Lo que mata a África… y no es la COVID-19

El optimismo al que invitan la erradicación (parcial) de la polio y los avances contra la malaria y el sarampión no deben ocultar los desafíos de un continente donde las infecciones respiratorias, el sida y la diarrea matan a una de cada cuatro personas

María Martínez López
El entierro de una víctima del ébola en Kivu del Norte (R. D. Congo) es una de las fotos del año 2019 de la agencia AFP. La letalidad del virus ronda el 50 %, pero puede llegar al 90 %. Foto: AFP / John Wessels

En un tiempo marcado por la pandemia, el 25 de agosto se produjo una buena noticia sanitaria: la erradicación en África de la polio primitiva. La enfermedad solo persiste en esta forma en Pakistán y Afganistán, aunque en 16 países africanos se siguen dando brotes «por la vacuna con virus atenuados», que por ello se ha cambiado a otra de virus inactivos, explica el doctor Guillermo Vázquez, catedrático de las universidades de Granada y Autónoma de Barcelona, experto en enfermedades tropicales y colaborador de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

No es el único logro médico del continente. Allí se concentran la mayoría de muertes por malaria y sarampión. En el primer caso, han pasado de un millón a 300.000 en diez años, sobre todo gracias a las pruebas rápidas, los nuevos fármacos y la difusión de mosquiteras. El sarampión, muy contagioso por vía aérea, ahora causa solo 140.000 muertos al año (en 2000 eran dos millones) gracias a las campañas de vacunación.

«África ha evolucionado mucho» en lo sanitario, añade el médico español. «Cada vez hay más hospitales, las universidades producen médicos excelentes y personal de enfermería y técnicos muy bien preparados, y hasta hay revistas científicas». Pero estos avances conviven con una esperanza de vida (61 años para varones y 65 para mujeres en 2019) una década por debajo de la media mundial, y con datos como que en 2016 (los más recientes ofrecidos por la OMS para la región) la principal causa de mortalidad (10,4 %) fueron las infecciones respiratorias, seguidas del sida (8,1 %) y la diarrea (7,4 %). En pocos minutos, Vázquez elabora una lista casi inabarcable de otras enfermedades que tener en cuenta: tuberculosis, brucelosis, fiebre Q, hepatitis, fiebres hemorrágicas como la del valle del Rift o la de Lassa… que atacan a personas en muchos casos debilitadas previamente por la malnutrición y los parásitos.

Amenaza en los suburbios

Para las próximas décadas, nuevos desafíos plantean un panorama incierto. El doctor describe un cóctel explosivo que une la expansión de enfermedades a causa del cambio climático, una explosión demográfica que «ninguna infraestructura sanitaria en esos países puede absorber» (en 20 años se podría pasar de 1.200 a 2.000 millones de habitantes), y la concentración de gran parte de la población en los suburbios de las grandes ciudades, hacinados, sin saneamiento y poca presencia médica.

Si a un suburbio llega por ejemplo la fiebre amarilla, que en la selva «no es demasiado importante», puede generar brotes como los actuales en Sudán y Etiopía, que son responsables de entre 40.000 y 60.000 muertes al año. Algo similar ocurre en los campos de refugiados, que además de introducir enfermedades en zonas previamente libres son el caldo de cultivo perfecto para dolencias del aparato digestivo como el cólera u otras como la sarna.

… y llegó el coronavirus

¿Qué impacto tendrá la COVID-19? Peter Dawoh, hermano de San Juan de Dios y responsable del hospital Saint Joseph de Monrovia (Liberia) explica a Alfa y Omega que ya están viendo cómo pacientes de malaria y sida dejan de acudir a los centros médicos por miedo al coronavirus, y también se ha interrumpido la «vacunación rutinaria a niños menores de 5 años». En los países más afectados, como Sudáfrica (650.000 casos), Etiopía (64.300) o Nigeria (56.256) los centros de salud «pueden bloquearse», añade Vázquez.

Si por miedo o desbordamiento se frenan los programas de salud comunitaria (no solo vacunaciones, sino por ejemplo reparto de mosquiteras, formación…), algunas enfermedades podrían llegar a repuntar. Por último, permanece la incertidumbre sobre la vacuna. «Si el coronavirus es estable» y esta inmuniza para toda la vida, África podrá protegerse. Si muta, como la gripe, «posiblemente no tenga recursos» para vacunar a la población cada año.

Hospital de referencia

Las principales enfermedades a las que el hospital Saint Joseph de Monrovia (Liberia) se enfrentó en 2019 fueron la fiebre tifoidea (1.076 casos y 26 muertes), infecciones gástricas por helicobacter pylori (316 casos y seis muertes), sida (127 nuevos casos y siete muertes) y hepatitis B (80 casos pero 23 muertes). Además, explica el doctor Dawoh, están en contacto con otras entidades y el Ministerio de Sanidad para que se implemente la atención gratuita, en los niños menores de 5 años, de la malaria. En el país, la enfermedad todavía causa el 5,7 % de las muertes, por encima de la media africana (4,6 % en 2016 según la OMS). Ahora, ha sido designado como centro de referencia para la COVID-19. Liberia es uno de los doce países africanos donde trabaja la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, en la mayoría con el apoyo de la ONGD Juan Ciudad.

Sida

 El hospital Saint Joseph de Monrovia sigue a 300 pacientes al año, pero en 2019 solo tuvo siete muertes. El doctor Dawoh subraya, además, los avances en la prevención de nuevos contagios. Entre los obstáculos, cita la «negación y autoestigmatización» de los enfermos y la falta de recursos y seguimiento.

Dengue

El dengue, el zika y el chicunguña son africanas. Antes no preocupaban, «eran marginales», explica Vázquez. Al reducirse la malaria, se ha visto «que están en toda África», debido al cambio climático.

Ébola

El brote en Ituri y Kivu (este de R. D. Congo) sigue activo, y en junio se anunció otro en la región de Équateur, tercero desde 2018 y undécimo en el país. La inestabilidad política hace imposible vacunar a toda la población, y en el este incluso a los contactos de los enfermos.