Los economistas que ayudaron a un santo

En la historia de la Economía no existen datos de que ningún economista significativo ayudase a un santo, para que éste, además, actuase. Mas he aquí que eso es lo que ha sucedido con san Juan Pablo II…

Juan Velarde Fuertes
La propiedad privada tiene también una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes (CA, 30)

En la historia de la Economía no existen datos de que ningún economista significativo ayudase a un santo, para que éste, además, actuase. Mas he aquí que eso es lo que ha sucedido con san Juan Pablo II, concretamente el 5 de noviembre de 1990…

George Weigel nos da la noticia del motivo en su Biografía de Juan Pablo II. Testigo de Esperanza (ed. Plaza&Janes, 1999): «La promulgación de una encíclica para celebrar el centenario de Rerum Novarum era algo inevitable. Con ella Juan Pablo II se proponía abordar cuestiones de economía contemporánea; de ahí sus palabras a su compañero de clase, el obispo Jorge Mejía, del Consejo Justicia y Paz: Quizá convenga ver lo que dicen unos cuantos economistas. Mejía captó la indirecta, y así, como contribución al caldo de cultivo intelectual del que saldría la encíclica (Centesimus annus), Justicia y Paz organizó, para el 5 de noviembre de 1990, un encuentro de economistas de prestigio procedentes de varias Facultades».

La lista realmente impresiona. He ahí sus nombres: Kenneth J. Arrow, el autor, en 1951, de esa aportación esencial titulada An extension of the basic theorems of classical welfare economics, en los Proceedings of the Second Berkeley Symposium on Mathematical Statistics and Probability (págs. 507-532) (University of California Press). Conjuntamente con la aportación de Debreu, The coefficient of resource utilization, publicado casi simultáneamente en Econometrica, en 1954, el artículo Existence of an equilibrium for a competitive economy (págs. 265-290). Como señala John Geanakoplos en el artículo The Arrow-Debreu model of general equilibrium, en The New Palgrave, «dos de las más veteranas y más importantes cuestiones de la economía neoclásica, la viabilidad y eficiencia del sistema de mercado, se mostraron susceptibles de ser analizadas en un modelo totalmente fiel a las premisas metodológicas neoclásicas de racionalidad individual, mercados claros y expectativas racionales, a través de argumentos cuando menos tan elegantes como cualquiera de la teoría económica». ¿Y qué decir, en relación con la minimización del coste y de la maximación de la utilidad con lo que para siempre se ha pasado a denominar la esquina de Arrow. Cuando fue llamado por san Juan Pablo II, estaba Arrow en la Universidad de Stanford, y en 1972 había recibido el Premio Nobel de Economía.

Anthony Atkinson, de la London School of Economics and Political Science, tenía una importante aportación sobre un aspecto concreto de la información asimétrica, derivada del modelo Arrow-Debreu, como se puede ver en el libro de Atkinson y Stiglitz, Lectures on Public Economics (McGraw-Hill, 1980).

Parta Dargupta, que explicaba en la Universidad de Stanford.

Jacques Drèze, de la Universidad Católica de Lovaina, que es autor, en colaboración con D. de la Vallée Poussin, del artículo A tâtonnement process for public goods, en la Review of Economic Studies, 1971, págs. 133-150, donde señala las diferencias que existen entre los bienes públicos -guiados por la cantidad- y los bienes privados, guiados por el precio.

Peter Hammond, de la Universidad de Stanford, que es autor del ensayo Charity, altruism or cooperative egoism?, en la obra dirigida por E.S. Phelps, Altruism, Morality and Economic Theory (Russel Sage Foundation, New York, 1975), que precisamente enlaza con el ensayo de Arrow, Optimal and voluntary income distribution, que se encuentra en los Collectted Papers of Kenneth J. Arrow, en el volumen I.

Hendrik Houthakker, de la Universidad de Harvard, gran estudioso del estadístico Ernst Engel, al que se debe la famosa curva de Engel, en relación con el gasto de los hogares en alimentación y otros productos, según sus niveles de renta. Houthakker es el autor de An international comparison of household expenditure patterns commemorating the centenary of Engel’s Law, en Econometrics, octubre 1957, págs. 532-551.

