Los brotes de la Pascua - Alfa y Omega

Muchas veces nos preguntamos qué es lo que queda de todo lo que hacemos. Esa también es una preocupación, al menos debería serlo, en la vida de la Iglesia. Francisco, de quien no por calendario, pero sí por momento litúrgico, se cumple un año de su muerte —murió el Lunes de la Octava de Pascua—, siempre insistió en una Iglesia de procesos, que fuese más allá de los eventos.

Producir frutos

La Semana Santa y el Domingo de Pascua son momentos importantes, no quisiera decir eventos, en la vida de la Iglesia. Pero siempre es un desafío que formen parte de un proceso, que hagan avanzar la realización del Reino de Dios, que vayan produciendo frutos en la vida de una humanidad necesitada de la Vida que nace de la Pascua.

De hecho, la Pascua es «irrupción de vida», como señalaba el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, en la homilía del Domingo de Resurrección. Insistía en que «no es simplemente una etapa del calendario». En sus palabras se servía de la imagen de la primavera, que en estos días va dejando aparecer brotes, una premisa necesaria si queremos un día alcanzar los frutos y así tener la certeza, como el purpurado decía, «de que la vida ha vencido».

Se trata de ser signo de esperanza «en un mundo desesperanzado, herido, tenso y violento», recordaba el arzobispo. No podemos escondernos, es necesario ser testigos, pues es así como el mensaje divino se hace presente en la vida de la gente, también en la de aquellos con quienes convivimos en el día a día. Se trata de vivir como bautizados, de renovar la experiencia bautismal, uno de los tres brotes de los que hablaba el arzobispo de Madrid este domingo.

Palabra, comunidad, paz

Llamaba a ver el ser cristiano no como una etiqueta, no como pertenecer externamente a algo. Una reflexión necesaria en una sociedad en la que el envoltorio es muchas veces llevado en consideración en un grado mayor que el contenido. El gran desafío es conocer, ofrecer, saborear el contenido, que se nos brinda a través de la Palabra, que nos sostiene y alimenta en la fe, la esperanza y la caridad. Una Palabra que nos enseña «a leer la realidad con ojos pascuales», a «acercarnos a las heridas del mundo», afirmaba el cardenal Cobo.

Otro brote tiene que ver con la comunidad, con el nosotros, que supere el individualismo social y religioso, de grupos cerrados, en el que muchas veces vivimos inmersos. Es necesario acoger la diversidad, siempre enriquecedora, crear comunidades relacionales, gobernadas por el amor, donde caben los descartados y aquellos que no tienen voz.

Una realidad pascual, y ese era el tercer brote, que nos haga portadores de la paz del Resucitado. Una paz siempre necesaria, pero que hoy en irrenunciable en un mundo atravesado por la violencia. En un mundo donde la pérdida de esperanza en el otro está en el fondo de las guerras, los odios, las divisiones cada vez más presentes y en encuentro se convierte en un imposible. Necesitamos más que nunca la paz desarmada y desarmante de la que el Papa León XIV ha hecho una de sus premisas fundamentales.

Si tienes fe no olvides a qué te está llamando el Resucitado: a vivir como bautizados, a construir comunidades vivas, a sembrar la paz. Una llamada que se extiende a toda la humanidad que lucha por un mundo mejor para todos, por un mundo nuevo, a todos los que ven la vida desde la esperanza de que el mañana puede ser un poco mejor. Cuidemos de esos brotes para que puedan llegar los frutos.