Llamados a fortalecer vínculos y tejer relaciones fraternas
Tenemos por delante un tiempo nuevo que necesita que impulsemos y repensemos juntos. Buscamos vivir juntos nuestro ministerio y discernir los aspectos que debemos cuidar
Reflexión del arzobispo de Madrid sobre CONVIVIUM, en el marco dela celebración de las preasambleas
El 9 de noviembre de 2025 convocaba a los sacerdotes de la archidiócesis de Madrid a la asamblea presbiteral CONVIVIUM. Un paso más en un camino de aprendizaje, de escucha mutua y de búsqueda compartida, guiados por el mismo Espíritu que siempre nos precede. Por la unción, los sacerdotes fuimos incorporados a un mismo presbiterio y a la común misión diocesana, llamados todos a postrarnos ante el pueblo de Dios y ante Cristo. Siempre al servicio y en comunión, una actitud que asumo como obispo.
Así se pueden enfrentar mejor las preocupaciones, dificultades, logros y anhelos. Eso no es solo personal, también forma parte de la vida de la Iglesia de Madrid, en la que resplandece la belleza de un presbiterio grande, plural y generoso. Es necesario fortalecer los vínculos y tejer relaciones fraternas. Un proceso que no es sencillo, que requiere esfuerzo, mediación y paciencia. Hacerlo realidad será un cimiento firme para el edificio que como Iglesia diocesana somos llamados a construir.
Para ser presbíteros ayuda decisivamente la fraternidad sacerdotal, ser conscientes, como recuerda san Juan de Ávila, que se forma parte de la «familia sacerdotal», sustentada en la relación obispo-presbíteros y presbíteros entre sí. Sentirse comunidad y asumir el ser partícipes de una obra común es una actitud decisiva. La mirada común a Cristo abre a cada presbítero a la fraternidad de quienes también han escuchado la llamada.
La pertenencia a un presbiterio diocesano es una dimensión constitutiva del ser presbíteros y llama a cada presbítero a concretar su vocación a la unidad. Así lo recuerda Pastores dabo vobis: «No hay auténtico ejercicio del ministerio sacerdotal sin comunión efectiva con el propio presbiterio» (n. 74). Hay que superar la tentación de querer vincularse solo en pequeños grupos, inclusive de vivir el ministerio de forma individualista.
El reto, como algunos sacerdotes —a quienes agradezco de corazón su participación y al mismo tiempo animo a inscribirse en el CONVIVIUM a quienes no han dado este paso—, han expresado en las preasambleas en preparación, es hallar medios para un mayor encuentro como familia presbiteral. Encuentros que ayudarán a visibilizar aquello que celebramos en la Eucaristía y lo que cada ministro ordenado es. Se conseguirá si se siente la necesidad de verse, compartir la vida y concretizar el hecho de ser familia. A partir de ahí será más fácil encontrar juntos y alentar pistas de futuro como sacerdotes.
Por encima de ocupaciones, tareas inmediatas, urgencias, cansancios, crisis y dudas, que tientan a vivir el ministerio en espacios cerrados, el presbítero no puede olvidar su llamada a ser comunidad, a ser Iglesia. Con ello, el ministerio crece y hace crecer a la Iglesia. De ahí la importancia de tomar conciencia y hacer visible lo que se es: un presbiterio, con sus dificultades, pero unido por vínculos reales, que se sostiene y se anima mutuamente en el camino que Dios nos ha confiado.
En esa perspectiva, CONVIVIUM, que, inclusive en el propio nombre, surgió de las aportaciones y propuestas de los presbíteros de Madrid, es un paso nuevo en la vida de este presbiterio. Más allá de las dudas o resistencias, cada uno es llamado, a partir de su fe, a confiar en el Espíritu. Él se hace más explícito y reconocible cuando, a partir de la conversación espiritual, discernimos su voz entre todos. Todo ello sabiendo que el Espíritu Santo, que va por delante, prepara los caminos y nos precede en la misión, siempre nos sorprende y que se hará más explícito en la medida en que todos aportemos con ilusión.
