha empezado a sufrir esta enfermedad, y sus hijos lo llevan a una residencia, donde conoce a muchos ancianos con diferentes problemas.

Arrugas está basada en un cómic del español Paco Roca. Paco nos cuenta que lo escribió «para intentar comprender a mis padres, que se estaban haciendo mayores. También me influyó mucho el padre de un amigo, que tiene Alzheimer». Se pasó seis meses visitando residencias para conocer este mundo, y lo que más le impresionó fue «la soledad que, en muchos casos, se respira en la vejez». No en todos los casos es porque los mayores estén abandonados. También se sienten solos porque «llega un momento en que dejamos de ser útiles, dejas de cuidar a los nietos, de tener contacto con la gente… Nuestra sociedad los margina».

Cuenta que «ver cómo la gente va empeorando es duro», pero que también hay cosas buenas y bonitas: «En cuanto te interesas por ellos, los mayores se abren y te cuentan mil cosas». Además, «las personas que los cuidan se hacen mejores». Ese tono de esperanza está también presente en Arrugas, que ha gustado tanto a mayores como a niños. Paco cree que, «en los colegios, una actividad obligatoria debería ser visitar residencias». Él mismo da charlas en las escuelas sobre los problemas de la vejez, y cómo podemos ayudar. «Muchos niños lo tienen muy presente, porque han visto de primera mano cómo quienes les han cuidado de pequeños ya no pueden hacerlo, o incluso tienen enfermedades como el Alzheimer. Los nietos pueden hacer mucho para mejorar su vida y evitar su soledad».

María Martínez López


Las visitas a la bisabuela Pepa

Ilustración: Asun Silva

Ángel e Irene tienen 9 y 6 años, y viven en Madrid. Pero varias veces al año viajan a Salamanca, donde tienen amigos y dos primos. Sin embargo, la primera persona a la que van a ver siempre es a la bisabuela Pepa, que tiene 90 años. Además de ser muy mayor, está bastante enferma. Tiene un montón de problemas de salud, que le complican bastante la vida. Poco a poco, su cuerpo empieza a dejar de funcionar. Sus piernas no soportan el peso de su cuerpo, y no puede ponerse de pie. Tampoco su estómago hace la digestión como debería, y no puede comer todo lo que le apetece. Como no tiene dientes, no puede masticar, y hay alimentos que le sientan mal.

Esto hace que Pepa esté muy sensible. Ángel e Irene lo saben, y por eso le dan muchos besos. A Irene se le da fenomenal ponerle crema en los brazos y Ángel le acerca el vaso de agua con una pajita cuando ella se lo dice. Como tiene una televisión en la habitación, a los dos les gusta sentarse a su lado a verla. No sé cómo lo hacen, pero siempre la convencen para poner Clan o Boing.

Pepa necesita ayuda para todo. Para vestirse, para comer, para cambiar de posición, para que le cambien el pañal… Todo esto también hace que esté triste, porque piensa que molesta, aunque no es verdad. A todos nos gusta poder cuidarla, igual que ella cuidó de la abuela de Ángel e Irene, y también de su padre cuando era un niño.

A los dos hermanos les da pena verla llorar, pero les gusta estar delante cuando lo hace, porque les permite consolarla y hacerle compañía. A veces, les asusta comprobar que Pepa no les reconoce, y no saben cómo actuar cuando ella se enfada porque no puede hacer lo que quiere. Pero es normal, a los mayores nos sucede lo mismo. A Pepa, la vida en la tierra se le está acabando. Sólo Dios sabe el tiempo que le queda. La vida es así, un misterio, que hay que cuidar con mimo desde el principio hasta el final.