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José Francisco Serrano Oceja

Para hablar de la teología feminista hay que, previamente, hacer un prolijo ejercicio de distinciones y de definiciones de términos encaminadas a aclarar qué entendemos por teología feminista. En diversos ámbitos del quehacer teológico, y no precisamente en España, han proliferado publicaciones que se adscriben a esta denominación. Aunque hay que reconocer que en ámbitos católicos no ha avanzado tanto como en ámbitos protestantes, como hace Manfred Hauke en este magnífico libro, La teología feminista. Significado y valoración, que ha sido editado por la BAC.

Cuando hablamos de teología feminista, no estamos, lógicamente, hablando de teología sólo hecha por féminas, dado que hay muchas mujeres que hacen teología, y buena, y esa teología no es feminista. Es más, algunas de las críticas más certeras a lo que llamaremos teología feminista procede de mujeres teólogas, como es el caso de Barbara Albrecht, que se dedicó durante muchos años a la formación de agentes de pastoral; la teóloga y pedagoga Jutta Bruggraf; o la psicóloga Christa Meves, entre otras. Cuando hablamos de esta teología feminista, no estamos hablando sólo de la cuestión de la mujer, lo femenino, y la teología, o en la teología; ni de la cuestión de la mujer en la Iglesia, tal y como la ha planteado, por ejemplo, recientemente el Papa Francisco. De hecho, en el siglo XX hemos contado con Gerturd von la Fort, Singrid Undset, Ida Friederike Görres, Edith Stein, Olda Schneider, entre otras, que han hecho relevantes aportaciones a la filosofía, a la teología y a la espiritualidad, reflexionando sobre su identidad femenina.

La teología feminista, de la que habla este libro, es una teología elaborada a partir de los presupuestos del feminismo. De hecho, el feminismo de esta teología, una de las claves más reveladoras de los derroteros que arrastra esta forma de teología de genitivo, o teología adjetiva, nos llevaría a hablar de un feminismo teológico, que, además, tiene varias versiones, o de una crítica feminista en la teología. Dado que esta teología no es unitaria -probablemente hay tantas teologías feministas como teólogas feministas-, nos encontramos con teólogas que quieren permanecer dentro del cristianismo, y teólogas que han abandonado la fe cristiana como insalvablemente patriarcal. Incluso hay que distinguir entre el feminismo ginocéntrico y el andrógino, y, por tanto, entre la teología feminista geocéntrica, el retorno de las diosas, con la andrógina, la teológica del ser asexuado.

Lo que ofrece este clarificador estudio del catedrático Manfred Hauke, traducido y prologado por Félix Ochayta, es la idea de que la teología feminista, si se entiende desde una inadecuada antropología, es una amenaza en la medida en que toca la sustancia del ser del hombre y de la fe cristiana. Si, además, le añadimos la influencia histórico-intelectual evidente del marxismo, con una comprensión de la libertad basada en el existencialismo, nos encontramos con una mixtura que concluye en derroteros inimaginables. Como inimaginables son algunas de las afirmaciones que sostiene esta forma de teología.

José Francisco Serrano Oceja