Los datos fundamentales de la antropología bíblica - Alfa y Omega

Los datos fundamentales de la antropología bíblica

Colaborador
Reprobación de Adán y Eva, de Bartomeu de Robió. Fine Arts Museum, San Francisco

La segunda parte de la Carta sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo recorre las Sagradas Escrituras para intentar llamar la atención, a la luz de la Revelación, sobre los «datos fundamentales de la antropología bíblica», como señala el mismo título de la sección. Los números del 5 al 12 proponen la relectura y el comentario de algunos textos clave del Antiguo y del Nuevo Testamento que permiten sacar a la luz:

– los rasgos fundamentales e inalienables de una Humanidad creada como hombre y como mujer, y situada desde el principio como tal bajo el signo del muy bueno (Gn 1, 30);

– el drama de esta relación que, en nuestra historia actual, está marcada por el pecado, privada de su verdad y bondad originales y, por tanto, en espera de la curación de la que tiene necesidad;

– la forma con la que Cristo, al salvar a la Humanidad, interviene para rescatar esta relación fundamental, restituyéndola a su verdad original, es decir, al pensamiento eterno de Dios.

I. Tres observaciones generales preliminares

– El orden de exposición de los textos es el mismo que siguen las Sagradas Escrituras en su forma canónica para afrontar y elaborar esta temática, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis. De esta manera, se confirma de forma implícita una verdad importante: la Revelación abre, ciertamente, a la Humanidad al conocimiento de Dios, a su proyecto de amor en la Historia, al rostro del Padre manifestado a través del Hijo; pero, al mismo tiempo, esta misma Palabra de Dios enseña al hombre el conocimiento de su propia identidad, la naturaleza de su dignidad y las condiciones de una vida humana auténtica. Dios revela quién es Él y quién es el hombre cada vez que habla. La antropología cristiana percibe en este dato una primera y decisiva característica: al hombre y a la mujer no les basta el conocimiento de sí mismos a través del saber y de las experiencias adquiridas con sus solas fuerzas. Si el hombre y la mujer quieren conocerse verdaderamente es necesario que reciban de Dios el secreto de su identidad más profunda.

– El análisis realizado en esta sección revela también que la diferencia de los sexos en las Sagradas Escrituras no es una cuestión marginal o provisional, destinada a ser superada al final de la Historia. Al contrario, por un lado, esta realidad está presente desde el principio en los textos de la creación: esta realidad surge en el momento del gesto creador del que nace la Humanidad. Por otro lado, se representa al final de la Historia, en la visión futura de la Humanidad transfigurada en la Jerusalén celestial. Además, en el curso del tiempo y de la Historia, la distinción entre lo masculino y lo femenino se sitúa en el centro de la obra salvadora, con la que Dios viene a visitar a los suyos por medio de su Hijo, que se hace carne en una figura masculina, a través de la acogida de una mujer, María, Hija de Sión, en la cual la Humanidad encuentra la perfección de su relación con Dios. Precisamente aquí se entiende que la declaración de san Pablo: «Ya no hay ni hombre ni mujer» (Ga 3, 28) no se puede interpretar como una afirmación de abolición, en Cristo, de la diferencia de los sexos, ya que esta diferencia es querida y dispuesta por Dios en el acto mismo con el cual llama a la Humanidad a la existencia (n. 12). En cambio en Jesús, que comparte su santidad con aquellos que le han sido confiados por el Padre, se superan la rivalidad y la violencia en la que corre el riesgo de caer la relación entre el hombre y la mujer, y se hace posible vivir con armonía, serenidad y felicidad.

– Es necesario llamar la atención sobre la importante contribución que este recorrido de la Escritura debe a Juan Pablo II, sobre la cuestión de la persona, de la antropología de la pareja y de la teología del matrimonio dirigida al conocimiento renovado del cuerpo y de la relación matrimonial, tema tratado con frecuencia por el Sumo Pontífice. La segunda parte del presente documento pone el acento constantemente en las Sagradas Escrituras y en el análisis realizado por Juan Pablo II, respectivamente, en la Exhortación postsinodal Familiaris consortio, en la Carta apostólica Mulieris dignitatem, en la Carta a las familias y en sus catequesis sobre el matrimonio y sobre el lenguaje del cuerpo. Estas enseñanzas dan testimonio de un innegable progreso en la comprensión del contenido de la Revelación, en un ámbito de la antropología que llega al corazón del misterio de la salvación. De esta manera, según san Gregorio Magno, «el texto crece con su lector», desde el momento en el que este último deja que la caridad actúe en él y permite al Espíritu revelarle la profundidad de Dios y de su propia existencia.

II. Los temas tratados

Noemí acoge a su nuera Rut. Biblia del siglo XII, conservada en el Museo de l’Arsenal, en París

La Humanidad, realidad que ontológicamente es relación con.