CONVIVIUM es un reto y una gracia. Es un encuentro importante, excepcional y necesario, expresión de la fraternidad sacerdotal. Estamos ante una asamblea, que es mucho más que una reunión. Es expresión de sinodalidad, de un caminar juntos que ultrapasa el sentido y el propósito de un parlamento, donde cada bautizado, cada presbítero en este caso, unido a su obispo, participa del mismo don y misión. Es una convocatoria sagrada: una comunidad reunida por una llamada divina.
Un instrumento que manifiesta la comunión sacerdotal y la corresponsabilidad en el servicio al pueblo de Dios. Un acto de fe y comunión en el que cada presbítero es llamado a dar una respuesta concreta al Señor que convoca para escucharlo, discernir en comunidad y renovar la fraternidad sacerdotal. La comunión, que no es solo afectiva, sino también efectiva, se expresa en la presencia, en la participación y en la corresponsabilidad.
Tenemos por delante un tiempo nuevo que necesita que impulsemos y repensemos juntos. Buscamos con ello vivir juntos nuestro ministerio y discernir los aspectos que debemos subrayar y cuidar. Como dijo san Juan Pablo II: «El presbítero no está solo en su camino; forma parte de un presbiterio unido por vínculos de caridad, oración y colaboración» (Pastores dabo vobis, 74).
En este nuevo tiempo, la Iglesia nos llama a través del Papa León XIV, como ya lo había hecho el Papa Francisco, a implementar la sinodalidad. Una llamada que se ha hecho más explícita si cabe después del primer consistorio extraordinario del actual pontificado. Los 170 cardenales presentes fuimos llamados por el Santo Padre, que explicitó su voluntad de escucharnos, a profundizar en todo aquello que ayude a implementar la sinodalidad. Ser una Iglesia sinodal no cuestiona la identidad sacerdotal. Esta es una realidad que desafía a los presbíteros a ahondar en el ejercicio del ministerio desde una clave relacional y misionera, siempre atentos a la realidad cambiante presente en nuestra época.
El CONVIVIUM no es un hecho aislado y sí un proceso que ha ido dando pasos. La escucha a todas las realidades eclesiales presentes en nuestra diócesis, la recogida de todas las respuestas, sean del cariz que sean, la elaboración del Cuaderno Preasamblea y la realización de las propias preasambleas son partes de ese proceso.
Un camino que tiene un momento marcante en la realización de la asamblea, pero que seguirá dando pasos que lleven a formular y asumir propuestas concretas para la vida de los presbíteros y de la diócesis. Un proceso que exige del presbiterio de Madrid una disposición personal sincera, una escucha atenta y una participación comprometida a todos los niveles. Con ese compromiso común haremos de CONVIVIUM un instrumento fecundo al servicio de nuestra Iglesia local. Pero al mismo tiempo encontraremos el modo de ser los sacerdotes que nuestra archidiócesis necesita en este tiempo.
Cada presbítero es llamado a vivir este camino en corresponsabilidad, en fidelidad a su vocación, en actitud de escucha y discernimiento común. Solo así se responde juntos a lo que el Espíritu dice hoy a nuestra Iglesia diocesana. Siempre juntos, mirándonos a los ojos, compartiendo la fe en la oración, en la meditación, allí donde el Señor nos interpela sobre la vida y ministerio de cada uno.
Una oportunidad para renovar la comunión, para fortalecer la misión que el Señor y la Iglesia han confiado a los sacerdotes, para resonar en cada uno el primer «ven y sígueme». La presencia de cada presbítero será decisiva, pues en la participación somos signo de amor a Cristo y a su Iglesia. La diócesis de Madrid necesita la voz y presencia de cada presbítero para el bien de todos, para la construcción del presbiterio, para ser una Iglesia unida, signo de comunión y fermento de reconciliación para el mundo.