«Son una verdadera bendición», dice el mensaje de León XIV para la Jornada del Migrante
El texto pone el foco en la «tendencia generalizada de velar exclusivamente por los intereses de comunidades circunscritas», lo que constituye «una grave amenaza para la asignación de responsabilidades, la cooperación multilateral, la consecución del bien común y la solidaridad global»
En el mensaje publicado este 25 de julio, con motivo de la 111.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se celebra los días 4 y 5 de octubre, León XIV reflexiona sobre la conexión entre la esperanza, la migración y la misión.
El texto, titulado Migrantes, misioneros de esperanza, pone el foco en la «tendencia generalizada de velar exclusivamente por los intereses de comunidades circunscritas», lo que constituye «una grave amenaza para la asignación de responsabilidades, la cooperación multilateral, la consecución del bien común y la solidaridad global en beneficio de toda la familia humana», sobre todo en el contexto mundial actual, «tristemente marcado por guerras, violencia, injusticias y fenómenos meteorológicos extremos, que obligan a millones de personas a abandonar su tierra natal en busca de refugio en otros lugares».
La perspectiva de una nueva carrera armamentística y el desarrollo de nuevas armas ―incluidas las nucleares―, la escasa consideración de los efectos nefastos de la crisis climática actual y las profundas desigualdades económicas «hacen que los retos del presente y del futuro sean cada vez más difíciles».
Por esto, «es importante que crezca en el corazón de la mayoría el deseo de esperar un futuro de dignidad y paz para todos los seres humanos». León XIV alude al catecismo, que dice que «la virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres». Y sin duda, la búsqueda de la felicidad —y la perspectiva de encontrarla en otro lugar— es una de las principales motivaciones de la movilidad humana contemporánea.
«En un mundo oscurecido por guerras e injusticias, incluso allí donde todo parece perdido, los migrantes y refugiados se erigen como mensajeros de esperanza», constata el Pontífice en el mensaje. «Su valentía y tenacidad son un testimonio heroico de una fe que ve más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y que les da la fuerza para desafiar la muerte en las diferentes rutas migratorias contemporáneas».
Los migrantes y los refugiados recuerdan a la Iglesia su dimensión peregrina, «perpetuamente orientada a alcanzar la patria definitiva, sostenida por una esperanza que es virtud teologal». Cada vez que la Iglesia cede a la tentación de la «sedentarización» y deja de ser, como decía san Agustín, civitas peregrina «deja de estar “en el mundo” y pasa a ser “del mundo”».
Misioneros en los países de acogida
De manera particular, los migrantes y refugiados católicos «pueden convertirse hoy en misioneros de esperanza en los países que los acogen, llevando adelante nuevos caminos de fe allí donde el mensaje de Jesucristo aún no ha llegado o iniciando diálogos interreligiosos basados en la vida cotidiana y la búsqueda de valores comunes», señala el mensaje pontifico. «En efecto, con su entusiasmo espiritual y su dinamismo, pueden contribuir a revitalizar comunidades eclesiales rígidas y cansadas, en las que avanza amenazadoramente el desierto espiritual. Su presencia debe ser reconocida y apreciada como una verdadera bendición divina, una oportunidad para abrirse a la gracia de Dios, que da nueva energía y esperanza a su Iglesia».
Por otro lado, las comunidades que los acogen «también pueden ser un testimonio vivo de esperanza. Esperanza entendida como promesa de un presente y un futuro en el que se reconozca la dignidad de todos como hijos de Dios». De este modo, «los migrantes y refugiados son reconocidos como hermanos y hermanas, parte de una familia en la que pueden expresar sus talentos y participar plenamente en la vida comunitaria», concluye el texto.