El documento inicia en el n.5 con el enunciado del principio clave de la antropología cristiana, continuamente retomado y comentado por la Iglesia de Occidente (san Ireneo, san Agustín) y de Oriente (san Gregorio de Nisa), que es que la Humanidad fue creada «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 26). Esta afirmación está asociada al reclamo de la diferencia de sexos, como se puede leer en el Génesis (1, 27): «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó». Dios crea distinguiendo, haciendo surgir del caos realidades diferenciadas. La distinción es precisamente el presupuesto y la condición necesaria de la relación, que está en la base de la vida humana, concebida para la comunión entre personas. Desde su nacimiento, por tanto, cualquier ser humano está marcado por la diferencia de los sexos y está llamado vivir esta diferencia de la forma más adecuada. Estamos, por tanto, muy lejos de una valoración de las relaciones indistintas o confusas, que la Biblia reconoce como estériles y portadoras de muerte. En la experiencia del cara a cara con el otro, cercano y al mismo tiempo diferente, el ser humano encuentra su identidad y realiza en sí mismo algo de la imagen de Dios que se encuentra en él. En una época en la que circula un ideal de relaciones que tiende a confundir los sexos, y en la que prosperan concepciones antropológicas que querrían incluso cancelar la diferencia entre sexos, se entiende lo oportuno y lo valioso que es el texto bíblico. En una época en la que también se habla de competición entre los sexos, o de reconquista de poderes como remedio a las injusticias, la Palabra de Dios restituye al hombre y a la mujer su verdadera identidad: el uno no puede vivir sin el otro, cada uno existe a través del otro y para el otro.

El significado de la sexualidad.

Todo lo que hemos afirmado antes es decisivo para emitir un juicio sobre la sexualidad humana. En los números 6 y 8 del documento, que tratan este tema, asumen una especial relevancia los análisis de Juan Pablo II sobre la naturaleza esponsalicia del cuerpo humano. El cuerpo, de hecho, está marcado por una diferencia que le hace ser masculino o femenino, y que invita a la relación, según las respectivas modalidades expresivas, no sólo físicas, sino también psicológicas y espirituales. Esto significa que la dimensión antropológica de la sexualidad se amplía a una dimensión teológica que se refiere a la Humanidad como un ser que se relaciona y, por tanto, que está también en relación con la imagen del Dios amor presente en cada hombre y en cada mujer.

Cuando la relación con el otro se deteriora.

A partir de esta perspectiva situada bajo el signo del muy bueno se afronta en un momento posterior el drama descrito en el capítulo 3 del Génesis. El nexo entre el deterioro de las relaciones entre la Humanidad y Dios -por la desobediencia a la prohibición divina- y el deterioro de la relación entre el hombre y la mujer es claro y evidente. Existe una especie de implicación mutua entre la sospecha respecto a Dios y la resistencia a reconocerse como criatura ante el Creador, por un lado, y, por el otro, la dificultad para vivir la diferencia entre los sexos que caracteriza a la Humanidad en su ser relación con. Por tanto, considerada la imagen divina de la que el hombre es impronta, se advierte el peligro posterior que esta situación comporta: el de hacer problemática la manifestación del rostro de Dios a través de aquellos que Él ha creado a su imagen y semejanza. Por eso se entiende también que esta misma relación conyugal necesita inmediatamente de la redención de Cristo cuando reconcilia a la Humanidad con su Creador y la hace confluir en su propia relación filial con el Padre (n. 11).

– La alianza en el centro de la Revelación.

La misma lógica explica que la historia de Israel y la revelación que Dios hace de sí mismo a su pueblo se expresen en los términos de una Alianza, con alusión a la alianza conyugal. La literatura profética ilustra ampliamente esta realidad tratando la relación entre Dios e Israel como una relación entre el Esposo y la esposa, con sus riesgos, con sus dramas y con su posibilidad de recuperación en la novedad de un amor fiel (n. 9). El libro de Oseas enseña a Israel a descifrar su historia como un drama espiritual asimilable a una relación conyugal, puesta a prueba por la infidelidad. Esto hace que la esperanza y la promesa de la salvación se expresen, a su vez, en términos sociales, como muestran los libros de Oseas y de Isaías. El profeta Isaías puede evocar el misterio de la salvación que Dios prepara, asociando los oráculos del Siervo a los oráculos de Sión, uniendo lo masculino a lo femenino con una modalidad que se aclarará sólo en el momento de la manifestación de Jesús, el Mesías, hijo de la Virgen María. El Cantar de los Cantares, que une lo más humano y lo más divino que existe según la interpretación tradicional de la Iglesia, constituye la expresión de la realización de la Alianza donde se reconstruyen las relaciones entre Dios y la Humanidad, y las relaciones que están en la base de la pareja y del amor humano. El documento subraya el hecho de que en este misterio de salvación la realidad divina retoma, asume y supera la experiencia humana. Sin embargo, no se trata de una simple metáfora que podría abandonarse y sustituirse por otra equivalente. Las Sagradas Escrituras invitan a reconocer una afinidad mucho más profunda entre la Alianza divina y la alianza del hombre y de la mujer. Todo sucede como si la Revelación tuviera necesidad, para expresarse y darse a conocer, de pasar a través de esta realidad central de la vida humana.