Robert Lucas, miembro de la famosa Escuela de Chicago, y como todos los economistas sabemos, es el adelantado en el desarrollo de la teoría de las expectativas racionales en la macroeconomía. Como señala Stigler, «esta teoría ha hecho estragos en gran parte de la teoría económica tradicional, incluyendo la teoría keynesiana». Además de esto, Robert Lucas, en carta a George Weigel, «recuerda que Juan Pablo II formuló preguntas con gran agudeza, aunque, eso sí, educadamente. Lucas quedó impresionado por la inteligencia y seriedad del Papa, y por su total falta de ceremonias y pomposidad».

Edmond Malinvaud, que es catedrático de Análisis Económico del Colegio de Francia, se convirtió en uno de los mejores economistas franceses. Son notables sus aportaciones sobre la descentralización, que tantísima importancia tiene en relación con los bienes y servicios públicos, porque un sistema plenamente centralizado corre el riesgo de ser ineficaz, por no crear incentivos económicos, y un sistema puro de mercado también lo es, porque los mercados nunca pueden ser completos, existen externalidades y el público intenta despreciarlas.

Ignacio Musu, de la Universidad de Venecia.

El santo Papa Juan Pablo II firma una de sus encíclicas
El santo Papa Juan Pablo II firma una de sus encíclicas

Jeffrey Sachs, profesor de la Universidad de Harvard y de Columbia. Aun no era, como señalaría The New York Times en 1993, «el economista más importante del mundo», pero estaba en el camino de conseguir esta opinión por sus trabajos en desarrollo sostenible, sus asesoramientos en las Naciones Unidas y en el Fondo Monetario Internacional y a Gobiernos iberoamericanos. Su afán es lograr que se cancelen las deudas exteriores de los países pobres dentro de programas mundiales de desarrollo.

Amartya Sen, catedrático Thomas W. Lamont de la Universidad de Harvard, autor de libros con aportaciones tan importantes como Ethics and Economics (Blackwell, 1987), o Rational Dehaviour, una completísima aportación en The New Palgrave (volumen 4, págs. 68-76). En colaboración con Stiglitz y Jean Paul Fitoussi, tiene traducido al español Medir nuestras vidas. Las limitaciones del PIB como indicador de progreso (RBA, 2013). Concretamente, Amartya Sen y Mahbub ul Haq trabajaron para que el enfoque del Índice de Desarrollo Humano tuviera vigencia muy especial. Recibió el Premio Nobel de Economía.

Horst Siebert, del famoso Instituto de Economía Mundial de Kiel.

Witeld Trzecikowski, miembro entonces del Gobierno polaco.

Hirofumi Uzawa, profesor emérito de la Universidad de Tokio, autor de una valiosa aportación sobre el papel que juega el análisis bisectorial, una situación típica cuando en una economía existen dos sectores productivos, uno que genera bienes de consumo, y otro, bienes de inversión, y ambos producidos por dos factores de la producción, trabajo y capital.

Stefane Zamagni, de la Universidad de Bolonia, autor de Ricardo y Hayek effects in a fixwage model of traverse, en Oxford Economic Papers, noviembre 1984, págs. 135-156, donde puntualiza muy bien estas aportaciones, con el complemento sobre si fue Wicksell y no Ricardo el que basaba la posición de Hayek, desde una crítica muy severa que se desarrolló en Economica: Hayek en mayo de 1942, con The Ricardo Effect, y Kaldor en noviembre de 1942, con Professor Hayek and the concertina-effect.

Considero que algo, ni levemente parecido, existe en la historia, no ya de los santos, sino en la de la Iglesia católica. Es un ejemplo más de lo que debemos a san Juan Pablo II. En este caso, la magnífica encíclica Centesimus annus. El que no se hubiese necesitado la aportación en esa reunión de ningún español debe servirnos de acicate ante el futuro. Es el momento en que debemos, los economistas de esta nación, de la mano de Yeats, decir, como se lee en su poema La Torre: «Ahora debo edificar mi alma/ Exigiéndole estudio/ En una escuela sabia/ Hasta que de la ruina corporal/ La lenta decadencia de la sangre,/ De los hoscos delirios,/ De la torpe decrepitud,/ Aun peor mal nos llegue».

Juan Velarde Fuertes