Esta es la segunda vez que voy a servir mesas el día de Navidad. En la iglesia de las Maravillas, en plena plaza del Dos de Mayo, el banquete del altar se transforma, literalmente, en un banquete de embutidos, quesos, langostinos, consomé y guiso de ternera. Los voluntarios de Sant’Egidio, que ofrece 1.100 comidas en cuatro localizaciones de Madrid, comen un trozo de chorizo al vuelo entre bandeja y bandeja; pero lo importante es que los invitados a la mesa se sientan queridos, atendidos y, en definitiva, en casa. Los ayudantes de Papá Noel aparecen con sacos de arpillera llenos de regalos personalizados para cada uno y nadie se queda sin lugar en la posada. Esta Navidad, sin ir más lejos, una decena de transeúntes sin un lugar caliente donde celebrar, y a los que no esperábamos, compartieron risas con nosotros. Quizá sea en esas casi ocho horas de entrega donde comprendo por qué no debe faltar detalle para celebrar al Niño envuelto en pañales en un frío establo. Que alguien se haya pasado días de su vida recortando arbolitos de Navidad para meter cubiertos significa que, ese día, a esa hora, ha entregado por desconocidos lo más valioso que tiene: su tiempo.