– La nueva creación en Cristo.

El Nuevo Testamento desarrolla y lleva a cumplimiento la revelación del amor nupcial de Dios iniciado en el Antiguo Testamento (n. 10). Jesús, el Hijo predilecto del Padre, en su masculinidad asume la palabra de los profetas sobre el amor de Dios Esposo, y hace explícita la dimensión de esta palabra, más allá de cualquier expectativa, a través del don de su vida en la cruz. Especialmente el evangelio de Juan en el relato inicial de las bodas de Caná y en el relato de la Pasión da a conocer las bodas mesiánicas que inauguran y realizan la nueva Alianza. La cuestión de la pareja y de la fidelidad a la relación conyugal vuelve a ser actualidad precisamente gracias a la novedad de esta Alianza. Así, en el capítulo 19 del evangelio de Mateo, Jesús remite a las disposiciones del origen para desaprobar el repudio, indicando así la novedad de un tiempo en el que hombres y mujeres puedan ser, en Cristo y gracias a Él, testigos de una fidelidad más fuerte que el pecado. De esta manera se anuncia la gracia que hace nuevas todas las cosas y, en especial, que renueva el corazón humano que recibe de Cristo la capacidad de amar como Dios mismo ama (n. 11).

La relación entre el hombre y la mujer aparece, más que nunca, esencial en el proyecto de Dios y en la vida de la Humanidad. Lejos de quererla abolir o superar, Cristo introduce esta relación en una condición de justicia destinada a florecer en la eternidad. El final del Apocalipsis, donde la Esposa y el Espíritu invocan la llegada del Esposo, demuestra que la eternidad preparada por Dios para aquellos que le aman no se puede separar de la diferencia entre el hombre y la mujer, aunque esta diferencia esté llamada a ser transfigurada, ya que no será entonces vivida en un mundo marcado por la muerte y, por tanto, por la generación. A este propósito, el celibato consagrado no es una descalificación del estado conyugal. También el célibe está implicado en la distinción entre el hombre y la mujer y en su relación, aunque con otra modalidad diferente a la de la vida conyugal. Este mismo celibato debe poder vivirse como figura y promesa del tiempo de la Jerusalén celestial donde esta diferencia fundamental recibirá plenitud de verdad, para gloria de Dios y felicidad de la Humanidad. Lo masculino y lo femenino pertenecen ontológicamente a la creación (n. 12).

La Inmaculada, de sor Isabel Guerra

– La identidad de la mujer.

Esta relectura de las Sagradas Escrituras en una óptica valorizadora de la relación entre hombre y mujer ofrece una valiosa contribución clarificadora, en especial, sobre la identidad propia de la mujer. Así, el término del Génesis, que la define como ezer del hombre va acompañado de un breve comentario (n.6). Contrariamente a una comprensión rápida y superficial del texto, se trata de reconocer en la mujer que Dios presenta al hombre, en el capítulo segundo del Génesis, mucho más que una simple ayuda destinada a aliviar sus fatigas terrenales. La palabra ezer va mucho más allá en su significado, ya que en la Biblia el mismo término -como recuerda la nota 5 del documento- se refiere a Dios, en su relación con la Humanidad, como ayuda vital. El mismo n.6 remite también a la frase de san Pablo en 1 Co 11, 9: «Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre». A la luz de la Revelación está claro que con esta expresión no se pretende relegar a la mujer a un estado de sumisión o de alienación. Por el contrario, es una invitación a reconocer en el ser femenino, así definido, un reflejo de la esencia misma de Dios que se da a conocer como alguien que es para los hombres, y se revela como un misterio saludable de amor en la diferencia y en la comunión de las tres Personas trinitarias. Por fin, el n.10 remite al capítulo 5 de la Carta a los Efesios para indicar a todo bautizado que reconozca, en el amor vivido dentro de la pareja cristiana, el misterio del amor nupcial de Cristo por la Iglesia.

Conclusión

La vida humana encuentra de esta forma verdad y claridad en su doble polaridad del ser masculino y femenino más allá de los desafíos y de las violencias sufridas por los hombres y por las mujeres, más allá de las ambigüedades de algunas corrientes de pensamiento contemporáneo. El hombre y la mujer tienen la vocación de vivir el uno gracias al otro y el uno para el otro. Cada uno de ellos está llamado a reconocer en el otro la dignidad que proviene de su Creador. Se invita a cada uno a encontrarse y acoger al otro en una colaboración que encuentra su cumplimiento en la comunión, es decir, en la participación en la caridad que es la esencia misma de Dios revelado como Santa Trinidad. Esta mirada nueva, renovada por el Espíritu que hace nuevas todas las cosas y que convierte los corazones, es la buena noticia que la fe cristiana trae a los hombres y a las mujeres de hoy que esperan la verdad y la felicidad.

Anne-Marie Pelletier